El silencio de la guerra

Jorge Sagastume
Aug 31, 2018 · 3 min read

Es increíble el y la guatemalteca. Tanto que si los exprimimos tendríamos atol de elote, alquitrán, clorofila y sangre maya. Es mixto. Impresiona más saber que siendo tan diversos, llenos de entusiasmo, seamos tan mierdas. No lo digo yo, lo dicen las historias de este país, los huesos rotos que esperan a ser descubiertos, y como buen rompecabezas, a ser rearmados. A lo mejor nuestra experiencia debió ser bonita, llena de triunfalismos, de patria y yupi-yupi. Pero no, esta es la que nos tocó.

En lo particular, trato de enterarme sobre el conflicto armado. Creo que es lo más cercano a lo que somos. Escucho a la gente gritando por aquellos que fueron y los que podrían ser. Mientras en una clase de la universidad veo al soplagaitas diciendo que no, que los locos son ellos. Malditos izquierdistas. Que buscan dividirnos, y espera a ver mi publicación de Facebook que voy a compartir. Ya vas a ver.

Es una falta de empatía digna para hacer un monumento. No digo que vayamos a alcanzar una compresión total de lo que sienten todas las personas. Porque lo que pasó acá va más allá del lenguaje. Uno trata de figurarse las masacres, esas seiscientas y no sé cuántas más que ocurrieron. Pero es imposible. Que si quemaron a todo un pueblo, que lo de degollar personas, lo de los machetes para quitarle el brazo al prójimo, que ni te enteres de las violaciones sexuales (sistematizadas), lo del racismo que tanto nos habla y lo de convertir en polvo a las comunidades mayas a golpe de genocidio. Ustedes saben, eso de ser militar en 1982–1983 era un trabajo de tiempo completo. Y sí, lo de la guerrilla también tiene lo suyo. Hay registros.

Y es que las historias de terror y tristeza sobran. Hay suficientes como para llenar el vacío. Me digo, ojalá no habría sido así. Seríamos lo mejor de no haber entrado en conflicto. Pero qué tremenda mulada, termino de corregirme. Iba a suceder, sucediera lo que sucediera. Es difícil encontrar otro lugar con tanto sadismo por metro cuadrado. Sin embargo no es eso lo que más jode.

Es el silencio. En muchas esferas de esta muerta sociedad nos reconocemos atomizados, sin encontrarnos. Y no me refiero al miedo. Sino al egoísmo. Cada uno en lo suyo. Que los malditos eran ellos y no los nuestros. Que no vayamos a manifestar que hay mucho gorila cabrón por ahí. Es una herida corporizada a la sociedad. O sea, hecha cuerpo. Y desde ahí, tratamos de entender lo que sucedió. Y no digo que se deje a un lado el sentimiento. Eso es lo peor que puede pasar.

Pero cuando escuchó a quienes padecieron la guerra, quienes perdieron todo sin poder decir: “esta es mi familia”. Y no hay mucha preocupación actual para que las cosas no queden en el olvido, ahí es cuando siento que nos merecemos nuestros políticos. Es muy desagradable que a pesar de que corrió la sangre en las montañas pretendamos construir un futuro ignorando el sentimiento de las demás personas. Que el cabrón que le pegó un tiro a la cabeza a quienes no tenían nada que ver con el conflicto, duerma tranquilo en su tumba con los halagos de un imbécil sector. Mientras una gran mayoría se hace la plasta (y en las pláticas familiares justifican los pasados asesinatos), causa desesperanza. Eso me da asco. Aún no lo entiendo del todo. Y es curioso, porque en vez de hablar de un futuro pacífico, se promueve un odio para toda la vida envuelto en falsos discursos como: “la familia”, “los valores”, “la patria” y no sé qué más.

Esa es nuestra maldición, un silencio que duele más que aquello que se está callando. Como si nada hubiera pasado. Como si todo fuera un sueño. Como si de verdad la historia no pesara, como si los desaparecidos fueran fantasmas y los masacrados, estadísticas. Por eso agradezco a todas las personas y organizaciones de la sociedad civil que velan por la historia. Que se juegan la memoria y el corazón. Esa gente que nos recuerdan quienes somos. Ya que al final, terminan siendo guardianes de nuestros restos.

Jorge Sagastume

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Lejos de cultivar desiertos y de admirar sombras.