A principios de los 90 aterrizó una inquietante película en los estantes de los videoclubes españoles. Nekromantik era su nombre y vil e inmunda su fama. Entre los prepúberes de la época –yo era uno de ellos- se decía que era “la película más gore del mundo”. En más de una ocasión me quedé embobado mirando su tosca carátula, seducido y espantado al tiempo, sin llegar a decidirme a alquilarla. Pasaron un par de años hasta que, ya en plena adolescencia subnormal, por fin diese el paso adelante de alquilarla y, por consiguiente, verla.
Desde luego, Nekromantik tenía bien merecida su fama, por perturbadora y pesadillesca. Sin embargo no se trataba de un film gore al uso. Había hemoglobina, sí, pero en cantidades inferiores a otros referentes del género que estaban muy por encima en lo que concierne a mondongo y casquería. El origen de la mala (buena) fama de Nekromantik era otro: se trataba la primera película con cierta repercusión que se adentraba de lleno en el hermético mundo de la necrofilia. Si quieren ver de lo que les hablo, cliquen aquí.
El artífice de semejante ida de olla no podía ser sino un ciudadano alemán -tan proclives a la ensoñación escatológica- de nombre Jörg Buttgereit (a partir de ahora JB). Sin embargo, y aunque Nekromantik le había dado fama entre los aficionados al gore europeos, el joven JB tenía ya un nombre consolidado como cienasta en el underground berlinés, que es como decir que eres importante en el Reino de lo Sórdido.
Nacido el 20 de diciembre de 1963 en Berlín, JB sintió el gusanillo del cine desde que era säugling, al ver con unos tiernos cuatro años Simbad y la Princesa. En lógica natural, de ahí pasaría a ver compulsivamente todas las películas de Godzilla que llegaban a la capital germana (de esos polvos, estos lodos). Durante su adolescencia, el joven JB se hizo con una cámara con la que dar rienda suelta a su malsana y desbordante imaginación y entre 1979 y 1982 rodó varios cortometrajes de diverso pelaje y calidad.
Por fin, en 1982 realizó su primer cortometraje con una cierta calidad técnica. Titulado “Der explodierende Turnschuh” mostraba en dos minutos la explosión a cámara lenta de unos zapatos de deporte. El único objetivo del film, según JB, era el de probar la función de cámara lenta de su nueva videocámara. Un año después realizó “Manne, Der muwi” donde en tan sólo diez minutos nos cuenta cómo un hombre va a ver un partido de fútbol, bebe demasiado, vomita y muere. Ese mismo año, Jorg también rodó “Cannibal girl”, un nuevo corto en el que una chica es atrapada por un extraño personaje que expele un gas nauseabundo por el ano (¿?), y finalmente la pobre muchacha no tiene más remedio de devorarle el pene. Según JB, la cinta se pudo ver en un programa matinal para niños en la televisión de su país. El amigo Jörg empezaba a dar forma a su personal universo.
En 1983 realiza “Der Gollob” un corto de mayor duración (25 minutos) y que parodia al mítico Golem, que aquí surge de una repulsiva pizza, en un intento del director de realizar su propia versión de Alien.
En 1985 presenta lo que él mismo ha considerado como uno de sus trabajos más serios: “Hot love”, un mediometraje que cuenta la historia de un chico al que le pone los cuernos su novia. El pobre muchacho, tras recibir un humillante palizón del amante, viola a la novia y se corta las venas, pero la novia queda embarazada y da a luz un bebé que vomita de forma desmedida una extraña sustancia. Ésta es una especie de un puré fermentado del que sale el espíritu zombificado del padre, que se dedica a matar a adúlteros. Finalmente recupera el corazón de su amada, en el sentido más muscular y literal de la palabra. Con dos cojones, a su lado la trasgresión de estos blandos años del siglo XXI parece un capítulo de Barrio Sésamo.
Evidentemente, durante aquella época los trabajos de JB no pasan desapercibidos en el circuito alternativo alemán y, con miles de ideas hirviéndole en la cabeza, en 1986 el joven cineasta comienza a escribir junto a Frank Rodenkirchen el guión de la película que se estrenaría un año después y le daría fama internacional: Nekromantik.
Con el relativo éxito periférico cosechado por el film, JB consigue la financiación suficiente para realizar en 1989 su segundo y más experimental largo: El Rey de la Muerte (Der Todesking), en el que aborda el suicidio y las razones que pueden llevar al ser humano a cometerlo. Para muchos de sus seguidores se trata de la obra magna de Jörg; sin embargo no goza, ni por asomo, de la misma aceptación popular que Nekromantik.
Así pues, al bueno de Jörg no le queda más remedio que saltar al mundo de las secuelas. En 1991 se estrena Nekromantik 2, que cuenta con más medios, mejor edición, mejor guión y efectos especiales más espectaculares, pero obviamente ha perdido la capacidad epatante de la primera.
Sintiéndose dócil ante una audiencia que le reclama algo que no puede dar, que le exige ceñirse a un género y que le resta libertad creativa, JB estrena en 1993 la que hasta la fecha es su último largometraje de ficción: Schramm, filme que, por decirlo benévolamente, necesita de varios visionados para ser comprendido en su totalidad. Sin embargo, la película contiene una famosa escena donde el protagonista clava el prepucio de su pene en una mesa clavo a clavo. Buttgereit siempre tuvo talento para el marketing.
Desde entonces Jörg ha seguido ligado al mundo del cine, pero en proyectos de menor repercusión, como series de televisión y documentales bizarros, realizando videoclips o ejerciendo como director de efectos especiales de alguna que otra película de serie B.
Existen rumores de que JB está preparando su regreso triunfal al mundo del largometraje, pero sabe Rá qué diantres pasa por la cabeza de este muchacho. Desde este humilde cenagal esperamos que Jörg vuela a sentir la salvaje llamada de la creatividad y nos suma en las más tenebrosas y horripilantes pesadillas.
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