Tengo un problema con Tinder
Nota: Esto sólo es una experiencia personal. Algún día quizá escriba algo que reduzca a cenizas el sinsentido de las relaciones humanas en nuestros días. Como quiera que fuese, aquí no hago más que reflejar mi experiencia y confiar en que pueda ayudar, mediante metáforas e intuiciones, a quien esté pasando por un momento similar.
La relación con mi novia había durado cuatro años, y nuestra ruptura fue muy dura. Me sentía harto de ella y de todo lo que yo creí que había puesto de mí en la relación. No quería borrar su recuerdo sino sólo coger lo bueno para poder empezar de nuevo. No sabía muy bien qué significaba “empezar de nuevo”. Si me hubieran preguntado, sólo podría haber contestado con sensaciones y sentimientos: El querer huír, la quemadura de la cercanía, la frialdad en la distancia, el calor del enfado en todas partes, su imagen agolpándose en mis sienes con rabia, el dolor… Pero no con razones.
Nada se detuvo, y todas estas sensaciones transmutaron en una inquietud constante. Sólo el agotamiento me permitía un respiro. Durante el resto, cuerdas invisibles tiraban de mí en mil direcciones: algo se había roto dentro de mí y tiraba de todas ellas, a veces de una, a veces de todas. Yo sólo podía sentir estas pulsiones, y hacia lo que conducían, pero no lo que me conducía a ellas. Al final de ellas sólo había placeres, encantos y nuevos estímulos; suaves y maduras frutas antes no imaginadas que me prometían el paraíso. La inquietud, cuyo causante yo ignoraba y que causaba a su vez esta contorsión antes no experimentada, se me antojaba como la reacción natural ante el reconocimiento del paraíso prometido ante mí, camino que además se me figuraba demasiado largo por lo desencantado que había quedado de mi anterior relación. Aires frescos eran promesas. No tardé mucho en descubrir que eran promesas de soledad.
La cuerda que de mí más tiraba y que más me preocupaba era la necesidad de relacionarme con otras personas del sexo que me atrae. La preocupación primera provenía de la rapidez y ligereza con la que buscaba dicha relación. Aunque dicha preocupación nunca desapareció, sí se vio pronto supeditada al placer que de esta relación podía obtener. Al principio pensaba que este placer sería sexual, pero no tardé en reconocer que quería algo más. Necesitaba el calor de una criatura sexual al dormir, y necesitaba el calor de la comprensión y de la escucha. Más que relacionarme, buscaba conectar. Tal era la intensidad del fuego interior (fatuo, como supe después) que veía a la humanidad como plenamente sola. Nadie hacía por traspasar las barreras más íntimas del otro. Todos vivíamos, en fin, en la idea que de los demás teníamos, pero nadie iba hasta el mero fondo de otra persona y se dejaba acariciar por el calor de su cercanía interior. Aunque esto era formalmente cierto, era una incompleta comprensión de mi estado anímico y emocional, más una racionalización de lo que me convenía para llegar a mi ansiada tierra prometida. Para traspasar estas barreras muchas veces tuve la intención de instalar Tinder. Afortunadamente siempre me negué, y sólo tiempo después he tenido la perspectiva para poder analizar en qué estado me hallaba para buscarlo.
¿Por qué del sexo que me atraía? Soledad desacostumbrada e impuesta. Soledad como una cárcel voluntaria. La mala ruptura es como la muerte. Hay una sala de nuestro interior que se vacía repentinamente, y donde antes había música, ruido de platos y pisadas descalzas ahora sólo hay silencio. Lo súbito del vaciamiento es proporcional a la rapidez con que necesita ser llenado, como cuando se suelta algo al espacio exterior, vacío, y el equilibrio de presiones ocurre en un instante violentísimo pero tan natural como la caída de un pétalo. Así también funciona el corazón.
Hasta aquí he relatado mi experiencia, pretendiendo dar imágenes que creo que pueden ilustrar a otras. Paso ahora a considerar en concreto experiencias que pueden ser más controvertidas en su interpretación, como es el sexo y el Tinder.
Con el sexo que nos atrae podemos traspasar más barreras de la intimidad, lo que nos reporta mayores satisfacciones. Pero eso no significa que el sexo sea lo satisfactorio. Lo satisfactorio en estos casos radica en un engaño. En el caso de Tinder es el peor remedio para la soledad. No quisiera criticarlo como medio en general. No sé cuánto más durará la confusión reinante: Que cada cual tenga derecho a hacer lo que le plazca no significa que sea bueno para esa persona. Ni siquiera cuando eso que hace “sienta bien” o “no se ve nada malo en ello”. La posibilidad siempre está ahí. Creo además que un proyecto vital experiencialista es insatisfactorio, pero no creo que sea posible una demostración de esto que digo, porque tiene que ver con problemas metafísicos para los que no veo solución ahora mismo como el problema de las otras mentes o el problema de qué es el bien. En cualquier caso, sólo quisiera centrarme en los aspectos con quienes buscan Tinder después de una ruptura o en una situación en la que no se sienten cómodas consigo mismas. Cada cual sabrá si es o no su caso.
