Siento el placer de odiarte.

Una reflexión sobre Twitter.

No soy un heavy user y mucho menos un Twitt Star. No sé si llego a 500 seguidores. Tal vez sea porque en mi cuenta no odio tanto, sino que reflexiono y eso para Twitter no es precisamente una virtud. De todas formas nunca contaría acá cuál es la cuenta del Mr. Hyde del Dr. Ricaldoni.

El odio es como el jean, lo puedes usar en cualquier ocasión… al menos en Twitter. Creo que Twitter es un maravilloso catalizador del odio a todo y a todos. Por uno que ama a algo vas a encontrar tres que lo odian. En Twitter es más importante proclamar el odio que el amor. Si fuera una red social amorosa no tendría sentido.

Cuando se trata de ridiculizar y resaltar los defectos, errores y contradicciones del que odiamos, la catarata de mensajes puede durar días enteros. Somos naturalmente haters, aunque lo neguemos a pie juntillas. Somos absolutamente binarios, nos consideramos a nosotros mismos como el bien y al odiado como el mal, que no tiene facetas buenas, sino que es infinita e irremediablemente malo.

En Twitter el odio es un ejercicio de ingenio artístico. Es la mordacidad llevada a la obra del arte.

Para colmo, lo que más nos enfurece es cuando los que nos odian a nosotros lo manifiestan, por lo que los bloqueamos y ellos hacen lo mismo, por lo que los mensajes se convierten en un destilado, una sublimación del odio, del cual, exclusivamente nosotros y nuestra tribu virtual seremos los que olfateemos su olor acre.

Nunca jamás, lograremos hacer reflexionar al odiado, sino que acrecentaremos su desprecio hacia nosotros.

Vale una anécdota y lo que sentí: hay un grupo del peronismo en la Argentina, que se muestran como racionales y buena gente, lo que es muy probable en los seguidores de su líder que fue muy cercano a Cristina Kirchner. Este hombre tiene modos muy maquiavélicos, una preparación académica como mínimo muy floja, pero habla pontificando. Tiene un equipo en el que hay un economista cuatro años mayor que yo, pero podría pasar por mi padre. Es un hombre gastado, anclado en el pasado y que todo lo refiere a una corta gestión de unos pocos meses en 2002. Pedía una reducción del impuesto del IVA en alimentos para toda la población. Desde el gobierno le dijeron que eso era imposible.

Un animador de TV, ex relator futbolístico, ahora conductor de un programa político diario, encontró un spot televisivo oficialista en el que aparentemente el gobierno proponía lo mismo que estos opositores. Lo invitaron y antes de ver el spot publicitario este hombre se sintió que era Carlos Gardel con guitarra eléctrica, y así lo dejó saber con sorna. No lo había visto previamente.

Para su desgracia el spot del gobierno propiciaba algo distinto: una tarjeta de débito especial, únicamente para desocupados, discapacitados y jubilados o pensionados, que contabilizaba el IVA como crédito para consumo para el mes subsiguiente, no para la población que puede y debe pagar los impuestos. Para el relator futbolístico era todo lo mismo.

El economista comenzó a tartamudear consternado y los panelistas miraban a sus pupitres con vergüenza ajena. Al conductor se le ocurrió una de sus ideas habitualmente idiotas de decirle a este buen señor que era Trending Topic en la Argentina y fueron a un corte muy prolongado. A la vuelta del corte se lo vio al economista mudo y transfigurado. Lo que fue trendig topic fueron las tomadas de pelo. El hombre reaccionó bloqueando a todo el mundo. Sinceramente allí tomé conciencia del efecto cruelmente demoledor de las redes sociales en general y de Twitter en particular.

Los sapiens habíamos estado de cacería, con el corazón batiendo en el pecho, jadeantes y babeando con nuestros primitivos impulsos, del cerebro reptiliano. Aquella burla nos produjo inicialmente un gozo intelectual y revanchista: nos permitió arroparnos en armaduras como soldados en hostilidades — un principio del que el ser humano no puede desprenderse — no recurriendo a la fuerza bruta y ordinaria sino al sarcasmo insidioso. No sé qué es peor.

