La cacería, 2.

Finalizadas las cortas vacaciones, José volvió al trabajo. La oficina a donde iba era de una empresa inmobiliaria que se dedicaba, más que nada, a reunir los documentos necesarios para que los abogados ejecuten las deudas. Era una tarea innoble y aburrida. Lo único salvable de su situación era el despacho: un tercer piso, al lado de una ventana con vista a la calle.
El sol, el cielo azul, los pajaritos y las elegantes mujeres constituían una visión muy agradable. Sin embargo, los accidentes de tránsito, el smog y las peleas entre conductores y cuida-coches eran también parte de la postal del barrio. Ese día sumaría otra imagen, más impactante y terrible.
Eran las catorce treinta y José estaba sentado frente a su computadora. Tenía sueño, mucho sueño. Para él, no tenía sentido trabajar automáticamente después del almuerzo. Tampoco había mucho para hacer; retornar en Enero significaba ocupar un espacio obligatorio, nada más. De repente, escuchó unos gritos muy potentes. Se acercó a la ventana y vio como un perro de mediana envergadura iba trotando con algo en la boca.
No alcanzó a distinguir el objeto, pero supuso qué era, cuando vio a una señora correr tras del animal exclamando: “¡Mi zapatilla!”. Mucho más veloz, el perro desapareció. Pasó un minuto para que la mujer desaparezca del cuadro. “Cómico” pensó y volvió a la mesa.
Unos bocinazos interrumpieron su débil concentración. Volvió a la ventana, sólo para ver al mismo perro, sosteniendo una zapatilla — esta vez, bien distinguible — con la mandíbula. Iba sobre la calle, en contramano y esquivando vehículos. La gritona volvió a aparecer. También otros personajes, unos muchachos jóvenes en camisilla y championes. “Sus hijos, o nietos”, pensó. La señora se veía mal, vieja. Pero era pobre. Le costaba mucho adivinar la edad de los muy ricos o muy pobres.
Los muy pobres intentaron rodear al perro. No pudieron tomarlo: era de esos mestizos astutos, con calle, patas delgadas y atléticas. El animal vio el espacio y no dudó: fue por un camino vacío, acelerando el paso. Pero cuando llegó a las puertas de un garaje, su carrera terminó: un motociclista, vecino del barrio, retrocedió su vehículo, golpeando e impidiéndole el paso. El can chilló y soltó la zapatilla. Los hijos/nietos por fin lo agarraron, agitaron; le propinaron varios golpes. Después llegó la madre/abuela. Tomó la zapatilla mordisqueada y comenzó a golpear al perro con ella. José no aguantó. Se sentó frente a la PC y tecleó: “secretaría de protección de la fauna y flora + teléfono”. Aparecieron nombres, direcciones, números. Llamó a uno de ellos. El teléfono tuvo tono y, tras unos segundos, escuchó al contestador automático:
“Ud. se ha contactado con la Secretaría Nacional de Protección de la Fauna, Flora y Vida Silvestre. Lastimosamente, debido a recortes de presupuesto, nuestras oficinas se encuentran en proceso de cierre. Sin embargo, si desea denunciar algún hecho tipificado en los artículos 125, 126 y 205 de la Ley N° 3423/10, la propia policía nacional lo puede asistir. Pedimos las disculpas por el caso y gracias por llamar”.
José no llamó a la policía nacional. Cortó la llamada, dejó el teléfono sobre la mesa y bajó, lo más rápido que pudo, en dirección a la salida del edificio.
