Todo en tu cabeza
Escribir sobre vaporwave en 2017 parece un despropósito. Todo aquel familiarizado con el género conoce de sobra sus características y el que no lo haya sentido nombrar puede seguir su vida sin problemas, no es una música destinada a cambiar el mundo. Sus objetivos parecen orientados a una experiencia personal e intransferible, es difícil de pensarlo en términos colectivos.
Por empezar, habría que señalar que es uno de esos fenómenos de la cultura digital apuntados a un nicho demasiado específico. Por otra parte, decir que se trata únicamente de música sería quedarnos con una parte del cuadro, porque en el vaporwave la imagen resulta indivisible del sonido. Por eso su país ideal es YouTube: allí están colgados los álbumes/videos más relevantes del estilo, además de ser el terreno en el que más se debaten sus ideas, tanto en documentales hechos por entusiastas como en la zona de los comentarios, verdaderas tertulias virtuales.
Para acercarnos a una primera definición vayamos a Wikipedia. En su entrada se lee: “El vaporwave es un género musical que surgió a principios de 2010 a partir de licuar géneros de baile indie como seapunk, witch house y chillwave con estilos de otras décadas, principalmente de finales de los años 70 y los años 80 (como el funk o el new age). A pesar de que hay mucha diversidad y ambigüedad en su actitud y mensaje, el vaporwave a veces puede ser tomado como una crítica y una parodia a la sociedad de consumo, cultura yuppie de los años 80, mientras estéticamente exhibe una curiosa y nostálgica fascinación por los artefactos retro”.
Esa estética está representada tanto en el sonido como en las imágenes, de allí que algunos de los objetos más característicos que aparecen en sus artes de tapa –videos o simplemente imágenes estáticas– sean autos de diseño retrofuturista, los colores flúo, edificios, carteles de neón, antiguos íconos de software y las estatuas de figuras humanas, que son las que mejor representan ese gesto ambiguo, el espacio donde se filtra el juego de la crítica/ironía al consumismo, como una versión hiperrealista del emoji que se lleva la mano al mentón. En ese aspecto, el vaporwave es, como el pop de Warhol, una lectura nueva a partir de una recontextualización del objeto: así como una lata de sopa podía llegar al museo y producir sentido, una música preexistente, al ser manipulada digitalmente, también genera un pathos distinto (para conocer las diferentes actualizaciones que ha tenido el género, recomiendo leer este muy buen artículo escrito por Eric Olsen para Indie Hoy).

Esa recontextualización musical no es un invento del vaporwave, desde luego. Ya a finales de los ’70, los primeros productores de hip hop tomaban los vinilos de su colección, les modificaban el pitch, sampleaban un fragmento, y con eso creaban la base sobre la que después iba a rapear el MC. Otras músicas populares también han usado este recurso con muy buenos resultados.
¿Qué es lo que entonces hace diferente al vaporwave? Para decirlo de forma sintética, la manera en que se lo apropia su consumidor promedio. No es casual que algunos lo definan –no sin cierta ironía o desdén– como “meme music”, porque lo que produce su consumo resulta fundamental: chistes, aforismos extrañísimos, interminables debates en reddit.com, miles de tumblrs, videos con reseñas y otras plataformas de contenido digital, que es la materia prima de esta pequeña subcultura (que a su vez tiene sus propias subculturas, como el simpsonwave o el sailorwave). Podríamos decir que la obra (el álbum/video) tiene tanta relevancia como lo que ocasiona en ese oyente/espectador.
Y acá es donde me quiero detener. Desde el momento en que pudimos acceder a ese gigantesco archivo de la cultura que es YouTube, un planeta bidimensional en el que tenemos la posibilidad de escuchar discos grabados hace medio siglo, ver publicidades viejas o capítulos de series estrenados hace más de 20 años, surge una pregunta que a esta altura ya es un lugar común: ¿Se puede sentir nostalgia por una época que no se vivió? A su manera, el vaporwave lleva este interrogante un paso más allá, como una variante millennial de la ciencia ficción: fabrica una era propia –tiene hasta denominación: se la llama AESTHETICS– al reconfigurar artefactos de la cultura retro.
Podemos encontrar ese espíritu en los comentarios a los videos. Por ejemplo, en el de Floral Shoppe de MACINTOSH PLUS, probablemente el álbum más popular de todo el género. Al scrollear para abajo, entre chistes inteligentes y frases que resumen paradojas, encontramos cosas como “Esta canción me pone nostálgico con recuerdos que ni siquiera tuve” o “El vaporwave me hace sentir como si fuera un fantasma de mi infancia evocando el futuro”.