En Tinder sólo se ve la imagen que se quiere que se vea. En una discoteca y medio borracha, por ejemplo, por lo menos hay una serie de factores que pueden dar lugar a engaño, pero son más difíciles de ocultar en un primer contacto. Estoy pensando en el dinamismo corporal, en la actitud corporal, en el gesto, en lo que se bebe, en el vestir, en el acicalamiento, en la inseguridad, en la sonrisa, en el arqueamiento de cejas, en el nerviosismo, incluso el patetismo (¿capta acaso una cámara la naturalidad de un encanto patético? Y si es así, no estará en Tinder, porque es totalmente un sinsentido que existan fotos naturales en Tinder; por definición, es pretencioso, y lo pretencioso es artificial y publicitario, no así lo natural, que es inclasificable y probablemente no convertible en un algoritmo que dé lugar a un match). En cambio, en Tinder la imagen se superpone a todo factor de interés. Tras una ruptura, la intensidad de tal fuego, como hemos dicho, no puede esperar a conocer a otra persona. Necesita saltarse todos los intermediarios posibles del modo que menos vulnerable le deje, pues más achaques a su autoestima podrían hacerle un daño del que no considera que pueda recuperarse; o bien sencillamente puede sentirse que ya se ha tenido suficiente con lo que se ha sufrido y que no se tiene que aguantar la insensatez y soledad de los demás. Cuando menos vulnerable se es es através del móvil, porque aunque figure tu foto resultas un anónimo entre las miles que la otra verá, de modo que Tinder es atractivo en primer lugar y sobre todo por este motivo. En resumen, permite desde el anonimato averiguar si se resulta interesante o no; se siente como si uno tuviera el poder de saber en furtivas miradas si alguien piensa que se es interesante o no.
Por otra parte, cuando hay ya una pretensión reconocida de gusto y de conocerse, hay, en primer lugar, una ruptura de la barrera social de la intromisión o irrupción en la vida de otra persona. Sin más ya somos parte de su vida, y hemos pasado a ser una persona más de entre el resto a ser una especial: aquella que se ha fijado en nosotros o aquella en la que nos hemos fijado y que ha aceptado que pasemos a formar parte de tal selecto club. Superada esta barrera, en segundo lugar, haya o no un intento por gustar, el caso es que hay plena atención a todo lo que la otra persona hace o dice o es. Todo resulta interesante porque nosotros también hemos resultado interesantes. Todo en este vínculo en el primer estadío tiende a equilibrarse y a potenciarse desde esa estadía. Somos interesantes y queremos ser más interesantes, orbitando entorno a nosotros mismos en el reflejo que la otra nos devuelve de nosotras mismas. Resulta así fácil que se satisfagan las primeras capas de nuestra visceral necesidad. Pero no es suficiente.
Tal atención nubla nuestros pensamientos con engaños acerca de la naturaleza de nuestros sentimientos, y así se halla la necesidad de una comprensión cada vez mayor, y dicha necesidad sólo puede satisfacerse, así se siente, cuando se dejan de lado las palabras y es el cuerpo el que actúa, trascendiendo así la última barrera, aun así la más superficial, de todo lo que una necesidad como esta puede obtener aun estando a tiempo de rectificar sobre sus actos. Digo esto porque esta necesidad puede postergarse ad infinitum con innumerables motivos, y cada vez se demandará más de la otra persona. Se intentará ir más allá del núcleo de la otra persona, deseando ser atravesado por este mismo núcleo (y así recogido) infructuosamente, pues esa persona no puede, por definición, por la ontología misma de la psique y del cuerpo humano, dar más de sí. Podemos así exprimir cuanto podamos a otra persona, pero nunca será suficiente a menos que el vínculo se funde en un equilibrio real. Aquel primer equilibrio que se buscaba venía dado por el interés natural que se suscita, como hemos dicho, cuando algo nuevo aparece prometiendo un placer.
Sin embargo, el proceso de catarsis de una ruptura no pasa por la búsqueda de una persona (ni de varias, cabe decir, porque con la liberación sexual nunca se sabe) para que rellene nuestros huecos, nuestras inseguridades y para que nos queme la herida que tanto quema con más fuego ardiente. No nos fundiremos nunca. Seguiremos siendo tan sólidos por mucho amor líquido que haya. Nuestros estados anímicos y emocionales, más frescos al principio después de la ruptura y que pueden darnos valiosa información acerca de lo que necesitamos, podrán ser sepultados; podremos construir sobre ellos ciudades enteras de autoengaño; al final seguirán siendo cimientos macizos pero movedizos que terminarán por arruinarnos y tirarnos desde la altura del mayor rascacielos que hayamos construido, y ya no recordaremos sobre qué fue ni qué pasó (así es la memoria, por muchas magdalenas que uno tenga) para que todo esto aconteciese. Quizás en ese momento aún sea posible encontrar algún brote del subsuelo primigenio, y haya llegado por fin el reconocimiento del origen de todo nuestro mal; y hablemos con quien rompimos para comenzar de nuevo.
