Cosas que aprendí como autónomo

Dejé de ser autónomo hace unos meses, tras tres años. No lo hice porque me fuera mal, sino simplemente por un cálculo de conveniencia. Ha sido una etapa interesante por la cantidad de cosas que he tenido que aprender para tirar adelante. Y estas son algunas de las más importantes:

  1. Las cifras son tozudas

Esa frase me la dijo un amigo que emprendió un negocio hace algunos años, y afortunadamente le está yendo bien tras mucho esfuerzo. Y se basa en remarcar lo obvio, en que los números mandan, en que tienes que llevar una gestión eficiente, pero con capacidad de reacción.

Durante toda mi época como autónomo manejé un excel en el que computaba gastos e ingresos al detalle, con hojas a dos meses vista para intentar planificar al máximo mis estados contables y mi capacidad de afrontar gastos imprevistos. Pero al final todo se basa en tener ingresos regulares y previsibles, y una estructura de gastos razonable. Lo primero es lo más complicado de conseguir, y lo segundo es algo a lo que acabas por acostumbrarte. Es la hoy mal considerada austeridad, que simplemente se basa en ser conservador con lo que gastas en relación con lo que ingresas.

Hubo rachas de bonanza, otras más delicadas, y al final lo que queda es que ser autónomo no deja de ser una interpretación realista de lo que es la vida en sí misma: aprovechar los buenos tiempos para estar resguardado en los malos. Porque unos y otros se mezclan en una secuencia a menudo imprevisible, en la que la estabilidad solo la pone tu capacidad de anticiparte. Lo que aprendes de gestión en ese aspecto es un legado muy valioso para el futuro.

2. Resolver problemas, crear oportunidades

Mi labor estaba encuadrada básicamente en la consultoría, en torno a la comunicación en plataformas sociales, que es a fin de cuentas en lo que tengo más experiencia y seguramente más conocimientos. Y siempre la enfoqué desde vender dos aspectos básicos que creo que lleva aparejada cualquier gestión: resolver un problema o crear una oportunidad.

Cuando alguien habla contigo sobre la posibilidad de que hagas algo para él siempre lo hace porque se encuentra en uno de esos dos casos. Tiene que solventar un problema (una carencia, algo que no se hace bien, algo que podría hacerse mejor) o ha visto una oportunidad que quiere desarrollar (una nueva perspectiva para hacer las cosas, un hueco que ocupar haciéndolas de otra manera). Los mejores son capaces de hacer ambas cosas a la vez, y esa es la gente con la que conviene contar.

3. No sabes lo que quieres, ya te lo explico yo

En un entorno relativamente nuevo como es el de las redes sociales, subsumido en otro que por lo general es etéreo y de retorno incierto, a veces resulta complicado elaborar una propuesta para alguien que te pide una orientación. Porque en realidad no sabe muy bien qué ofreces y tiene solo una ligera idea de lo que cree necesitar.

Esto último es muy importante, ya que como profesional te corresponde también decir que no cuando honestamente piensas que no puedes hacer nada de lo que parece que se te pide. En estos tres años he rechazado proyectos por diferentes causas, pero casi siempre por considerar que el objetivo que perseguían no era algo que yo pudiera conseguir. La gente aprecia que seas sincero y le digas que no te ves cualificado para emprender una tarea que no crees que puedas realizar con éxito, aunque a fin de cuentas rechazar trabajo suena incluso soberbio en estos tiempos.

Eso incluye además un perfilado constante de lo que quieres y no quieres hacer tú mismo con tu vida profesional. Hay proyectos que sí he hecho y que prácticamente solo me han dejado el poso del conocimiento de aquello que no quiero volver a hacer, como la formación online, que me resultó muy insatisfactoria como profesor.

En la medida de lo posible, y volvemos de nuevo a una perspectiva que casi parece un lujo, como autónomo uno debería intentar hacer solo aquello que le pueda proporcionar el bien inmediato (el dinero) sino el bien futuro (que alguien hable bien de él a otro posible cliente). Y eso solo se logra haciendo cosas que sepas que puedes hacer bien.

4. Define tu producto, uno y muy bueno

Una de las reflexiones esenciales cuando vas a ser autónomo es la de qué vas a vender. En ese y en cualquier otro caso relativo a aspirar a un trabajo o proyecto, siempre pienso en un diagrama de Venn, esos que se basan en círculos que comparten regiones. Un círculo representa lo que quieres hacer, otro lo que haces mejor y otro lo que el mercado demanda. En la parte coincidente entre ellos se encuentra aquello que realmente puedes vender, el producto.

Hablo en singular porque creo que es mejor centrarse en algo concreto y hacerlo lo mejor posible, trabajar constantemente en mejorarlo, que intentar abarcar varias áreas. Yo me ubiqué en la consultoría relativa a redes sociales para medios de comunicación y periodistas, y me fue razonablemente bien. Con interludios de otros proyectos diferentes, pero en muchos casos muy interesantes, esa fue la base de lo que ofrecía a quienes querían escuchar lo que podía ofrecerles.

Esto es complementario con otra clase de análisis, como el DAFO (debilidades, amenazas, fortalezas y oportunidades), y es lo que te define como autónomo. Cuanto más concreto, más posibilidades de menos competencia, con lo cual es más fácil que existan proyectos y bien pagados, según la propia teoría de las leyes del mercado. A partir de ahí, la realidad manda, y hay muchos aspectos que se cruzan en torno a esto.

5. Si no sabías vender, deberías empezar a practicar

En España nadie quiere ser comercial. Al menos, según los anuncios que se ven en las webs de empleo. Y es una figura esencial porque es quien obtiene los encargos y pedidos que crean los recursos para que las empresas funcionen. Cuando eres autónomo te conviertes automáticamente en comercial, de modo que más vale que estimules las capacidades que puedas tener o desarrollar nuevas.

Yo nunca he sido ni probablemente seré un gran vendedor de nada. Me falta algo de elocuencia, una pizca de aplomo y habilidades clave para negociar con eficiencia. Y en cierta forma tuve suerte, ya que muchos de los proyectos no requirieron esa capacidad, sino que mi trabajo sirvió de carta de presentación ante gente a la que creó una opinión favorable sobre mí.

Esto último es muy importante, y entronca con una teoría que manejo desde hace tiempo: si no eres buen vendedor, más vale que tengas un trabajo que se venda solo. Es decir, que seas suficientemente bueno en lo que haces (o que tengas una competencia escasa o unos contactos estupendos) como para que seas una opción viable antes de empezar a negociar nada.

Los muy buenos en cualquier ámbito no buscan proyectos, los seleccionan entre los que les llegan, porque les precede su éxito y tienen más propuestas de las que pueden abarcar. Aunque eso no te exime de tener que trabajar mucho, porque lo que hay que recordar es que normalmente un autónomo trabaja más horas que un asalariado y tiene mayor carga de estrés, ya que vales tanto como la calidad de tu último proyecto.

Ser autónomo no es para todos, pero serlo durante un tiempo es una gran lección para cualquiera.

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