Eleanor entre los Siglos.

¿Qué hace Eleanor entre los campos abiertos rodeados de flores? ¿Qué hace ella ahí bailando sola, con los ojos cerrados? Eleanor espera tranquila, espera en el valle de una montaña en la cual se ha quedado. Eleanor ya no llora, no puede desperdiciar agua. La incertidumbre le baña el cuerpo así como en el valle se inunda a el aroma a soledad, el eco impronunciado de voces calladas.

La noche se asentaba sobre Eleanor, ella a su vez se sentaba sobre las flores amarillas y miraba al horizonte, sola, recordando. Recordando las campiñas de su abuelo que años antes le habría enseñado a cultivar olivos o como armar un papalote que volara más alto que los comunes. Recordando las palabras de su madre, que nunca la dejaría sola. Recordando sus sueños, su pueblo, las tardes agusto, los abrazos de su hermano, las pláticas con su amigo. la guerra. La guerra lo había acabado todo.

La luna faltante de un pedazo iluminaba poco, Eleanor le cedió el paso caminando su valle solitario hasta el borde, donde se acababan las flores amarillas y empezaba un espacio desolado, donde se observaban las cicatrices de la guerra.

El valle comenzó a temblar, Eleanor tuvo miedo, ella no sabía lo que pasaba del otro lado del valle, ella creía estar sola, pero no era así, al menos ya no. Eleanor observó que una estrella más lejana empezaba a tomar fuerza y brillo, empezó a generar un resplandor inusual sobre esa tierra.

De sudoeste a norte por toda la planicie, miles y miles se levantaban junto a las grandes humaredas que causaban sus vertiginosos pasos hacia un mismo destino.

De muchas razas eran, de distintos colores, distintas lenguas. Todos iban hacía el resplandor creciente, el que se expandía por el firmamento adyacente al universo. La única ventana hacia todo lo que jamás hemos visto, y que jamás comprenderíamos.

Eleanor bajó del valle y se vio rodeada, rodeada de vida, de gente nuevamente. Sus manos temblaban, también la base de su barbilla. Había pasado mucho tiempo desde que había visto gente.

Eleanor miraba a sus costados mientras seguía caminando entre una multitud gozosa, que cantaba, que no dejaba de mirar el resplandor. Eleanor observaba hombres negros, blancos, amarillos, gigantes, gente de muchas épocas que miraban hacia delante, ella no sentía miedo. Nadie sentía miedo. Pudo ver entre ellos a su madre, a su bisabuelo, a su mejor amigo.

Por la superficie de aquella tierra había señales de desvastación, montañas que se habían deslavado, olor a incendios, a tristeza, una tristeza enjugada por el resplandor que se hacía más grande y más grande, de el se emanaba un inmenso halo arcoíris que irradiaba luz e iluminaba la expansión de ls cielos. Las nubes custodiadas por el arcoíris empezaron a retumbar, se contraían hacía si mismas como siendo absorbidas por un vórtice, o un agujero negro. Después al contacto con el arcoíris se abrían y revelaban dentro de ellas un paraje inimaginable de el universo, de constelaciones, astros, meteoritos, anillos planetarios, supernovas, galaxias que parecían danzar en una armoniosa coalisión junto a áquel que venía en el arcoírirs. Las nubes revelaron el universo completo. Ya no se veía atmósfera alguna o nubes, sino inmensidad, profundidad y eternidad.

Todos los que ahí estaban se maravillaron, corrieron hacia el resplandor, hacia la única nube que permanecía intacta, con el arcoíris a su alrededor. De repente, todo comenzó a temblar, del resplandor se escuchó un gran estruendo, como el sonido de muchas aguas y miles de relámpagos surgieron de ese estruendo.

Eleanor lloraba de alegría, Eleanor no temía, era lo que estaba esperando. Miró que el piso de alejaba de ella, lo observó cada vez más lejos. A su lado vió la multitud levitante, como siendo arrebatados a la inmensidad del cielo, a diferentes latitudes, a diferentes velocidades. Vio a su madre, a su bisabuelo, a su mejor amigo muy cerca de ella. Todas las cosas que llevaban las habían dejado atrás, nada tenía importancia ya. Sus seres queridos se acercaron a ella, todos se tomaron de la mano. Miraban hacia arriba, cerraban las ojos y disfrutaban el viaje. El resplandor ahora los envolvía a todos.

Universos y constelaciones que jamás hubiera imaginado, lluvias de estrellas, gente volando, dando marometas en el aire, celebrando. La tierra ahora era solo un punto azul, el valle solitario ya no era nada. Ahora el valle era eterno y extenso, Eleanor era finalmente feliz y en sus ojos brillaban los años, la vida y la esperanza. Eleanor se fue al cielo y el universo se convirtió en su hogar.

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