Primer día de instituto


«Para ser sinceros, os diré que el primer día de instituto lo tenía en el calendario de la pared de mi cuarto como el comienzo del Apocalipsis. Al contrario que otros chicos de mi edad, yo no había esperado con ansias el comienzo de la secundaria, de hecho no me apetecía empezar un nuevo curso. Me daba miedo. Habría dado lo que fuera por volver al comienzo de verano y vivirlo de nuevo con mis amigos, Jason y Lyan. Pero no me quedaba otra, tenía que ir al instituto. No logré convencer a mis padres de quedarme en casa esa primera mañana, de hecho ni siquiera lo intenté, aunque sí que hice un par de comentarios para ver si se apiadaban de mí, su único hijo. Pues nada, al instituto.

Tuve la suerte de coincidir en la misma clase con Lyan, aunque Jason cayó dos aulas más al fondo del pasillo. No conocía al resto de compañeros que me acompañarían durante todo el curso académico, por lo que mi primera reacción al entrar a la clase fue sentarme en la mesa solitaria y apartada del resto, pero Lyan se me adelantó, y es que esa era la única mesa que no estaba colocada por parejas, y el único sitio que quedaba libre era en segunda fila, al lado de la ventana, junto a una chica desconocida. Medité la idea de sentarme en el suelo, de hecho puede que lo hiciera durante unos segundos, pero cuando todos empezaron a mirarme con caras raras me senté en la silla junto a ella. No le dirigí la palabra en toda la mañana, de hecho traté incluso de no mirarla. La verdad es que yo no era tan sociable como ahora y mucho menos con alguien con quien no tenía confianza. Nunca hubiera imaginado que aquella chica con la que me senté significaría tanto para mí; sería mi primer y más doloroso amor.»

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