Cuando vi al economista abatido, vencido por las groseras evidencias de la gaffe que el relator deportivo quería acomodar lo mejor posible, me sentí mal. Le habían dicho que estaba en la opinión de la gente y por varios minutos se sintió tan triunfante como el búfalo que se sacó de encima a los chitas sin advertir que lo esperaban los leones. Lo vi viejo e ignorante de la crueldad de los medios directos de opinión.

Twitter es inquina, es un divertimento sádico refinado, es una barbarie intelectual. Y como tiene una función social de conjunto tribal, el valor de la bilis derramada actúa como el vinagre, que conserva mejor que nada los encurtidos del rencor.

En Twitter también hay trolls, algunos vocacionales y otros de call center y pagos. Se los detecta y se los denuncia inmediatamente. Virtualmente los olemos porque no son elegantes en su odio, no ataca a sus objetivos con argumentos mordaces. El troll es un tonto, bruto como el grandote del colegio que hace bulying. Es tosco y recurre a la descalificación personal y eso lo deja fuera de juego a él. No es un buen odiador. Quien odia lo hace con una jactancia superior y argumentada, su discurso es ferozmente crítico aunque sea impugnable.

A nadie en su sano juicio le gusta el odio sin embargo no nos privamos del placer de odiar. No odia quien quiere, sino quien tiene un cuero grueso para soportar la réplica de impugnación y redobla la apuesta.

A partir de la existencia de Twitter y algunas otras redes sociales, los políticos han tenido que aprender el oficio de soportar el análisis constante en tiempo real. Ya no hay lugar para la abulia y el hastío, que los volvía indolentes y poco permeables a las críticas cuando venían intermediadas por su contraparte necesaria, el periodismo.

Sin embargo para los políticos un compañero de militancia negligente; un cuñado prevaricador y desagradable; un adversario polémico o escandaloso; un amigo arruinado por su imprudencia en el robo, componen un universo mediante el cual creen rehabilitarse ante la sociedad por sus acciones deshonestas, su pésima imagen y en todo caso cree estar redimido y dignificado porque sus comportamientos reprochables que están a la vista de todos no son los únicos. Quedan justificados y creen que perdonados porque los otros hacen lo mismo o porque ellos se lo imputan.

El político no soporta la posibilidad de convivir con colegas modélicos, que no roban, extorsionan, prevarican, mienten y manipulan. Un mundo tan distinto al que ellos crearon los perturba y los debilita ante la sociedad. El comportamiento deshonesto del contrincante creen que los absuelve, mientras la sociedad los sigue señalando con el diabólico índice acusador de Twitter. El político deshonesto inútil se siente muy íntimamente frustrado por contraposición, con la competitividad del contrincante. Entonces lo acusa, por Twitter, siempre, de lo mismo que él hizo.

El odio twittero deja en evidencia una frustración camuflada que sentimos los de a pie por poder hacer poco y nada frente a los mandones de turno. Lo dificultoso, lo extraordinario y lo excepcional no es odiar por Twitter o cualquier red social, sino mantener los principios del frenesí de las ideas a pesar de la descorazonante frustraciones cotidianas a las que nos somete la vida y de una sociedad que conspira cotidianamente para que se nos evaporen las ilusiones. Disfrutar el hecho de odiar a los poderosos por un rato, sin embargo, no es incongruente con el planteo de dilemas éticos, ya que expresamos tanto los resentimientos más oscuros como el arrepentimiento más brumoso.

Francisco es el primer Papa odiado por Twitter. Sus voceros y referentes en la Argentina fueron cayendo presos uno por uno. El que defendía a las mujeres explotadas era un esclavista hecho y derecho. La defensora de los pobres del Norte lleva tres prisiones preventivas. El vocero está sospechado de lavador de dinero, mientras que los que tenían que cortar con los abusos de menores también resultaron pederastas. Antes de Twitter, eso en la prensa se lo ocultaba. Ya no.

