Año nuevo

Bienvenidos a la primera edición de todo noticias del año 2017. Agradecemos antes que nada a nuestros patrocinadores, sin quienes este (ni algún programa) sería posible. Arrancamos con los titulares: peleas tras fiestas de fin de año, accidentes veiculares con el alcohol como protagonista, videos de infelices e inmorales disparando al aire (¿quién se preocupa por los niños?), el inicio de miss cola pum pum del verano en las playas…

Juan despertó.

Además del sonido de la televisión, sus primeras sensaciones fueron los dolores en la cabeza y las pantorrillas, más la pastosidad en la boca característica de la ingesta en exceso de cerveza. ¿O bebió también otra cosa? El akarasy que tenía no era normal; Juan se consideraba un buen bebedor, entrenado en tardes interminables de domingo con sus socios.

Como todo borracho recién despierto, sumado a lo arriba mencionado, piensa en lo siguiente: abrir los ojos, levantarse, comer algo, ir a su casa si es que no se está en ella.

Efectivamente, Juan no estaba en su casa. Una leve apertura de sus ojos, más movimientos laterales de su cabeza hacia la izquierda, le revelaron que estaba en una cama de lo que aparentaba un hotel, con una hermosa rubia durmiendo a su lado. O, guau, esto esta bueno, pensó Juan, al contemplar a la rubia y verla más linda a cada segundo. Pero eso no era todo, ya que sintió en su hombro derecho un leve roce, indicador de que alguien más se encontraba a su lado. Al girar su cabeza, Juan observó a una morena, inclusive más bella que la rubia, que se movía durmiendo.

Juan no podía creer lo que le estaba pasando y la verdad, no sabía si estar contento o lamentarse. ¿Cómo no va a estar contento sabiendo que amaneció al lado de semejantes mujeres, con quienes seguramente tuvo sexo salvaje toda la noche? El problema estaba en que esto era sólo una probabilidad. Porque: ¿cómo no va a lamentarse Juan de no recordar lo que probablemente hizo con esas mujeres, ni cómo llegó allí, ni nada?

Kore, dijo mientras se levantaba lentamente como para no despertar a las chicas. No pega que estas cosas te pasen, pero bueno, creo que ya sé que haré. Así es como Juan salió de la cama y antes que nada, buscó su celular. Les voy a sacar unas fotos a las gigis y les mando a los perros por Guasap. ¡Voy a quedar como un ganador total!

Allí iniciaron (o más bien continuaron) los problemas: tras un vistazo de la habitación, Juan no encontró su celular, ni sus zapatos, remera, collar ni billetera.

¡Somnileras de mierda! ¡Estas locas me robaron! ¡Ya van a ver! Dijo Juan, mientras se acercó a la cama y agitó a la rubia con fuerza, como para despertarla esta y diez veces más. Pero ella no despertó. Juan le gritó, le dió cachetazos y no pasó nada. Probó con la morena, con el mismo resultado. La mierda… ¿Qué puta está pasando acá? Se preguntó ya desesperado. Tras una segunda revisión de la habitación, vio que tampoco había nada que pudiera pertenecer a las chicas: ni carteras, ni ropas, ni zapatos. Estaban como él: en bolas.

¿Qué pa lo que voy a hacer?… Ejecalmá leka. Tranqui nomás. Voy a ponerme mi pantalón e iré a la administración de este lugar. Total, que no tenga remera no es un problema, todos andan así.

Juan salió de la habitación y se dio cuenta que estaba en un hotel bonito. El piso fresco con dibujos de olas, las pinturas de ranchos, el restaurante con comida deliciosa y, desde luego, los ricos y bellos huéspedes que caminaban y charlaban relajados, algunos tomando un tereré, otros inclusive una cerveza importada. ¿Qué necesidad hay de seguir tomando? El dolor de cabeza de Juan le preguntaba.

Ya en la recepción, le atendió una señorita que antes habló sonriente a una pareja. Cuando le tocó hablar con Juan, perdió automáticamente dicha sonrisa. Eee, buen día… Quería preguntarle si no sabe si alguien salió de mi habitación con algún paquete grande o ropa o algo por el estilo. Pasa que no estoy encontrando nada de mis cosas, ni sé como llegué acá.

Sin ocultar su desprecio, la recepcionista contestó: usted y sus dos acompañantes ya llegaron semi desnudos señor. Estaba un poco pasado de copas (o de otra cosa) por lo visto, ya que no recuerda que arrojó en mi cara un manojo de dólares, gritándome o cuánto lo que cuesta tu hotel jare bola. Llamé a seguridad para que lo acompañen amablemente hasta la salida, pero mi jefe, al ver tanto dinero, permitió que ustedes se queden. No le puedo decir si alguien salió o no de su habitación, ya que mucha gente se encuentra alojada aquí, además de no contar actualmente con un circuito cerrado. Lo siento, pero no le puedo ayudar más.

Más allá de notar la molestia (por lo que no recuerda que haya hecho) Juan dijo a la señorita: Creo que sí me podría ayudar todavía: necesito saber dónde queda la comisaría de la zona, y si, perdonándome por lo que hice, me podría prestar para mi pasaje, como para llegar allí.

