Adiós abuelo
Cuando estaba en la escuela, todas las veces que algún compañero faltaba porque había fallecido alguno de sus abuelos, me invadía una tristeza y un temor profundo, porque así como a ellos les tocaba despedirse, eso me recordaba que algún día me tocaría a mí.
En mi caso, al llegar a este mundo, tuve la fortuna de poder contar con mis cuatros abuelos, durante mi infancia y adolescencia pude pasar bastante tiempo con cada uno y tenerlos siempre presentes y muy cerca. Gran parte de mi esencia como persona la fui construyendo a partir de sus aportes.

Además de contar con los 4, cada uno de ellos tenía algo que los hacía especial, mientras mis dos abuelas siempre me llenaron de amor y cariño, a mis abuelos siempre los veía como ejemplo de un ideal de aquel hombre que quería ser cuando adulto, por un lado, mi abuelo materno con su don de gente y su extraordinaria sociabilidad, y por el otro, mi abuelo paterno que era un artista.
A medida que pasaba el tiempo e iba creciendo, aquella figura que tenía de mi abuelo paterno iba cambiando. Lo recuerdo como aquel señor que siempre estaba sin remera, despeinado, de bermudas y zapatillas, a veces de remera o polo, llevando una boina en la cabeza; cuando el frio asomaba, se vestía con su pantalón buzo y su tradicional camisa mangas largas a cuadros.

Al haber pasado mi infancia en su casa, debo reconocer que casi siempre, sin intenciones, era responsable de perturbar su tranquilidad. Desde ser la razón por la que mi abuela lo despertaba a la tarde para que yo pueda ver televisión en su pieza, hasta tener que despertarlo de su siesta en la hamaca, cuando me ponía a jugar y consecuentemente a hacer ruidos (sin contar las veces que eché la hamaca al subirme brutalmente en ella).

Una de las cosas que caracterizaba a mi abuelo eran sus pasos lentos y arrastrados; cuando jugábamos con mi primo en la sala, que estaba ubicada cerca de su pieza, hacíamos bastante ruido entre gritos y cosas que echábamos al suelo o muebles que desplazábamos de su lugar. Ni bien mi abuelo era delatado por los pasos que se acercaban, rápidamente tratábamos de ordenar todo y simular que no éramos responsables de ese ruido. Cuando llegaba a la sala, nos pedía que evitemos hacer ruido porque quería dormir, a lo que contestábamos que no habíamos sido nosotros, de lo contrario todo estaría desordenado.

La tranquilidad no solo la tenía en los pasos, era una de las características de su personalidad y su forma de encarar el mundo. Junto a la serenidad, denotaban su trazo de humildad y sencillez. Nunca hizo gala de sus logros, siempre se limitó a agradecer por los halagos y a brindar toda su atención a los admiradores, a la prensa y a sus amigos.
Cuando le llamé este año para saludar por su cumpleaños, al preguntar cómo se sentía, me contestó que si bien estaba muy cansado, se sentía feliz de poder compartir con los músicos que acudieron a su fiesta para demostrarle el cariño a través de la interminable peña, me dijo que valoraba bastante ese gesto de sus amigos, pero que luego de algunas canciones más ya se iba a acostar.

En otro cumpleaños, muchos años atrás, recuerdo que había guardado una caja de fosforitos que me regaló mi abuela materna para que lo explote el 31 de diciembre, llegado el día del festejo de mi abuelo, en febrero, empecé a juntar los explosivos uno al lado de otro y a pegarlos luego con cinta adhesiva, formando pequeños círculos de alrededor de 40 fosforitos cada, los que finalmente junté nuevamente con ayuda de la cinta en un solo circulo mayor.
Cuando saludé esa noche a mi abuelo, le dije que tenía una sorpresa para él, lo que como toda criatura, lo repetí por lo menos unas 15 veces más durante el desarrollo de la fiesta. Llegado el momento de la cena, con la colaboración de mi papá que apartó por un rato a mi abuelo de sus amigos, ambos salieron al frente de la casa, mientras al otro lado de la calle, yo encendía “la bomba”. Al estar juntos los explosivos, bajo una reacción en cadena se encendieron rápidamente todos, corrí lejos, para avistar esa estruendosa, interminable y larga explosión. Ese había sido mi regalo para él.
Gracias a mi papá, pude compartir varios viajes al lado de mi abuelo, en distintos festivales musicales, a lo largo de diversas ciudades del Paraguay. En su mayoría, estos actos eran homenajes a su trayectoria. Pude conocer muchos paisajes y fueron esos eventos los que, de a poco, me iban demostrando la grandeza y la importancia que tenia él en nuestra cultura.

