Ama al periodismo, desprecia al periodista

Se puede ser firme creyente de una causa y no comulgar con quienes dicen defenderla. Supongo que es lo que ocurre con cierta parte de los creyentes, aquellos que tienen fe a prueba de la Iglesia de la que no se sienten cercanos. A mí me pasa ocasionalmente con mi profesión. Nunca he dejado de creer lo importante que resulta el periodismo para fabricar ciudadanos independientes y críticos contando historias que importan, pero otra cosa es que crea que los periodistas actuamos por lo general de acuerdo a ese y otros objetivos que podamos considerar ideales.

Pregunto a menudo a personas de mi entorno ajenas a este mundo su opinión sobre él. Me intriga mucho saber cómo nos perciben, qué creen que hacemos bien y mal en nuestro trabajo, y cuál es el valor que nos otorgan. Sobre todo en circunstancias informativas de alto voltaje, cuando se espera de nosotros que cumplamos el pacto no escrito que tenemos con ellos. Y a veces las respuestas son desoladoras.

Ahora se hace más periodismo que nunca. Bueno, dejémoslo en más contenidos que nunca, por aquello de que algo que figure en un informativo o en un periódico no tiene por qué ser periodismo. De hecho, ni siquiera tiene que ser un buen contenido. La nuestra es una industria contaminante cuyos vertidos a la sociedad se basan en baremos de autoexigencia que han ido menguando con el tiempo. Todos lo sabemos, pero todos tenemos a alguien a quien despacharle la responsabilidad para no detenernos en la idea de que no estamos cumpliendo con lo que la sociedad demanda de nosotros.

A veces me recuerdan que comparto profesión con gente que no le hace ningún favor a su imagen. Según el día, me río o me molesto; más lo primero que lo segundo a medida que cumplo años. Me siento alejado de las tertulias televisivas donde el periodista vale por su capacidad de entretener más que por su oficio al informar, o de los compañeros vagos que echan el día en Twitter reclamándose interesantes y envaneciéndose en méritos discutibles mientras son otros los que publican la buena historia del día. No tengo nada que ver con esa gente, hay un cordón sanitario definido por la actitud más que por la aptitud (yo ni siquiera escribo, mi camino profesional ha ido por otro lado, entre otras cosas por mis múltiples limitaciones).

Pero lo que sí suelo decir a quien me menciona a esos y otros ejemplos poco edificantes es que entienda el valor del periodismo, el de contar historias que le permiten entender lo que le rodea y tomar mejores decisiones sobre cómo cambiarlo o mejorarlo. Es un ideal que nos supera a todos quienes decimos servir en su causa, y que nos debe sobrevivir, hagamos lo que hagamos.

En alguna película recuerdo haber escuchado algo así como “no critiques al jugador, critica al juego”, dando a entender que cada cual hace lo que puede en un entorno que nos viene dado. Pero yo en este caso prefiero que ames al periodismo y desprecies al periodista.

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