Con una cara entre sorpresa y asco inexplicable, la recepcionista lo miró por unos instantes. Luego, su temple de trabajadora de turismo volvió desplegando la frialdad empresarial en un rostro terso y proporcionado, que respondió: la comisaría más cercana se encuentra a diez kilómetros de distancia señor. Siento mucho lo que le pasó, de verdad, pero no tengo sencillo como para prestarle, salvo estos dos mil guaraníes, que le servirán para un pasaje. Que tenga buen día.

Con un gracias avergonzado y frustrado, Juan se despidió y salió del hotel. El dolor de cabeza no perdía su potencia, ni el dolor en las pantorrillas. A esto se sumaba el calor húmedo típico de esta temporada, el cual, con las sensaciones ya citadas, hacía insoportable la situación de nuestro protagonista. Y era solo el principio, puesto que unos instantes después, Juan solicitó la parada al ómnibus lleno que lo llevaría a su casa.

Cuarenta kilómetros en dos horas. La fila de vehículos retornando a la capital de los paseos y fiestas estivales se hacía interminable al ritmo del balanceo irregular del bus, la cachaca en elevado volumen y el llanto del bebé en brazos de quien era su madre, probablemente. Juan se sofocaba en su propio aliento y en el de otros compañeros borrachos, mientras trataba de llegar a alguna conclusión de lo que le ocurrió. ¿Cómo acabó en el hotel con esas mujeres? ¿Dónde estaban sus amigos? ¿Quién y por qué le robaron? ¿Cómo se explica que le haya tirado un manojo de dólares a una recepcionista de hotel que no recuerda, así como todo lo demás? Nuestro protagonista, así como aparenta este relato, tiene talento para la lucidez, por eso que en semejantes condiciones puede reflexionar de esta manera. Aún así, la borrachera y su típica ansiedad le llevaron a decidirse directamente por ir a su casa, en vez de investigar un poco más, ir a la comisaría de la jurisdicción, elevar una denuncia, etc.

La ansiedad no era espontánea. Juan debía llegar a su casa, junto a su señora y sus hijos. Sin celular ni reloj (este nunca lo tuvo) no tenía la menor idea de la hora, ni tenía ganas de preguntarle a nadie. Suponía sí que era de tardecita, ya que el sol no brillaba con tanta fuerza y la fila de vehículos era más larga a esas horas. Mierda, me voy a ir a la puta, mi señora me va a mandar a la puta. Chakeko hine ya no estamos bien. Ahora, encima esto… ¡La puta!

Tras largas auto lamentaciones y breves apreciaciones del paisaje exterior (árboles, verdes campos, vacas grandes y cielo radiante), Juan notó que el ómnibus se iba vaciando y le quedaba un asiento a ocupar, aunque lo fueran los últimos quince minutos de viaje. Aún así, el alivio que sintió fue inmenso, sobre todo en las pantorrillas. Su cabeza continuaba vibrando como un despertador, pero como esos que van quedando sin pilas. El último tramo de viaje se dedicó ya a filosofar sobre todo lo que le pasó: ¿hizo algo bueno o malo para tener el dinero con el que agredió a la recepcionista? ¿qué pasó con las chicas? ¿fue correcto dejarlas así como estaban? ¿fue real lo que le sucedió, o un sueño del cual deseaba despertar?

En la facultad de sicología (la cual no pudo terminar, por cuestiones familiares/laborales/económicas) había escuchado alguna vez que el sueño representa eso que la persona quiere pero reprime para sí, por eso que lo tiene encerrado en su inconciente. Si Juan vivió su sueño: ¿se puede decir que gozó de él? ¿cómo puede gozar de algo que no recuerda? Si no recuerda nada ¿es lo que le pasó un sueño?

No estaba seguro de poder responder a esas preguntas. Tampoco a las que le haría su señora, quien ya lo esperaba en la puerta de su casa. Con uno de sus hijos en brazos y el otro agarrado de sus piernas, la penetrante mirada de su mujer no necesitaba decir más. Pero, por supuesto, ella dijo más. Dónde estuviste, pedazo de vago borracho, jagua´i, infeliz; encima que pasé sola todo el día llegás tarde y en bolas; seguro que te fuiste a pelearte por ahí, o te robaron mientras dormías por borracho.

Por supuesto, Juan inventó una historia, para mentir sin convicción a su señora. Sabía que esa mujer honesta y trabajadora no se lo merecía. Terminó por hablar tanto y dar tanta pena, que su mujer le dijo bueno, venite y bañate, después vestite que los vecinos te miran y van a pensar cualquier cosa. Pero es la última vez que hacés esto Juan Eugenio Sinforiano. Cumplí pues tus promesas de vida nueva, en año nuevo.

Bueno mi amor, disculpame, le dijo a su mujer, para entrar a su casa un año más, nuevo o viejo, a llevar la misma vida de siempre y continuar mintiendo sin convicción, como todos los años anteriores.

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