Despedida después de diez días en California

Nunca pensó Rodríguez de Montalvo que ese lugar imaginario que cantó a principios del siglo XVI sería algún día la región más próspera del mundo. Como tampoco imaginé yo que California estaría en mi lista de “Cosas inolvidables de mi vida sin importar si más allá de la muerte hay memoria”. Mucho menos intuyó Junípero Serra (fallecido en el cabo homónimo a la capital regiomontana pero sin una r) que la misión de San Diego que fundó veinte años antes de que en Francia estallara la Revolución, sería en el siglo XXI un símbolo de todos los fracasos de la humanidad: una metáfora del unos sí y otros no. Un muro. Diez días en California resultan ínfimos para comprender a las octava potencia económica del planeta (ella solita). A la herida todavía ardiente heredada del tratado de Guadalupe Hidalgo (vengándonos con elegancia haciendo que en la segunda ciudad donde más se habla español, también se hable inglés). Al lugar donde se inventó la felicidad contemporánea. Y las tristezas absurdas que conlleva ese invento. Al espacio geográfico que contiene todos los destellos del caleidoscopio natural. Al capricho más soberbio del Pacífico. Al novenario más posmoderno: Ysidro, Diego, Mónica, Bárbara, Francisco, José, María, Luis Obispo, Rosa. No hay narración completa del mundo contemporáneo sin California. No hay narración del mundo en Occidente sin los descubrimientos de Drake (Francis, tampoco crean) y Vizcaíno. Go west, life is peaceful there. Si se consolidara el movimiento independentista californiano, yo me sumaría. Aunque no sé si Estados Unidos es capaz de ser sin California (o al revés). Nos dijeron que el camino de la costa del Pacífico que va del antiguo pueblo de Los Ángeles (que dependía de la Real Audiencia de Guadalajara y hoy, al contrario, Guadalajara depende de la Real Remesa de Los Ángeles) a la antigua misión de San Francisco era el más suntuoso del planeta. No mintió quien lo dijo. Es abrumador el esplendor. Es imposible no preguntarse: ¿por qué no todo el mundo hace lo que hacen en California? Formas inauditas de organizarse socialmente. Tan inaudito que resulta imposible. La fiebre del oro, de la fama, del sueño americano, del sueño californiano, de Hollywood, de Malibú, del valle del silicio, de todas las maravillas del mundo. ¿Hay suficientes fósiles para vivir así? ¿Suficiente agua para regar tangos viñedos? ¿Para llenar tantas albercas cuyos únicos nadadores son inflables de cisnes negros? ¿Podemos todos llegar a Beverly Hills? ¿Comprar un carro? ¿Usar otro freeway? ¿Fundar un nuevo suburbio? ¿Dejar una marca más relevante que una estrella en el paseo de la fama? ¿Ser Paula Abdul, Bukowski, Adore Delano, Drew Barrymore, Richard Serra, Michael Jackson, Bojack Horseman? ¿Se puede decir algo más de California después de cómo ya lo hicieron Egglestone, Yolanda López, David Hockney, Valentina, Kendrick Lamar, Gwen Stefani, Pierre Koening, Miranda July? California representa el sinsentido de lo imposible. De esas motivaciones pueriles que, por más que cubramos de polvo, son las únicas que nos mantienen vigentes en medio del barullo de la insatisfacción.