Parafilias disparadas

Periferias sexuales de la mente que arriban a la Iglesia


Una parafilia (del griego παρά, para, “al margen de”, y φιλία, filia, “amor”) es un patrón de comportamiento sexual en el que la fuente predominante de placer no se encuentra en la cópula, sino en alguna otra actividad. Generalmente, las parafilias se consideran inocuas salvo cuando están dirigidas a un objeto potencialmente peligroso, dañino para el sujeto o para otros, o cuando impiden el funcionamiento sexual normal.

Por ejemplo, un día cualquiera, el adolescente X, volviendo de la escuela por las callejuelas del casco viejo de su ciudad, se topa con que alguna vecina ha tendido la ropa a la vieja usanza: telas blancas atravesadas por un sol mediterráneo, dibujando formas sinuosas, mecidas por una leve brisa veraniega. Pero nuestro adolescente X no entiende de poesía visual y lo único que le llama la atención es una prenda en particular: esas braguitas con la candorosa cara de Hello Kitty impresa.

Y por arte de birlibirloque nuestro adolescente siente un chasquido en su desperezante miembro y un mini hongo nuclear en su encéfalo -patapum- seguido todo ello de una generosa erección bajo sus vaqueros. Y ya tenemos el lío montado: el jovenzuelo se ha convertido sin remedio en un esclavo de la ropa íntima femenina a través de las braguitas de Hello Kitty. Será un fetichista, un PARAFÍLICO hasta el fin de sus días. ¿La razón? Un misterio de los denominados insondables.

Pero así de simples y crípticos son los nacimientos de las parafilias: la más inopinada de las causalidades (unas braguitas de Hello Kitty recién tendidas, como hemos visto) puede desencadenar las más variopintas manifestaciones del subconsciente procaz que, en el mejor de los casos, te condena a una existencia dedicada en exclusiva a la satisfacción de sus exigencias. Te convierte en su esclavo ad eternum.

Así, el que se convierte -pongamos por caso- en un fetichista de calzado femenino de vertiginosos tacones podrá llevar una existencia aceptablemente apacible, pues su hambre de zapatos es fácilmente saciable, siendo el calzado un bien de consumo de precio razonable y al alcance de la masa en las numerosas tiendas especializadas en el tema que ocupan los bajos de las principales calles comerciales.

Tal vez el sufrido amante de los pies femeninos lo tenga un poco más difícil que su colega “calzadista”, pues bien es sabido que los apéndices denominados pies incorporan un ser humano en su parte superior y, además, no suelen estar a la venta en Europa Occidental. De este modo, la capacidad del sujeto para seducir señoritas que estén dispuestas a dejarse lamer la planta de los pies y roer el esmalte de las bajas uñas se convierte en un factor asaz importante. Pero aún así, el esclavo de unos pies de mujer puede disfrutar de una existencia mínimamente feliz y saciar su hambre de tanto en tanto.

El que realmente lo tiene jodido es aquel pobre parafílico que se revela como un contumaz necrofílico, o como un pedófilo extremo (de 0 a 5 años, fisher price style), o quizás un coprófago insaciable. Este lastimoso sujeto está condenado a sufrir un hambre sexual eterna, pues el hecho de saciarla, o tan sólo dar unos pasos en pos de ello, le convierte en un atroz y degenerado monstruo socialmente inaceptable; no tardando el pobre diablo en oír y ver como la Voz de la Moral reclama sus testículos o su ingreso en una penitenciaria –sea ésta ordinaria o psiquiátrica. Si no la muerte.

¿Quién traza la línea discontinua por la que unos se enamoran y palpitan por unos zapatos de tacón y otros se adentran en el pantanoso mundo de comer mierda o violar menores? ¿Son tan fuertes sus pulsiones, el bombeo tan intenso y la jauría hormonal tan incontrolable como para arriesgar su bienestar, su libertad e incluso su integridad física en pos de unos segundos de fugaz erupción seminal? ¿Acaso no se sentirían bendecidos si Dios les hubiese regalado otra vía de excitación más ridícula y mundana? Y otra cosa: ¿Qué tiene que ver Dios en todo esto? Por el número de libidinosos parafílicos de jovenzuelos que se da dentro de la curia, yo diría que mucho. Él, el Dios de Roma, lanza un opaco capote a sus menesterosos clérigos parafílicos capaz de ocultar la pulsión reprobable mejor que cualquier otra coartada jamás ideada.

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