Cuando fui Rpicallo

De vez en cuando, alguien que me conoce o que me sigue desde hace algún tiempo en Twitter me dice que echa de menos a Rpicallo. Esa fue mi anterior reencarnación en la plataforma durante casi seis años, desde marzo de 2008 hasta enero de 2014. Un recorrido lleno de experiencias que, acumuladas, llegaron a pesarme demasiado como historial documentado que no siempre me gusta recordar.

Rpicallo y Josemanuelrodos no se parecen en gran cosa. Cualquiera diría que son dos personas distintas. Y en parte eso es cierto. Lo que ofrecía en el anterior perfil y lo que muestro en el actual es totalmente distinto, y esa retracción está originada por la certeza de que había entrado en una senda de transparencia absurda y de expresión inconsciente que no resistía un vistazo meses después.

Rpicallo era lenguaraz, socarrón, provocador y tenía un sentido del humor que no siempre gozaba de los aplausos de la grada. A veces le gustaba meterse en problemas desde la seguridad de su sofá, jugaba a enseñar a los demás lo tontos que podían ser en base a lo inteligente que podía ser él, mostraba alegría o tristeza con el mismo exhibicionismo incontrolado. Filosofaba con palabras de otros, impostaba aforismos propios y construía de sí mismo una imagen sometida a bandazos irreflexivos provocados por opiniones volubles.

Probablemente era divertido, e incluso interesante para algunas personas. Pero no era consciente de que cada uno de esos 50.000 tuits que dejó atrás durante seis años quedaban sedimentados en un recorrido personal en el que a ratos le costaba mucho reconocerse. “¿De verdad he dicho esto?” “¿En qué momento se me ocurrió escribir esto?”.

Gracias a Twitter, Rpicallo conoció a algunas personas estupendas. A algunas las quiso de veras, a otras nunca llegó a entenderlas, y a la mayoría las recuerda con un cariño que oscila entre lo casual y lo causal según el momento del día.

Todos éramos más inocentes, creíamos estar en una especie de discoteca sin alcohol para quinceañeros donde el objetivo era hacer un corrillo bailando, soltar el chiste más ocurrente o cualquier otra cosa que no te convirtiera en el muchacho solitario que se apuraba la copa con calma apoyado en una columna para evitar quedarse sin algo en las manos que lo protegiera de la mirada de los demás.

A Rpicallo le gustaba decir lo que pensaba, porque creía que todo el mundo debía saberlo. Y pensaba que casi siempre tenía razón y se aproximaba a ella más que los demás. Opinaba con descaro sobre cosas que desconocía y se pretendía mejor por hacerlo. Criticaba a este, loaba a aquel, y entre medias rumiaba lo poco que le gustaba su trabajo, suspiraba por la chica del zapato o construía una vida alternativa que nunca llegó a plasmar en nada que no fuera un tuit.

A Rpicallo lo mató Josemanuelrodos, que un día llegó para imponer su ley de mensajes asépticos, enlaces de periodismo y redes sociales, y tuits que se autodestruían. Limpió el anterior rastro como quien se deshace de un cadáver incómodo. Para Rpicallo su despedida fue su última broma, el último gesto divertido de alguien que entendió que su tiempo ya había pasado.

A veces le echo de menos, igual que a la chica del zapato, a las bolsas de basura encestadas en los contenedores desde el balcón de casa o a las charlas a cinco bandas con los amigos que ya no tengo cerca. Es una sensación agridulce, como cualquiera que suponga un repaso de un camino ya hecho. Por eso cerré esa cuenta, para no poder recordar con tanto detalle las cosas que perdí mientras pensaba que me exponía demasiado.

Ahora en Twitter soy alguien gris, sin pasado y sin recuerdos aparentes. Trabajo a beneficio de inventario del periodismo y las redes sociales. Si tengo alguna opinión, prefiero compartirla con quien creo que la puede apreciar. Si tengo alguna alegría o alguna tristeza, la reservo para quien puede querer conocer la razón. Ya no me expongo y ya no lanzo mensajes en botellas en forma de indirectas o frases robadas.

Y, si lo hice, te costará demostrar que fue así.

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