Cerro al Viento: Bitácora de trabajo 1.
Los Topógrafos
(O el vértigo de la página en blanco)
¿Cuál es nuestra función acá? ¿Cómo abrirse camino en el territorio? ¿Cómo vamos a ser vistos por quienes venimos a ver?
Un montón de preguntas vienen a llenar el vacío tenebroso antes de grabar la primera imagen, impidiendo justamente resolverlas. A continuación, el lapsus habitual de comenzar cualquier cosa.
Este artículo es el primero de una serie que serán publicados en torno a Cerro al Viento, un documental sobre la vida de la población Sor Teresa, a meses del gran incendio de Valparaíso, en abril de 2014. Puedes encontrar más información sobre este proyecto en nuestro sitio de Facebook.
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El 26 de julio del 2014 tomamos el colectivo para subir hacia la población Sor Teresa, en nuestro primer día de rodaje. Sacando la cuenta mientras subíamos, eran ya casi cuatro meses de acontecido el hecho que nos convocaba, el gran desastre que por semanas mantuvo fijas las miradas del país y del mundo. Sin embargo, al encontrarnos ya en terreno, prácticamente no habían señales de la imaginería con la que fuimos alimentados intensivamente durante aquel tiempo. Nada de lo que un posible espectador pudiera esperar del trabajo que comenzábamos a realizar: ni las llamas, ni el humo, ni la gente gritando, ni esa solidaridad como catarsis colectiva, habían dejado marcas concretas, como quizás hubiésemos querido que existieran. En el silencio de esta población de viviendas de emergencia, solo quedaban dos elementos que habían sido testigos directos de lo ocurrido. Las latas retorcidas de los techos y el fantasma de los que fue alguna vez un terreno forestal.

La población Sor Teresa es un pequeño barrio ubicado en las alturas del cerro Cuesta Colorada, en el sector oeste de la ciudad. Comenzó a conformarse luego del terremoto del año 1985, a partir de damnificados que fueron enviados por funcionarios de la dictadura a ese sector, en una condición provisoria, de la cual no han salido hasta el día de hoy. En la población Sor Teresa el tendido eléctrico llegó hace unos cuantos años. No hay pavimentación, no hay alcantarillados ni agua potable. Como se puede deducir, tampoco hubo grifos para los camiones de bomberos en el momento de la emergencia, a pesar de colindar con los terrenos forestales. Como muchas de las poblaciones de los altos cerros de Valparaíso, Sor Teresa es un asunto pendiente durmiendo en la administración pública. Ni erradicada, ni incluida, este espacio se ha mantenido en una condición intermedia, invisible, a pesar de estar solo a 4 kilómetros del Congreso Nacional.

Sentados en la tierra, viendo las miradas de los vecinos sobre nosotros mientras armábamos nuestro equipamiento, comenzaba a sentir en mi interior lo que la noche anterior no me había dejado conciliar el sueño: aquél vacío de la página en blanco, el cual, en este caso no es la del escritor que arrepollado en su teclado que —mientras abre el segundo paquete de galletas— no sabe como empezar a hilvanar las palabras en medio de la oscuridad, sino su opuesto equivalente, donde parecía –por lo menos en ese momento — que cualquier camino era tan importante e irrepetible, que nos dejaba en una situación de parálisis análoga. Vacío inevitable, que intentamos llenar las semanas anteriores en base a una dieta de esquemas, referencias, pizarras llenas de flechas y un plan de rodaje con decenas de indicadores, las que de un momento a otro pasaron a ser de un orgullo institucional a una humorada burocrática. Vacío en donde principalmente nos acosaba la siguiente pregunta. ¿Cuál era nuestro rol en este lugar? ¿Qué era lo que teníamos que hacer frente a todo lo que se había hecho y todo lo que –seguramente — se iba a realizar?