El término “evocador” –del inglés, haunting– resulta fundamental acá, porque también remite a una teoría en la que hacer pie con respecto a la estética. Me refiero puntualmente a la hauntología, un término acuñado por Jacques Derrida que tiempo después fue apropiado por críticos culturales como Simon Reynolds y Mark Fisher para describir “un arte preocupado con su disyuntiva temporal y definido por una nostalgia por futuros perdidos” (la cita pertenece a Wikipedia, que a su vez la tomó de un artículo de The Guardian de 2011).
A propósito de la obra emblemática de MACINTOSH PLUS (uno de los tantos alias de la joven productora Vektroid), el hit de ese álbum (¿se puede hablar de hit en el vaporwave?) representa perfectamente ese extraño-lugar-sin-tiempo que es este género. El nombre del track revela otra característica usual de su imaginario: el japonés, idioma del país en el que surgieron muchos de los productos culturales que definieron el pulso de la industria del entretenimiento –y por consiguiente, del capitalismo– en las últimas décadas. La obra se titula リサフランク420 / 現代のコンピュー.
/music plays
El leitmotiv del tema es la base de una canción de Diana Ross a la que se ha ralentizado, y ese desfase temporal aumenta a medida que avanza el track. La canción se llama It’s your move y pertenece a su disco Swept away, de 1984. Se trata de un r&b sintético, que ni siquiera fue corte de difusión, con una letra bastante simple, en la que una chica le pide a un chico que, básicamente, se ponga las pilas (expresión de época si las hay). Ella ya hizo lo suyo, ahora le toca a él. Es tu turno, it’s your move, dice en el estribillo. Está todo en tus manos, le dice en otro momento: it’s all in your hands.
Esta última frase es la que está pervertida, recargada de sentido, en manos de MACINTOSH PLUS. Ocurre más o menos al minuto 5.30. Con la velocidad reducida, hands no suena tanto a hands como a head. Y elige justo esa frase para loopear: el tema repite insistentemente it’s all in your head, it’s all in your head.

Una melodía alegre y ochentosa, casi tres décadas después y reinterpretada por una chica que al lanzar Floral Shoppe tenía apenas 19 años, se transforma en una especie de mantra fantasmal: está todo en tu cabeza, como ese paraíso ficcional en el que añoramos algo que nunca vivimos, algo más cercano a los sueños y la imaginación que a nuestra realidad cotidiana, un estado al que Borges describió alguna vez con su prodigioso manejo de las palabras. “Si el sueño fuera (como dicen) una/ tregua, un puro reposo de la mente,/ ¿por qué, si te despiertan bruscamente,/ sientes que te han robado una fortuna?”, son los primeros cuatro endecasílabos de su soneto El sueño (la cita borgeana no es gratuita: en la literatura argentina hubo un ejercicio de experimentación que al menos yo encuentro similar a la reapropiación que hace el vaporwave de materiales ya existentes: se llama El aleph engordado y su autor es Pablo Katchadjian. Hay mucho material del tema en la web, se encuentra con una rápida googleada).
Es posible que otros críticos o melómanos hayan llegado a conclusiones parecidas a las que desarrollo en este texto, sé que no estoy siendo demasiado original: como dije al comienzo, si el tema te interesa es probable que hayas notado algunas de estas cosas (y si no, tal vez abandonaste al segundo o tercer párrafo). El vaporwave es materia de análisis permanente, aunque sea en lugares muy específicos.
La razón por la cual escribo esto obedece a otra cosa, en realidad. Días atrás encontré un track que sintetiza todo el sentido del género, pero a la vez le agrega un toque de nostalgia muy local. Está en el disco Supa Fresh, del productor odaxelagnia y editado por el sello businesscasual (al parecer, salió una edición limitada y muy bonita en cassette, otro típico retrogesto). Con su mezcla de funk, synthpop y nu disco, recuerda un poco a los primeros trabajos de Daft Punk o Miss Kittin. La pista 6 se titula Bendy Twist (algo así como “Giro flexible”) y tiene un sample tomado (y muy manipulado en pitch, claro) del one hit wonder Matthew Wilder: Break my stride, una especie de reggae de teclados lanzado originalmente en 1983.
Hasta acá, todo normal: un track de vaporwave del 2017 que samplea una canción de los ’80. Pero hay una segunda capa de nostalgia, aplicable sólo para quienes vivimos los ’90 en estos lados. Break my stride tuvo una versión nacional muy famosa: me refiero a No te preocupes (1995), ese hit culposo de El Símbolo. Una canción pasatista, con letra hedonista y un poco superficial, que sin embargo incluye una frase que, de caer en manos de algún productor de vaporwave, podría ralentizarse, repetirse en un loop infinito y cerrar el círculo: “Extraño fue lo que soñé”.
