“Me parece muy penoso decirtelo de esta manera, pero no te prestas para hacerlo de alguna otra forma. Ya no podemos estar juntos, perdoname pero ya no te amo, no se si alguna vez te amé. Ya no quiero saber nada de tí, eres una persona muy valiosa y no te mareces a alguien como yo, soy un desastre y no quiero que seas parte de el. Te deseo siempre lo mejor, y que encuentres el amor en alguien más. Perdón.”

Leyó Mariana con mucha ansiedad y desesperanza, aquello que hace 5 años habian empezado, se terminaba en un par de palabras escritas en media cuartilla de papel bond. Después de leerlo, Mariana se sentó, intentó medito un poco, pero no sabía meditar ya que siempre faltaba a las clases que se habia inscrito hacia algunos meses. Las clases eran todos los sábados a las 5:00 p.m. Mariana siempre faltaba puntal. “Puede ser que venga Roberto” pensaba, pero Roberto nunca aparecía.

Hoy Mariana tomó la decisión más importante de su vida. Se paró de la silla donde se encontraba sentada, miró hacia la ventana como viendo un punto fijo. En la mano izquierda sostenía un vaso de vidrio lleno de una bebida rusa que hace algunos años, usaban como anestesia los soldados que iban a ser intervenidos quirurgicamente, algo parecido a lo que Mariana estaba pasado en estos momentos.

Al paso de los segundos, bebió un sorbo de la bebida, camino por la cocina de la calle Bahia 302 Int 3 de la colonia Anzures de la Ciudad de México, se sentó en el sillón reclinable de la sala antigua que había comprado con Roberto en la mueblería “San Miguel”, miró fijamente el televisor apagado que reflejaba su rostro y como quien realiza taxidermia empezó a hacer una endidura a la altura de la yugular con una navaja swiss que había comprado como regalo de cumpleaños para Roberto, iba a ser el número 40.

Poco a poco las gotas del líquido vital empezaron a caer sobre la alfombra. Mariana nunca despertó, Roberto nunca se enteró.