Álvaro Romero Bernal: Ventanas al mundo de la Literatura

Álvaro Romero frente a una de las estanterías de su biblioteca personal (Noviembre 2016)

La primera pieza del puzle fue, quizás, ‘La cabaña del tío Tom’. Álvaro Romero Bernal tenía 8 años cuando su madre le regaló esta obra de Harriet Beecher Stowe. Desde entonces, nuevas piezas han ido formando las dos grandes bibliotecas que posee hoy: una biblioteca física, en la que podemos encontrar más de un millar de ejemplares, y una que no se ve a simple vista, pero que es la base de sus conocimientos culturales y literarios.

Si quieren conocer a fondo la biografía de este periodista, doctor en Periodismo, profesor y escritor palaciego, yo les recomiendo que lean el prólogo que escribió el profesor Antonio Ramos Espejo al ensayo Joaquín Romero Murube. El periodista en la calle (Centro Andaluz del Libro, 2010), escrito por Álvaro Romero. A los datos biográficos recogidos en este libro, podemos sumar la reciente publicación de nuevas obras, entre las que se encuentra su novela Pulpa de limón (Ediciones en Huida, 2015), su nombramiento como columnista de El Correo de Andalucía o como profesor del Aula de la Experiencia.

Al redactar este texto, temía cometer el error de escribir más sobre los conceptos literarios de los que conversamos en mi visita a su casa que de su biblioteca. Repasando nuestra charla me doy cuenta de que la cita con Álvaro fue una excusa para hablar con él de Literatura, más que de libros y bibliotecas. Para la elaboración de este texto, he intentado ceñirme, lo máximo posible, a mostrar cómo es su rincón literario.

Vistas al mundo de los libros

Lo primero que me llama la atención al entrar en la biblioteca es que las estanterías son acristaladas. No le digo nada, pero hasta ese momento nunca había visto una así. Pienso en que muchos sueñan con trabajar frente a una ventana con vistas al mar. Y en que Álvaro tiene la suerte de hacerlo con vistas al mundo de la Literatura. Aunque en principio pueda parecer que las puertas de cristales restan practicidad, pues hay que abrirlas para coger los libros, lo cierto es que deben de facilitar la tarea de mantener cuidada tal cantidad de libros.

El punto de partida de la biblioteca, si es que lo tiene, podemos establecerlo en la primera estantería que vemos a la derecha de la entrada a la habitación. Se inicia con una colección de Alianza Cien, que reunía grandes obras en ejemplares muy pequeños. Me cuenta que cada una costaba 20 duros, pero luego subieron a 150 pesetas. Y termina con una estantería que compró hace poco porque tuvo que ampliar la biblioteca. Aquí hallamos poesía o libros de compañeros de Álvaro.

Entre el punto de partida y el de llegada encontramos novelas en español y en otros idiomas; obras de escritores andaluces y de autores locales; de lingüística, lengua y gramática; más poesía; teatro; y títulos imprescindibles para periodistas; y de religión; y de flamenco. Y. Con una simple ojeada a sus estanterías nos damos cuenta de que es un lector omnívoro y un gran seleccionador.

Álvaro no tiene un catálogo de sus libros. Géneros y temas son las únicas pistas de las que se sirve para hallar un ejemplar concreto. Mientras paseamos frente a grandes obras de autores españoles y extranjeros, contemporáneos y clásicos, me cuenta cuáles han sido los títulos que más le han marcado y cuáles son sus escritores de referencia. La lista es enorme, pero noto que hace una pausa especial frente la ventana en la que podemos encontrar nombres como Gabriel García Márquez, Borges o Juan Rulfo. También frente a las obras de Manuel Chaves Nogales

Ventanas literarias en la biblioteca

Más allá de los libros

Este rincón literario no es, en realidad, un rincón, pues es bastante grande. Aun así, las estanterías dejan muy pocos huecos libres en las paredes. Y los que están libres no lo están porque en ellos podemos ver títulos académicos –como el graduado escolar–, reconocimientos por sus actividades culturales o el premio a la mejor tesis doctoral del curso 2009/2010 otorgado por el Ayuntamiento de Sevilla a El artículo periodístico de Joaquín Romero Murube como base fundamental de su obra, de Álvaro Romero. Sin embargo, estos reconocimientos no cuelgan de las paredes como trofeos. Si no pregunto por ellos, creo que no se hubiera acordado siquiera de que están aquí.

