A la búsqueda de su propio nombre, perseguido por su propio nombre

Jason Bourne

Ha vuelto Bourne, quiero decir, la franquicia cinematográfica que lleva el nombre del popular agente nos acaba de ofrecer un nuevo producto: ¿el mismo plato con otra guarnición? No exactamente. Me explico:

En anteriores entregas, Bourne se ha debatido en angustiosas y realistas escapadas siempre en busca de su propia identidad y, al mismo tiempo, asediado por implacables poderes que querían acabar con él. En esta última, Bourne/Matt Damon sabe que es Jason, desvela poco a poco su pasado y descubre aspectos que no le gustan un pelo.

Pero los tiempos han cambiado; ahora se ha convertido en un peligro para el sistema de “seguridad nacional” que abandera el todopoderoso jefe de la CIA, encarnado en este film por Tommy Lee Jones, poca broma.

Los escenarios realistas más un cierto feísmo en la fotografía, siguen siendo marca de la casa y son muy del gusto del director Paul Greengrass y de su fotógrafo favorito Barry Ackroyd, quien trabajó en etapas anteriores con el maestro Ken Loach y con él aprendió a fotografiar la dureza de las ciudades británicas en los 90 y la magia del grano grueso cuando se rueda en 16 milímetros, luz disponible.

El peligro ahora -parece mostrar Paul Greengrass- es el exceso de conocimiento y también los datos secretos, el posible desequilibrio en el seno de un sistema corrupto que como un Gran Hermano de cámaras ocultas nos vigila en cada rincón del planeta.

En un momento dado, alguien le espeta a Bourne esta frase lapidaria: “Que lo recuerdes todo no significa que lo sepas todo”. Y por eso, en esta película, como en las otras de la saga, siempre hay un motivo para querer saber más y también para tener que huir, sea en el medio del caos ateniense de la plaza Syntagma, o en el frío y metálico Berlín o en el neón multicolor de Las Vegas.

Brillante película, Jason Bourne, por lo que apunta y por lo que muestra; porque siendo cine de consumo y no ocultándolo, lo que ofrece no engaña: un espectáculo trepidante, bien contado, que hace trabajar al espectador y que apunta problemas, argumentos y realidades que, quizás con menos sangre y menos persecuciones, están ahí, a la vuelta de la esquina: en la propia conexión a internet del ordenador en el que estoy escribiendo o del GPS que me sugiere una ruta.