Contra la plaga de los analistas de medios

Si eres periodista en ejercicio es casi improbable que, en alguna ocasión, no hayas sido víctima de un riguroso análisis desinformado por parte de alguno de los autodesignados analistas de medios que pululan por Twitter. Que por lo general son periodistas sin oficio ni beneficio que evalúan el trabajo de quienes sí producen algo, desde el sofá y pertrechados con un Cola Cao.

Son muchos. Cada vez más. Supongo que la proporción crece en la medida en que la industria de los medios decrece como tal y expulsa a profesionales o no es capaz de absorberlos. Y a ese incremento también contribuyen otras causas, endógenas y exógenas, que crean el combinado perfecto para que gente que no hace nada critique de forma interesada (no el de sus amigos, por supuesto) el trabajo de quienes pelean cada día por sacar información adelante.

Son fáciles de reconocer porque tuitean mucho. Al no tener que producir, disponen de mucho más tiempo para evaluar lo que hacen otros. Buscan la complicidad de terceros que funcionan como ellos, sobrevolando los medios a la búsqueda de algo que les permita erigirse en guardianes de la ortodoxia del buen periodismo, y ganarse de paso los aplausos y los retuits de plañideras más o menos intoxicadas en el discurso de “el periodismo que se hace ahora es una mierda” (con el subtexto de “si me dejaran hacer a mí sería distinto”, claro).

El problema no es tanto que existan como que se conviertan en referentes para quienes vienen por detrás. Lo peor que se le puede enseñar a alguien que está estudiando una profesión que, en un porcentaje elevado de casos, le conducirá a hacer algo totalmente distinto, es que criticar es mejor que producir. Estos tipos recaban seguidores en Twitter que muchas veces son periodistas en formación, que les jalean y les toman como ejemplos. Y la profesión se empobrece así.

Claro que es más sencillo apuntar con el dedo a otros diciendo que su trabajo es una mierda. No hace falta ser muy hábil para eso. Ni para montar tertulias tuiteras de nivel ínfimo sobre el acierto o no de una portada, habitualmente la de ABC (qué fácil es meterse con ese diario, con el que nada comparto, pero que me inspira una defensa automática contra esta clase de individuos).

Estos sujetos, a los que no se les conoce prácticamente trayectoria profesional alguna en muchos casos, ni material producido sobre el que realizar alguna comparación con el criticado, vive en un hábitat muy concreto. Los congresos de periodismo en los que siempre intervienen los mismos, las conversaciones tuiteras sobre el mal periodismo que se hace (al que ninguno de los mentados contribuye, por lo general) o sesudos escritos en blogs sobre “esto es lo que hace mal mengano o zutano”.

Todos ellos y el resto de la recua de caraduras que pululan por el entorno de los medios como autodenominados consultores vendiendo recetas de pollo gozan de mi más profundo desprecio intelectual. Porque no aportan nada, salvo ruido y cháchara innecesaria. Quienes sí lo hacen son los miles de periodistas que cada día afrontan el reto de contar algo, a menudo en malas condiciones, y que sostienen la dignidad del oficio a base de historias que crean conciencia y fabrican ciudadanos informados.

Para ellos el reconocimiento, por su trabajo y por su capacidad de aguantar la oleada de cantamañanas que se creen legitimados para decir si es bueno. No sé qué tiene más mérito.