Sí, señor Presidente

Hoy día en México se vive una fuerte crisis de credibilidad en torno a la monumental (o al menos la que en otros tiempos fue monumental) figura del Presidente.

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Más allá de creer ingenuamente que el Jefe del Poder Ejecutivo es un ser todopoderoso encargado de cambiar el rumbo de este país, lo que se vive en México es resultado de una crisis institucional que comenzó alrededor de los años 70.


Los negocios turbios en los que se han visto envueltos tanto el Presidente como miembros de su familia, la crisis en materia de Derechos Humanos que enfrenta México, una ola de reformas que no son más que la culminación de un proceso iniciado en aquél lejano 1988 así como la reciente investigación sobre la tesis con “errores de imprenta” son pequeñas cosas que han debilitado, de manera preocupante, la imagen del actual presidente mexicano.

A 4 años de iniciado el gobierno de Enrique Peña Nieto, cabría preguntarse hasta qué punto su intento de rescatar un viejo presidencialismo oxidado lo llevó a demostrar que no era el mandatario sólido que le vendió al electorado. Que ante la vuelta del PRI a la presidencia no se logró más que derechizar este país (más de lo que ya estaba) y dejar un escenario de sueño para el PAN. Que esa vieja figura del Presidente todopoderoso ha perdido vigencia desde hace años y que es necesario, urgente, replantearse el camino que debe seguir la política mexicana.

En ese sentido, lo que hace falta es una reestructuración institucional de fondo. No hace falta un candidato que se venda como el futuro Presidente mesías, hace falta que los órganos de gobierno encuentren un equilibrio entre proyectos a largo plazo y la recuperación de credibilidad social a corto plazo. Algo que se ve muy difícil para el futuro de este país que, desgraciadamente, repetirá el ciclo de los últimos 16 años…

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