Firmes en la Libertad

La libertad es el estandarte por el cual se han desatado las más grandes revoluciones.

Por la libertad se han entregado mártires y han muerto civiles, se han derrocado imperios, sacrificado bienes, personas comunes se han enfrentado a poderes que los superaban, pero, la libertad es un valor frágil que podemos deshacer al instante usándolo como trampolín para nuestra destrucción en aras del “libre” ejercicio de nuestra “libertad”.

La libertad es virtud, o sea que está destinada para el bien, por eso, la libertad requiere compromiso, requiere esfuerzo y firmeza. La libertad es poder ejercer la vida de manera plena, sin menoscabar sus cualidades, por lo tanto, paradójicamente para algunas personas, la libertad está sujeta a la ley.

La ley es un cerco de protección de la libertad, si no, en todo caso yo sería “libre” de esclavizar a alguien. La supuesta libertad entonces se vuelve una paradoja. No puede existir libertad parcial, la libertad es plena. Por lo tanto, ejercer mi libertad para sujetarme a algún vicio que me limita, me nubla y me esclaviza, tampoco es libertad. Ejercer la libertad para agredir a otros, menoscabando su capacidad de estar tranquilos, tampoco es libertad. Ejercer la libertad para jugar con el amor, que establece un cerco de protección al alma, tampoco es libertad.

La libertad es vivir dentro de la virtud, la paz y las normas que establecen las leyes. Claro, las leyes tampoco son perfectas, muchas leyes civiles oprimen y están hechas para la explotación de los ciudadanos. Esas leyes no están construidas bajo el principio del amor, concepto único donde la libertad puede habitar.

La ley perfecta, es aquella construida en base al amor, fuera de eso, cualquier código construído, realmente no es ley.

La Biblia tiene uno de los códigos universales más simples pero más completos: los Diez Mandamientos. Esta ley analizada correctamente es un ejemplo perfecto. Esta ley no sujeta. Libera, promueve la continuidad de la vida, el respeto al amor y a la familia, la libertad de un descanso verdadero semanal, el respeto a la propiedad ajena, la libertad de la veracidad y otros principios implícitos.

Hemos construido una mala percepción de la libertad. Perseguir nuestros propios caminos no significa que alcanzaremos la plena libertad, pero aún así tenemos la libertad de hacerlo. Todo hombre tiene la libertad de decidir ser esclavo, sujetarse a las cosas que menoscaban su alma y destruyen su cuerpo… En otras palabras, todo hombre tiene la libertad de perder su libertad.

La Biblia lo resume magistralmente así:

“Porque vosotros, hermanos, a libertad fuisteis llamados; solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros. Porque toda la ley en esta sola palabra se cumple: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” Gálatas 5:13–14

Después, el mismo texto irónicamente establece que si usamos la libertad para mordernos los unos a los otros, tengamos cuidado de no consumirnos los unos a los otros, o inclusive a nosotros mismos. Parece lógico.

La Biblia va un paso más allá en el concepto de la libertad y la ley, pues nos desafía al decirnos que la libertad es el amor hacia los demás, es servir al prójimo, es compartir lo que poseemos. Esto desafía los estándares de la definición de libertad común, pero establece una posibilidad real. ¿Por qué no intentarlo?

El mejor ejemplo de esto está en el mismo libro de Gálatas:

“Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud.” Gálatas 5:1

Cristo, nos hizo libres a través de su sacrificio impulsado por amor. Ejerció su libertad para poder hacernos libres, libres de hacer lo mismo: servir a los demás.

La libertad entonces en su práctica más fundamental podría ser la entrega, más que retener, otorgar, más que estar a la deriva, tener un rumbo, más que la búsqueda de lo propio, la abnegación en el servicio. Es la verdad y el amor los pilares fundamentales de la genuina libertad.

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