Asimov: el imperio de la grandeza humana

“El trabajo de cada individuo es una contribución a la totalidad y de este modo se vuelve parte inmortal de ella. La totalidad de las vidas humanas, pasadas, presentes y futuras, forma un tapiz que existe desde hace miles de millares de años y que se ha ido haciendo cada vez más hermoso y más complicado en todo este tiempo.
Una vida individual es como una hebra del tapiz, y ¿qué es una hebra comparada con toda la pieza?
Mantén tu mente firmemente fija en el tapiz y no dejes que una sola hebra suelta te afecte. Hay muchas más hebras, cada una de ellas, valiosísima; cada una contribuyendo…”
Robots e Imperio, 1985

En tiempos donde el trabajo nos hace concentrarnos en nuestras propias vidas, donde la violencia hace que nos volvamos desconfiados de todos y donde internet nos hace pensar que todos tenemos la razón, parece necesario recordar que somos parte de un todo. Y esa es una de las razones por las que leo a Isaac Asimov.

Nacido en 1920 en la Rusia soviética pero criado y educado en Estados Unidos, Isaac Asimov es conocido principalmente por sus tres Leyes de la Robótica. Esas, que dicen que un robot no puede dañar a un ser humano o dejar que sufra daño por su inacción (primera), que los robots deben obedecer a los humanos excepto si eso contradice la Primera Ley (segunda), y que los robots deben cuidar su propia supervivencia, a menos que esto entre en conflicto con la Primera y Segunda Ley (tercera).

Asimov también se jactaba de ser el creador de la palabra robótica. “Empecé a escribir historias de robots en 1939, cuando tenía 19 años. Desde el primer momento, los imaginé como máquinas cuidadosamente construidas por ingenieros”, escribió Asimov en la introducción de Sueños de Robot, una recopilación de cuentos cortos que publicó en 1986.

Sin embargo, el legado de Asimov va mucho más allá de haber inventado una palabra. Sus libros, más de 500, están en 9 de las 10 categorías del Sistema Dewey que usan las bibliotecas: ciencias puras (Asimov fue profesor de química en la Universidad de Boston), tecnología, historia, ciencias sociales, y desde luego, literatura.

Curiosamente, aunque le faltó escribir sobre filosofía para lograr la omnipresencia bibliotecaria, cada una de sus novelas y narraciones lleva la hebra de una: el papel del individuo en su sociedad como conjunto y su importancia en la construcción de la historia, más allá de los protagonismos.

En la Saga de los Robots y en la Saga de la Fundación, una serie de 15 libros cuyo orden temporal es más complicado que el de las películas de Star Wars, Asimov trazó una historia de la humanidad que comienza en la década de 1930 y avanza unos 45 mil años en el futuro. En ellos, los seres humanos pasan de inventar a los robots (Yo, Robot), a prohibirlos (Las Bóvedas de Acero), a usarlos de nuevo (Robots e Imperio) y a colonizar millones de planetas de la galaxia sin ellos (Un guijarro en el cielo).

Considero a los libros una ventana a un mundo alterno. Uno que está ahí, verosímil, palpable y esperándome para conocerlo. Leer a Asimov es sumergirme en un universo entero que abarca miles de años y personajes, pero que me lleva de la mano mientras vuelo entre sus planetas. Además, es conocer su visión sobre el futuro de la humanidad, que con ayuda o no de robots, es de esperanza.

“Hay dos caminos que enfrentan a la humanidad. Uno es que permanezcamos por siempre en la Tierra y entonces tengamos una extinción inevitable. La alternativa es convertirnos en una civilización espacial, una especie multiplanetaria”.

Aunque lo parezca, esta frase no fue dicha por Asimov, sino por Elon Musk, el empresario fundador de PayPal que quiere llevar al hombre al espacio a través de su empresa Space X. Sin embargo, revela la profunda influencia de Isaac Asimov en personajes actuales que comparten su visión y tienen el suficiente poder para convertir sus ficciones en realidades.

Asimov no vivió para ver si los humanos conquistarán la Galaxia. Murió el 6 de abril de 1992, a los 72 años, por un fallo renal que se aprovechó del VIH que había contraído años atrás durante una transfusión sanguínea. Tampoco lo haremos nosotros. Lo que pasará en miles de años es un misterio, pero la propuesta de Asimov es humilde: haz de tu vida la hebra que formará parte del tapiz de la humanidad del futuro.