La emoción trabajando contra la empatía
Todos fuimos testigos de la cobertura de los medios durante la emergencia y los que no tuvieron dicha oportunidad, pueden imaginarla sin mucha dificultad, ya que es un modelo que se ha repetido hasta el cansancio, desde que CNN sentó el nuevo paradigma a principio de la década de 1990, con la cobertura de la guerra del golfo: un torrente de imágenes permanente y en directo, prácticamente sin procesar, en donde el deber informativo se confunde rápidamente con el espectáculo y la necesidad de polémica ante la competencia de los canales. Sin querer profundizar mucho en este asunto –sobre el cual ya se han derramado ríos de tinta — lo que más me llamó la atención fue la duración de la cobertura, en donde todos los estímulos se presentaban como impulsos histéricos, tanto en la emergencia como en la ayuda, quedando todo impregnado de una intensidad que parecía no suspenderse, sin una real responsabilidad de los efectos de dicha comunicación sobre la población. Más allá de la opinión personal, este asunto fue materia de estudio y denuncia desde el Consejo Nacional de Televisión, en donde señalan que “una mayor cantidad de tiempo que le dedicaron los canales a mostrar los daños materiales y humanos de las dos catástrofes [el terremoto de Iquique y el incendio de Valparaíso], usando música trágica, enfoques en primer plano de las pérdidas y entrevistas a los afectados. Aunque es importante informar sobre esto, es ahí también donde hay más oportunidades para el excesivo dramatismo que el público percibe.” Declaración basada en un estudio cuantitativo que realizó esta institución, sobre los recursos de lenguaje utilizados por los noticiarios, donde en promedio un 17% de las unidades de análisis presentaban recursos de “impacto emocional dramático” llegando hasta casi el 30% en algunos canales.
Ahora que pienso en eso, no puedo dejar de sacar a colación un interesante artículo publicado hace ya un buen tiempo, donde se relataba las últimas exploraciones en torno a la mecánica del autismo en el cerebro, sobre la cual aún no se tiene una certeza clara. En el texto, se baraja la llamada teoría de los “mundos intensos”, en donde la falta de empatía y la disociación de lo social en los autistas, no se debe a un fallo físico en el cerebro, que les impide percibir aspectos del mundo exterior, sino por el contrario, ellos sufren de una hipersensibilidad en donde la respuesta es la reclusión del sujeto. Según el investigador Kai Markram, “los autistas viven abrumados por sus propias emociones y las de los demás”. A modo hipotético, me atrevería a decir que el efecto producido por la manera en que se desarrollan las coberturas noticiosas de las catástrofes funciona de manera análoga: luego de un primer impacto empático y emocional, la intensidad permanente genera una reclusión y hasta un rechazo emocional respecto de los hechos. Quizás ahí estaba una de las razones del silencio: “Las dificultades de socialización y la extraña conducta son la consecuencia de enfrentarse a un mundo excesivo”.
Cualquier etiqueta sirve (y ninguna de ellas en realidad)

Cuando desde SERPAJ-Chile nos plantearon el desafío de realizar un trabajo documental en torno al incendio, luego de toda la comunicación descrita anteriormente desde los medios hegemónicos, sumado a los sectores periféricos y su comunicación reivindicativa, en esta situación, nos vimos realmente en un problema. Un problema diferente al que se tenía un par de generaciones atrás, en donde el rol del documentalista era de construir imágenes ahí donde no las había, tenían la tarea de hacer aparecer el acontecimiento ahí donde se le quería ocultar, allá en lo desconocido, en lo lejano. Desde Flaherty hasta quienes retrataron la protesta callejera durante la dictadura, en aquél momento, el valor estaba en traer a lo público lo que se había mantenido, para mal o para bien, fuera de la luz. Hoy el caso es justamente lo contrario: estamos en una situación de permanente encandilamiento. Entonces ¿Cuál era nuestra función entonces?
Otra opción disponible es aprovechar este tipo de hechos como una plataforma en función de validar un discurso –frecuentemente traído de otro lado — haciéndolo calzar de manera verosímil frente a un escenario de colapso. Durante las primeras semanas de trabajo en terreno, antes del rodaje como tal, escribí en una libreta:
“La destrucción de una ciudad es un acontecimiento de una violencia tan brutal que cualquier configuración ideológica opera sin problemas. La destrucción de todo es una hoja en blanco para trazar una línea recta: el incendio y el capitalismo brutal, el incendio y el estado despiadado, el incendio y los pobladores inconscientes, el incendio y el abandono de Dios, etc., etc. Todas, con un mínimo de mérito son fórmulas totalmente plausibles. El acontecimiento es un Recipiente para el sentido.”
Que no se me malentienda. Sin duda que es necesario formarse y compartir en lo público una opinión política respecto a todo lo que ha ocurrido, lo cual está lejos de ser un hecho en donde la presencia del hombre y las instituciones que nos manejan y de las cuales en distintos niveles formamos parte, no tengan una participación activa y pasiva en lo ocurrido. Mi punto es que es muy fácil etiquetar al cerro destruido con cualquier consigna y que suene verosímil, sin que esté generando una idea concreta y aplicable, o una manera fiable de analizar la situación y el territorio. La facilidad del argumento convierte al ámbito en un campo minado.