Hay también numerosos discos de flamenco y revistas que ha ido acumulando a lo largo de los años porque en algún momento pensaba rescatar algunas de las informaciones que en ellas encontraba. La biblioteca guarda, además, otro tesoro más allá de los libros. Se trata de una pintura realizada por el artista palaciego Pepe Perea.

El periodista en la calle

Álvaro es uno de los mayores conocedores de la obra periodística del también palaciego Joaquín Romero Murube (1904–1969). Lo demuestra en su tesis doctoral y en el ensayo anteriormente citado. Por eso no me extraña ver en su biblioteca gran parte de la obra –quizás toda– del que fuera custodio de los Reales Alcázares de Sevilla. Ni hallar muchos de los artículos publicados en prensa por este escritor, y recuperados de la hemeroteca por el propio Álvaro, apilados ahora sobre el escritorio de la biblioteca.

Sobre esta mesa de madera, se acumulan numerosos libros y documentos, de los que recoge información para elaborar sus textos periodísticos publicados en El Correo de Andalucía, o para escribir su nueva novela, bastante avanzada ya, según me cuenta. O para usarlos como recursos para las clases que imparte en el IES Almudeyne y en el Aula de la Experiencia. O para la multitud de conferencias que pronuncia sobre temas culturales y artísticos.

También sobre el escritorio, se encuentra su ordenador personal. Cuando llego a casa y repaso las fotos tomadas en la biblioteca, descubro que Álvaro utiliza un libro debajo del ratón para facilitar el movimiento de este. Le pregunto por Facebook acerca de esta curiosidad y me dice el nombre del autor del libro en cuestión junto a un emoticono de una enorme sonrisa. Me lo imagino haciendo clic sobre este emoticono con el mismo ratón que está sobre el libro y no puedo evitar reír.

Álvaro Romero usa su ratón lector

¿Qué nos cuentan sus libros?

Si abrimos las ventanas y nos adentramos en el mundo de los libros, descubriremos que cada uno de ellos guarda una historia. Si los sacamos de su mundo, nos hablan. No solo nos cuentan lo que sus autores escribieron, sino que también nos hablan del lector. Un ejemplo: No veo anotaciones escritas por Álvaro en los libros que me muestra, aunque sí veo alguna que otra hoja doblada por la esquina. Otro ejemplo: Si abrimos por las primeras páginas alguno de sus libros, hallaremos el mes y el año en el que lo adquirió. Los más antiguos llevan el mes con números romanos, mientras que los que han llegado a las estanterías más recientemente llevan el mes escrito con letras.

Sus libros, en ocasiones, se expresan sin que podamos comprender lo que nos quieren decir. Como cuando al abrir El viaje vertical, de Enrique Vila-Matas, vemos que Álvaro tiene este ejemplar desde hace diez años justos (noviembre 2006). Un libro, además, del que ya hemos hablado alguna que otra vez.

Las obras nos hablan también de la relación existente entre el escritor y el lector. No es un coleccionista de dedicatorias, pero sí que tiene algunas muy interesantes. Como la del escritor ubetense Antonio Muñoz Molina. O una a la que guarda un cariño especial. Su profesor Antonio Ramos Espejo, recientemente nombrado miembro de la Real Academia de Córdoba, le dedicó una de sus obras. En esa dedicatoria vaticinaba el gran resultado que Álvaro lograría en su tesis doctoral.

Lectura de una dedicatoria

Álvaro ha sido un lector voraz desde su adolescencia. ¡Con 16 años leyó por primera vez Don Quijote de la Mancha! Por eso, quizás, ha tenido la oportunidad de leer ya a todos los escritores que aparecen en nuestra conversación y que desfilan ante nosotros sobre las baldas de la biblioteca. Pasa de Garcilaso de la Vega, Quevedo o Góngora, a autores contemporáneos. También de la metaliteratura y la metaficción, a los escritores que son capaces de reproducir voces de la realidad. De la relación entre la fotografía y la literatura, a uno de sus últimos descubrimientos literarios, Antonio Orejudo.

Comienza a cerrar las ventanas al mundo de sus libros, y yo ya he entendido la razón por la que sus textos periodísticos tienen una prosa tan exquisita y una documentación tan extensa. Por qué es, al mismo tiempo, un periodista en la calle y un periodista de escritorio. Por qué contagia de la forma en que lo hace su amor por la Literatura a sus alumnos y a los que acuden a sus conferencias. Por qué es capaz de publicar una primera novela con unos recursos literarios impropios de un escritor novel. El secreto de todo ello se halla, en gran medida, en esta biblioteca.