La cacería, 1.

Jose Bueno
Nov 1 · 3 min read

José salió el domingo de tarde con una pareja de amigos. Tenían un hijo de 4 meses, chiquito y precioso. Lo único que los esposos hacían era hablar de él. Media hora después, José ya estaba aburrido. De una concentración casi absoluta, su mirada apuntó al cielo, al suelo, a la gente, a un gato blanco que caminaba con sigilo. Le gustaban los gatos. Eran elegantes, la cual era una característica que valoraba casi por encima de la bondad. Respetaba a quien hacía maldades con clase.
Por supuesto, un gato no es ni bueno ni malo. Tiene carácter, humor, sensibilidad, pero no mal. Tiene instinto. El mismo que llevó al gato que vio esa tarde a lanzarse sobre un pájaro que, pobre, estaba desprevenido. El cazador tenía los dientes clavados en el cuello de su presa. La arrastró hasta donde se sintió seguro y la soltó. El ave estaba inerte. Los felinos, se sabe, son juguetones. Aquellos objetos que llaman su atención son hábiles para sus manotazos: una bola de lana, un bolígrafo, una goma de pelo, una pelota, el cadáver de un animalito. Vale aclarar de nuevo que esto no tiene nada que ver con la maldad. Es instinto, se repite, mucho más antiguo que las leyes morales y positivas del ser humano.
Como dueños del mundo, sin embargo, los seres humanos impusieron dichas leyes a sus congéneres; a todo lo vivo y no vivo. Las doce tablas de la ley, antes, y el cine de masas, ahora, fueron y son sus plataformas. El cine es particularmente efectivo con los niños. Las películas infantiles son erróneamente simples: hay seres humanos, o seres animales, buenos y malos. Los buenos sufren pero ganan. Los malos, que lastiman y matan, mueren, pero no por la mano del bueno. Éste debe ser impoluto: ni una mancha de sangre lo ensuciará.
El gato blanco mató al pájaro y ahora jugaba con su cadáver. Un grupo de niños vio esta escena y se abalanzaron sobre el felino, quien huyó velozmente. “¡Gato malo!” gritaron. Sin minino a la vista, los justicieros se reunieron alrededor del cuerpo. Con cierta solemnidad, uno lo agarró, lo rascó y lo llevó hasta una gran plantera, donde lo enterró. Si allí terminaba la escena, esta historia se parecería a las películas infantiles que José detestaba. Pero la vida es más complicada.
Parsimonioso, el gato salió de su escondite. Exhibió sus galas frente a la gente. Los niños no lo toleraron. A los gritos, como si de cazadores sobre sus monturas se trataran, persiguieron al animal. Dieron vueltas, intentaron un rodeo. Él patinaba, cambiaba de dirección con brusquedad, visiblemente asustado. Apunto estuvo un chico de agarrarlo, pero se escurrió entre sus brazos. Finalmente, el pequeño felino retornó a su escondite, unas mesas apiladas contra una muralla. Pero los niños no se fueron. Lo hostigaron, gritaron improperios, taparon todas las posibles salidas. El líder de la manada, el que eso parecía, es agachó y estiró el brazo para golpearlo. José no pudo presenciarlo, pero supuso que el gato se defendió con un zarpazo, pues el niño-alfa se retiró llorando a mares, tomándose la mano sangrante.
Su atención retornó a la pareja: “bebé come a tal hora, duerme a tal hora, le gusta esto, no aquello, bebé es lo más hermoso que hay. Haré todo por mi hijo. Todo”. José preguntó para sí: ¿somos capaces de todo por nuestros hijos? ¿inclusive, dejar que se transformen en pequeños cazadores, en perros de presa? Se sintió mal; no debió comparar a los niños con los perros de presa.
Unos minutos después, su mirada tomó un rumbo conocido. El lugar de la escena, la escena de cacería, tenía un nuevo protagonista: la madre del niño-alfa-llorón. O la madre parecía, por como consolaba a su hijo, diciéndole, seguramente, “pobre bebé. Mirá lo que el gato malo te hizo. Vamos a llamar al guardia, al presidente, para que corrija esto. Mostrame dónde está ese animal”.
La madre y el hijo dieron unas vueltas e insatisfechos, se retiraron. José los observó hasta que los perdió de vista. Oyó el llanto del bebé y a la pareja decir “vamos ya”. En vez de decir “ok”, “bueno” o “dale”, José respondió con vehemencia:
“Un gato no es ni bueno ni malo, señora”.

    Jose Bueno

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