En la vida real nos movemos graciosamente entre lo pedestre y lo glorioso, entre lo siniestro y lo maravilloso, sin poder escapar a ese zigzagueo, mientras que en Twitter es como escribir siempre indecencias en la puerta del excusado en los momentos menos dignos de nuestra existencia diaria.

El twittero se da el lujo de despreciar a Borges por representar a la oligarquía, mientras se deleita con los cantantes que riman amor, dolor y candor. Hay una justificación de lo políticamente correcto hasta el hartazgo, y una utilización del sarcasmo para la risa fácil con lo políticamente incorrecto y hasta brutal.

El comienzo

Un grupo de delirantes, en la Argentina de años atrás sometió al periodismo y los medios, a unos tan extraños como absurdos juicios populares en las plazas públicas. Someter a juicio a algo y a alguien es fuente de deleite inacabable, como explica William Hazlitt:

“Hay una afinidad secreta, un ansia por el mal en la mente humana; y se necesita un perverso pero dulce placer por él. El bien en su estado más puro pronto se torna insípido y requiere, entonces, variedad y fuerza. El dolor es agridulce y nunca sacia. El amor se vuelve, con la ayuda de un poco de indulgencia, indiferente o desagradable. Solo el odio es inmortal”.

La revancha, vía redes sociales, fue una reacción contraria pero no igual. No duró un día sino años, por el resentimiento que produjo, el miedo a los que se creen omnipotentes e impunes.

“Durante siglos, la cultura fue instrumento de socialización y de mejoramiento virtuoso de la gente. A partir de la crítica marxista, es vista enteramente como forma de dominación de los poderosos sobre los débiles. Estos son llamados a la desconfianza, a la sospecha, a la deconstrucción y al odio frente al sometimiento”. Gomá Lanzón

Hubo entonces una sociedad urbana que se sintió ultrajada, que no se sintió representada, ni atendida por los medios de comunicación, por lo que se lanzó a la opinión directa sin intermediarios a través de las redes, y en especial Facebook y Twitter. Un grupo de iluminados acusó directamente a la sociedad de ser cómplice de los enemigos del propio grupo de iluminados. Eso y tratar a la sociedad de ingenua e inmadura ultrajó la dignidad del colectivo social, que reaccionó con el esperable y consabido odio, que procuró una venganza tan desproporcionada como efímera y con una insatisfacción que no se pasa ni cede.

El odio se activa por medio de reacciones químicas similares a las del amor. La diferencia clave entre ambos sentimientos es que cuando amamos se anulan, literalmente, sectores del córtex cerebral en lo que suele residir el juicio y el razonamiento, anulación que no ocurre con el odio que mantiene el juicio y el raciocinio. Aunque parezca insólito el amor es más parcial e ignora al sentido común.

Friedrich Nietzsche en La genealogía de la moral (1887) une el odio con la venganza. Para Nietzsche el odio es la consecuencia del rencor de los débiles, la rebelión de los esclavos que odian la moral de los hombres egregios y creativos.

El filósofo griego Empédocles dedujo la tesis sobre los servicios que presatan el odio y el amor:

“…el primero tiende a romper la unidad que el segundo ha creado — la unión, la fortaleza — , provocando que los elementos separados formen algo nuevo y diferente. El progreso era esto”

El odio une a la gente más que el amor y los políticos populistas lo saben mejor que nadie.

Se comienza odiando a un periodista admirado, al amor que nos abandonó, a la vieja canción de la que nos hartamos durante la adolescencia y uno concluye odiando su imagen senil y decadente que reflejan nuestros espejos. El desprecio es un cartílago que se mastica de a poco y al final lo que queda es la pura mierda. Eso no nos salva ni nos hace eternos. Twitter tampoco.

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