Huellas
Las huellas son un presagio y una premonición. Nos señalan que no fuimos los primeros. Anticipan la especie y la vida. Su presencia celebra la seguridad — y la inquietud — que otorga descubrir que un lugar ya ha sido visitado. Una marca, una señal o un surco aspiran a ser depositarios de un secreto que están obligados a compartir.
En las huellas reside la memoria activa de un lugar; y, de algún modo, anuncian su porvenir. A partir de ellas, se puede cartografiar la realidad física y emocional de un sitio. El hombre, de algún modo, tiende a reconocer su propio paisaje e inmediatamente después a dominarlo.

Estos días se cumplen 45 años de la misión Apollo 11: el primer viaje del hombre a la Luna. Neil Armstrong, una vez alunizado el módulo lunar, fue el primero en bajar y cruzar el umbral, pronunciando unas palabras mágicas: «That’s one small step for a man, one giant leap for mankind» («es un pequeño paso para el hombre, un gran salto para la humanidad») Tenía razón, ya que su huella era el más fiel testimonio de su presencia en el satélite. La dimensión simbólica de la marca de su pie izquierdo sobre la superficie lunar supera a cualquier otra imagen, incluida la bandera.
Las huellas son registros tatuados sobre los elementos y son la consecuencia del encuentro simpático de la especie con el medio. También son producto de la atmósfera, el clima y la energía. A veces, esas huellas, son fruto del azar o de la costumbre; otras, resultado de la acción premeditada de la especie sobre el paisaje. Cuando el hombre domestica la Tierra, también deja un rastro sobre ella: líneas equidistantes sobre el territorio que son fruto del labrado o círculos sobre plantaciones de maíz que son consecuencia del sistema de riego. También el agua, en su distribución y almacenaje, construye vestigios. Es decir, no sólo lo extraordinario, también lo cotidiano imprime huellas sobre la Tierra: como si el esfuerzo del hombre en su afán de sobrevivir dejara una marca que así lo evidenciara al resto de los hombres. El único astronauta español, Pedro Duque, afirmó que sólo había una construcción humana visible desde el espacio: los invernaderos del poniente de Almería.
Los trabajos de artistas del land-art consisten en utilizar el suelo como si fuera un gran lienzo donde expresarse, trazando líneas que otorgan un sentido al lugar convirtiendo la superficie del terreno en un gran mapa. Para el más conocido de ellos, el inglés Richard Long, la naturaleza siempre ha sido grabada por artistas: desde las pinturas rupestres hasta la fotografía del paisaje del siglo XX. Él también quería hacer de la naturaleza su lugar de trabajo: empezó a trabajar con otros materiales, como la hierba y el agua; y esto evolucionó hacia la idea de hacer intervenciones simplemente caminando. En ambos casos, tanto los artistas — de forma intencionada — , como los agricultores — que domestican la Tierra por necesidad — usan el plano del suelo como material de trabajo. A veces las huellas son físicas y visuales, también sonoras u olfativas; otras veces son invisibles y emocionales. Así, una idea ampliada del término nos hace entender cómo el repicar de una campana también es una huella sonora en el aire. O el rumor del agua y el olor a azahar anticipan la presencia de un patio en Andalucía. O el recuerdo.
¿Puede la humanidad producir sin que nuestros actos dejen testimonio? La obra humana se produce inevitablemente legando huellas, señales y marcas inteligibles por nuestros semejantes, y cuya ‘heredera universal’ es la propia humanidad. Nuestro crecimiento lleva consigo el desgaste de los elementos. A veces, sin embargo, esas marcas se intentan ocultar: así le ocurre al saltador olímpico cuyo deseo definitivo es que su huella, al entrar en el agua, desaparezca. Y jamás lo consigue.
José Francisco García-Sánchez, arquitecto
(*) Artículo publicado en el periódico «IDEAL» (Número: 26.980) ( 3 de Agosto de 2014 ). Artículo de opinión publicado en la sección de TRIBUNA / EDITORIAL del periódico. TÍTULO: «Huellas». Página: 29 (edición Ideal Almería).