Por qué no volvería a una facultad de Periodismo

Es frecuente que en alguna conversación entre amigos o compañeros la cosa derive en hablar de las buenas o las malas elecciones profesionales. En esos casos yo siempre digo que no volvería a estudiar Periodismo. No porque no me guste o no me haya proporcionado una trayectoria profesional variada con mucho aprendizaje colateral, sino porque creo que debió haber sido para mí una formación complementaria, no la principal.

Para explicarlo solo hay que echar mano de lo que dicen los profesores de los actuales grados de Periodismo. Los que conozco lamentan la tardanza a la hora de que el Ministerio apruebe cambios curriculares esenciales para intentar que la carrera no quede continuamente desfasada respecto a lo que está sucediendo en el mundo real (en el caso de universidades públicas). Es algo endémico y provoca el abismo entre lo que te enseñan en la facultad y lo que deberías saber cuando empiezas a desenvolverte en un medio.

Sin embargo, si optas por un máster como formación complementaria, vas a dedicar menos tiempo, en función de los casos quizás menos dinero, y los profesores tendrán margen para incorporar año a año aquellas capacidades que necesitas desarrollar o al menos una visión más realista de lo que puedes encontrarte. Esto no es una defensa de los posgrados, sobre todo viendo cómo funcionan en los casos recientes de dirigentes del PP, pero sí cabe reconocer que un buen máster que remate una formación técnica (yo hoy estudiaría economía, por ejemplo, porque creo que es la herramienta esencial para entender y explicar el mundo) te sitúa en una posición más razonable para tener un hueco digno en esta profesión.

Cuando tenía 18 años y me tocó escoger mi futuro laboral nadie me orientó especialmente, como probablemente le pasó a la mayor parte de la generación a la que pertenezco. Decidí hacer Periodismo porque me encantaba la radio (hoy apenas la escucho en línea, pero sí muchos podcast) y me gustaba escribir (hoy en parte me gano la vida haciéndolo, aunque no es lo que mejor se me da). No son grandes argumentos ni hay una pasión desmedida por el oficio, supongo que en ese momento pensé que mis capacidades estarían mejor aprovechadas así.

El problema de este planteamiento es que, si no tienes una vocación feroz que te haga mantener una perspectiva tozuda sobre lo que quieres hacer, lo suyo sería que te expliquen de primeras que en la vida es importante tener opciones abiertas y ser adaptativo. Eso se resume en que no seas dogmático respecto a tu futuro, y que te prepares para alternar en diferentes ocupaciones o sectores si la vida te obliga a ello por distintos motivos, o incluso si tú mismo decides probarte y desarrollarte en ámbitos diferentes.

A mí me hubiera ayudado mucho que alguien me explicara entonces la situación real de la industria (que no tiene mucho que ver con la actual) y las posibilidades que me ofrecía mi futura licenciatura en otros escenarios. Con esa reflexión quizás hubiera decidido otra cosa, incluso tal vez hubiera preferido no ir a la universidad y optar por una formación práctica que más adelante pudiera completar con un máster si me apetecía cuando hubiera podido pagarlo.

A toro pasado resulta a veces doloroso pensar en el tiempo perdido o mal empleado. En mi segundo año en la facultad tuve una crisis de fe en lo que estaba haciendo y pensé seriamente en dejarlo, porque no me parecía que tuviera mucho sentido aquella formación. Me sentía en parte engañado. Eso lo solucioné cambiando el enfoque de la situación y fijándome el objetivo de la licenciatura como un trámite que debía cumplir con mis padres y conmigo mismo. Mientras tanto, debía ir elaborando en mi cabeza el plan para que todo aquello tuviera una utilidad real.

Por eso deseché gran parte de las clases y pasé mucho tiempo en el entonces recién estrenado espacio con ordenadores conectados a internet. Dedicaba horas a curiosear y a imaginar cuánto podía influir aquello en mi futuro laboral. El tiempo me dio la razón y casi todo lo que hice cuando dejé la facultad pasó por ahí.

Recuerdo igualmente un discurso de una profesora diciendo que, de los quizás 70–80 que estuviéramos en clase, muy pocos llegaríamos a ser periodistas. En su momento me pareció la reflexión de una amargada que no supo hacerse un hueco en la profesión, pero con el tiempo he agradecido aquel primer toque de atención sobre lo que podía ser el futuro si yo era exactamente igual que los demás que estaban en aquel aula.

De hecho, prefiero esa clase de tortazos de realidad a las expresiones de psicología positiva sacadas de delirios de Paulo Coelho, que te plantean que si quieres algo lo suficiente lo acabarás consiguiendo. Eso como concepto es mentira y resulta un mensaje muy peligroso para los más jóvenes. Porque les invita a pensar que deben quedarse atascados en un anhelo, independientemente de que no pueda realizarse y les cree frustración, en lugar de replantearse la situación y buscar otra alternativa. Es decir, adaptarse.

Yo soy partidario de esfuerzos inteligentes. Hay que saber decidir cuándo conviene retirar la apuesta porque no hay visos de que vayas a conseguir algo en ese empeño. Es difícil rendirse y evitar la sensación de fracaso, pero es inteligente plantearte las opciones fríamente, desde fuera, para hacerte ver a ti mismo que lo que te conviene no es lo que intentas hacer.

Afortunadamente ahora el periodismo ofrece distintas vías de servicio que pueden ayudarte a reorientar tu carrera si no va como tú consideras. Porque aquí ya mezclamos lo que te gustaría hacer con lo que mejor haces y lo que el mercado demanda. De ese diagrama de Venn tiene que salir tu mejor elección en cada momento, condicionada por las circunstancias personales en las que te encuentres y el margen de maniobra que te permitan.

Si hubiera sabido todo esto entonces, quizás hubiera escogido otra cosa y mi vida ahora sería distinta. O tal vez no, con el tiempo uno se acaba encariñando hasta de sus propios errores.

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