Blanco


San José tiene una magia especial cuando las redondas nubes destiñen el cielo.

Muy temprano todavía para ser un domingo, muy tarde para ser Domingo. La noche y la mañana para él siempre eran lo mismo: su bombillo fluorescente sabía engañarlo con la facilidad con que él mismo se lograba convencer de que quizá mañana Domingo sería otro…

Un cuartito en un rancho comunal que estaba escondido en una vieja casa pintada de cal, era el lugar donde Mingo iba a pegar los ojos. Mientras que afuerita, en el patio, un mar de tumbas nacía como frutos de la tierra. Mingo tenía su propio mar a pocos metros de su descanso temporal.

El cuartico era para él solo, pero a veces lo tenía que compartir con las cucarachas gordotototas de naftalina y tiza de la vecina, que lo único puro que tenía era su ropa interior remojada en cloro. Mingo sabía que esas gordototoas aladas, no eran nada a lo que le esperaría. La vecina restregaba duro y maldecía la mancha que no salía.

Mingo tenía en su cuarto muchos papeles, algunos habían perdido el color caucásico, mismo que ganaba en su pelo, y que lo hacía sentirse más encorvado y perdido en medio del mar. En medio de su propio recinto de sueños frustrados, guindando, como una especie de mala broma, estaba un vestido de primera comunión y un vestido de bodas, únicas herencias de las dos únicas mujeres que habría querido en toda su vida y que hoy eran mar.

Su cuarto polvoriento y sucio, era el lugar donde el polvo del diablo era el analgésico brillante y reluciente al dolor de que alguna vez tuvo margaritas sembradas en lo que fue su jardín y hoy son escombros en medio de la capital, una bebé a la que cambiar sus mantillas de tela, a la que vestir de color pureza, lo que para él hoy se convertía en perdición.

Halaría profundo al crack, y solo cruzaba los dedos para que todos los colores que sus ojos veían se fusionaran en uno solo y así poder irse al mar y quizá probar que él sería la sal de la tierra, dentro de ella.

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