Twitter te ayuda a (no) contratar periodistas

A veces pienso que paso en Twitter más tiempo del que quisiera. A fin de cuentas, soy editor de Medios Sociales y es lo que corresponde. Pero dentro de la relación amor-odio que cualquiera que lleve años en esto acaba manteniendo con estas plataformas y sus dinámicas, hay algo que por encima de todo me causa perplejidad: ver a colegas que echan el día de cabo a rabo ahí mientras cobran la nómina de un medio al que se supone que consagran una jornada laboral y al que les obliga una producción concreta.

Si yo fuera gestor de una empresa mediática no tendría empacho en auditar lo que tuitean mis periodistas. No por el contenido, sino por la actividad que desplieguen allí. Si resulta que estoy pagando a alguien para que haga un trabajo y su productividad se escurre a diario en conversaciones banales, lecturas de otros medios o cualquier otro ejercicio ajeno a un resultado tangible y medible que justifique su sueldo, estoy haciendo una mala inversión.

Curiosamente, la reflexión en no pocas contrataciones en redacciones va en sentido opuesto en estos tiempos. Tener una presencia tuitera consolidada, con una audiencia relativamente amplia, parece ser un activo que pesa incluso al nivel de la producción de historias en alguna ocasión. Se trata de una perspectiva que no comparto en ningún caso, en la medida en que la primera capacidad que se le debiera valorar a un periodista es su capacidad de contar buenas historias. Pongo en cuestión el presunto valor de audiencias personales, sobre todo porque los números de Twitter son de todo menos fiables, y su capacidad de conversión real en lectores es realmente escasa.

Reconozco que tengo en mente a alrededor de una docena de personas mientras escribo esto. Periodistas a los que ves en tuits o retuits constantes, de los que desconoces producción periodística alguna, pero que siempre están atentos al trending topic que corresponda para terciar con alguna opinión desinformada, algún dato descontextualizado o alguna reflexión que no aporta nada a nadie. Y, lo que es peor, analizan cuidadosamente el trabajo de compañeros que sí se baten el cobre y salen a buscar historias, con todo lo que eso conlleva, sin exponer nada del trabajo propio que en no pocas ocasiones nadie sabría concretar si existe o no. Son los jubilados de la valla de esta profesión.

Se relacionan entre sí, forman una especie de casta de tertulianos ociosos que aparentemente cuentan con todo el tiempo del mundo para comentar cualquier cosa y su ejercicio es sorprendentemente respaldado por muchos seguidores. Mientras, algunos de ellos cobran por el trabajo que no hacen o que, visto el tiempo que dedican a Twitter, casi realizan como segunda actividad.

Esto nos ubica en la realidad que ya he mencionado más de una vez por aquí, en la de que el valor de la agregación tiende al infinito y el de la producción a cero. En términos de tiempo en las redes sociales no importa tanto ser el que hace la mejor información, sino ser el que la pone a disposición de sus seguidores con mayor rapidez o con un gancho más afortunado. Si un tuitero les ofrece 10 temas que a ellos les costaría una o dos horas encontrar, porque están diseminados por diferentes publicaciones, les está haciendo un servicio que en realidad es muy útil y tiene que ver con abrirse paso entre la infoxicación para encontrar lo esencial.

La pregunta en realidad es si el empresario que paga al periodista lo hace para que se dedique a husmear temas interesantes para sus seguidores de Twitter y crear/fortalecer una marca personal basada en su criterio, en lugar de para producir el mejor contenido posible para su medio. La respuesta parece evidente. Por no hablar de las polémicas innecesarias en las que estos compañeros se sienten siempre obligados a significarse (o a provocarlas, que aún es peor) o de las charlas mediatizadas por el trending topic en las que se sienten impelidos a participar para garantizarse alguna clase de visibilidad.

Twitter puede ser una herramienta fantástica, un lugar estupendo para obtener información, para saber qué ocurre (al margen de que como producto está claramente mal enfocado y peor definido, en mi opinión), pero también es un agujero negro de tiempo perdido para periodistas que olvidan que su primer deber consiste en responder a la confianza vertida en ellos para crear la mejor información posible para el medio que les paga. A partir de ahí entra la gestión siempre problemática del ego, probablemente el peor de los males que circunda al periodismo, que siempre es origen de otros peores, y que Twitter sintetiza de una forma muy eficaz.

La relación proporcional entre número de seguidores en Twitter y horas invertidas en esa plataforma parece un hecho más o menos constatable en muchos casos. La frecuencia con la que apareces delante de alguien con alguna clase de aportación razonable es un factor importante a la hora de atraértelo en mitad del ruido. Y ahí se abre otro debate interesante sobre el tiempo que un periodista debería dedicar en esa plataforma a difundir los temas que sí ha producido. Ese es otro asunto, ya que en ese caso sí hablamos de profesionales que crean historias. De periodistas, en definitiva. Pero de eso hablamos otro día.

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