Los Topógrafos
Mientras todos esos pensamientos se cruzaban por mi mente, no de la manera estructurada que acabo de realizar, sino más bien como una bruma incapacitante cargada de miedo más que de otra cosa, el tiempo pasaba en la población Sor Teresa. Comenzamos a contactar a los vecinos de la manera más inocente, en realidad, la única que se nos ocurrió. Tocando puertas de manera aleatoria, esperando una afirmativa concreta ante sus evasivas entremezcladas con frases de buena crianza. Tocando puertas, en los zapatos de un vendedor de tevecable, de un evangélico aleatorio, de todos esos sujetos de los que alguna vez me había reído, quizá injustamente en la mayoría de los casos. Ironizando sobre nosotros, en ese momento pensaba que para completar la imagen solo nos faltaba la corbata y el realismo mágico.
Con el poco éxito de nuestra incursión inicial, decidimos hacer algunos planos de espacio, con algunos vecinos que pasaban caminando hacia la población de al lado, para comprar cigarros o algo para la once. Un hombre caminaba junto a sus hijos con un colchón al hombro. La inseguridad sobre el espacio se traducía en una imagen inestable, sin un objetivo claro. Unos niños tirándose piedras, unos perros ladrando. Lo mismo, nada concreto.

Faltaron varios intentos para articular algo que pudiera eventualmente componer una narración: en su rutina semanal, el camión de la caca venía a limpiar los baños químicos que les instalaron a los vecinos junto a las viviendas de emergencia. Salimos corriendo con el trípode y el audio a buscar encuadres, un poco más tranquilos, con la sensación de que la tarjeta de memoria se estaba llenando con algo que efectivamente podíamos utilizar. A medida en que nos hacíamos más presentes en la calle, con movimientos más amplios y conversando con algunos de los vecinos, pidiendo pequeños favores en función del registro, las miradas sutiles y los comentarios de nuestra presencia se comenzaron a hacer más evidentes. Momentos después, estábamos grabando a unos niños que estaban elevando volantines en la intersección entre la Sor Teresa y el bosque. Después de mirarnos un rato, una de las señoras de un grupo que compartía par de puertas más allá se acercó a preguntarme:
—¿Y ustedes cuando piensan que van a venir a poner las cañerías?
No recuerdo haber respondido nada concreto, sin embargo la expresión que se debió haber dibujado en mi rostro motivó una segunda pregunta:
—Porque ustedes son los topógrafos ¿Cierto?
En ese momento entendimos que la percepción de la señora sobre nosotros era totalmente diferente a la que nosotros nos imaginamos que iban a tener. Nuestra presencia, dos fulanos con un trípode delgado y una cámara del tamaño de una plancha no tenía nada que ver con el despliegue que había hecho la prensa meses atrás, con sus grandes camiones y la violencia de las cámaras y reporteros, en una búsqueda desesperada por el gesto más histérico, preparando el zoom para sincronizarlo con el sollozo de un rostro sin nombre, son sus lágrimas cruzando brillantes su rostro tiznado. Para la señora y para otros vecinos durante los primeros días, éramos aquello que estaban esperando, no desde ocurrido el incendio, sino que desde la aparición de la población, hace más de 30 años atrás. Ser atendidos de manera concreta por la institución para concretar una situación que se ha mantenido en una inestabilidad permanente. Después de la visibilización intensiva durante un momento breve de tiempo, la población volvió a su estado inicial. Esperar ser vistos, más allá de su condición como espectáculo.
A pesar de que no había pasado tanto tiempo, el escenario al cual nos enfrentábamos era completamente diferente al que habíamos especulado en las etapas anteriores del proyecto. Tanto en nuestra percepción de los vecinos hacia nosotros, como en la situación concreta y subjetiva de los vecinos en esa etapa. Había un largo camino por delante. Un territorio en muchas dimensiones, inesperado y cambiante, el cual ameritaba describir con cuidado. ¿Nuestra función en ese espacio? La iríamos descubriendo más adelante. Al bajar del cerro, cayendo la tarde, Carlos dejó una etiqueta provisoria: “Topógrafos sociales”.