En uno de ellos, en una de las primeras ediciones del Festival Mundial del Arpa, en el Teatro Municipal de Asunción, cuando anunciaron su presentación fui sorprendido por la inquietud de las personas que acudieron a asistir al evento. Llegado el momento, el silencio y la contemplación se apoderaron del público, la atención plena y el seguido aplauso de pie, me llenaron de orgullo.
En otro viaje, el dueño de uno de los hoteles de Villa Florida brindó hospedaje a mi abuelo y a sus acompañantes, porque muchos años atrás, él había participado de una serenata en Uruguay, la que en aquel entonces ofreció el señor a su amada. Haber participado con su arpa en aquel momento, fue para ese hombre un gesto de mi abuelo que este nunca olvidó, al punto de buscarlo mucho años después en un festival que se estaba organizando en una ciudad cercana, para hacerle saber de su gratitud y ofrecerle en forma de agradecimiento la estadía en su hotel. Mi abuelo accedió con la única condición de que todos aquellos que lo acompañábamos, también fuéramos con él. Esa fue la primera vez que me tocó hospedar en una suit presidencial.
Asi como los obsequios y homenajes me indicaban la dimensión de las hazañas de mi abuelo, otros gestos suyos me demostraban su sencillez.

En un homenaje realizado en una edición de la Expo Canindeyu, acudimos con mi abuelo, nos ubicamos alejados del palco, bien al fondo del tinglado, donde en aquella noche él era homenajeado. Por varias veces, las personas que estaban involucradas en la organización pasaron frente a nosotros sin habernos notado, pero ni bien anunciaron su presencia, acudieron a él pidiéndole que pase a ubicar los primeros asientos, a lo que él agradeció, pero respondió que prefería seguir en el mismo lugar, porque allí se encontraba alrededor de su familia.
En sus últimos meses, ya con la salud golpeada, recuerdo haberle visitado, en un momento le pregunté con toda formalidad ¿Cómo estaba?, a lo que él con una dolorosa y sinceridad punzante respondió en guaraní que a medida que uno envejecía más difícil se iba poniendo la situación.
La última vez que lo ví, cuando entre junte a él a su pieza, me acerqué y extendí el brazo para saludarlo, me agarro bien fuerte de las manos y lo acercó a su cuerpo en un gesto de retracción. Cuando le pregunté cómo estaba, me respondió en guaraní: “ivai ko la che situación” con una triste y consciente claridad de lo que estaba enfrentando.
Durante los meses que se siguieron, mi abuelo dio pelea y gracias al esfuerzo de mi papá, de mis tíos y mi abuela, resistió a su manera hasta donde pudo. Golpeado por la situación y percibiendo el desgaste de aquellos que le acompañaban en esa lucha, varias veces agradeció la dedicación que le brindaban e insinuó que ya quería partir para no prolongar el sufrimiento que desataba la situación, hasta que el 30 de agosto la batalla llegó al fin y acudió al descanso eterno.
Mi abuelo partió dejando una vasta trayectoria de logros y hazañas, si bien su presencia física nos abandonó, su legado seguirá presente. Para muchos será recordado como el primer hombre en llegar a Europa con un arpa paraguaya, como aquel integrante del trío olímpico, como aquel que eligió Salto del Guairá como su lugar sin haber olvidado de su origen en Itape, como el músico que supo escribir su nombre en la historia de nuestra música, como el autor de varias canciones, entre ellas “Mita Ñembosarai”, la que a partir de ahora, cuando la escuchemos, tendrá un efecto distinto para la familia, un tono de añoranza y gratitud.

A mis 26 años perdí al primero de mis abuelos, una experiencia muy reciente y que por muchos años me atormentó y que finalmente ahora la enfrento.
Gracias por los viajes, las vivencias, las experiencias, todas las conversaciones, todos los chistes y los “ñe’enga”, las clases de arpa, los saludos y el aliento constante, todo lo que vivimos juntos siempre estará presente en mi memoria.

Si bien nunca te lo dije de manera verbal, espero que nunca hayas dudado de mi aprecio y que mi trato y mis gestos te hayan hecho saber del cariño que te tengo. Muchas gracias por tus enseñanzas, siempre las llevare conmigo.
Te quiero mucho Abuelo.
