¿Por qué se equivocan las mayorías?

Tres países avanzados, tres elecciones legislativas y tres ocasiones en las que el pueblo votó en contra de sus propios intereses. Esto es lo que sucedió recientemente en la elección de medio mandato en Estados Unidos (noviembre 2014), la elección del Knesset en Israel (marzo 2015) y la elección general de Reino Unido (mayo 2015).

No se trata de un tema de preferencias políticas ni del eterno debate ideológico derecha-izquierda; los legisladores votados en estos países realmente van contra el interés público: El partido republicano de EE. UU., ahora mayoría en el congreso, tiene como misión desmantelar las instituciones más queridas y esenciales del estado americano, principalmente el Seguro Social. En Israel, el partido Likud busca perpetuar el conflicto armado con Palestina a un altísimo costo humano y financiero para ambas naciones. Los ingleses, por su lado, dieron un segundo mandato al partido conservador, quien dedicó los últimos 5 años a implementar políticas económicas directamente perjudiciales para su país.

Está claro, los votantes no lo vieron así, la gente emitió su voto de acuerdo con lo que creía que era mejor para ellos mismos. Estas tres naciones, en otras palabras, fueron engañadas y esto es motivo de preocupación pues se trata de países desarrollados con poblaciones relativamente educadas. Uno esperaría que sus votantes fueran más críticos y menos susceptibles a la manipulación, pero no fue así, y eso deja de manifiesto lo frágil que es el sistema de gobierno que hemos enaltecido e impulsado a lo largo y ancho del mundo, la democracia.

Existe una multitud de factores que hacen que el sistema democrático — que da el poder a las mayorías — produzca resultados adversos, pero de entre todos ellos (la concentración de los medios de comunicación, el dinero privado en las campañas, leyes electorales deficientes, y un largo etcétera) quizá ninguno pese tanto como la indiferencia del electorado. El desinterés deja vulnerable a la ciudadanía frente ante la ola de manipulación de la que es objeto durante las campañas políticas. En tiempos electorales las sociedades se tornan sensibles, su conciencia colectiva se desnuda y, junto con sus ideas y opiniones, exhiben también sus frustraciones, miedos y enconos. Las tensiones raciales y entre clases sociales, el odio hacia los inmigrantes, el nacionalismo, el miedo a la inseguridad y al terrorismo, así como las calamidades económicas, son elementos que los políticos explotan una y otra vez para orientar el voto a su favor. Estos son temas sobre los que la gente siente y no razona, pues operan a un nivel emocional y primitivo y esto hace que sea más efectivo engañar con un mensaje apasionado que con estadísticas truqueadas. Desafortunadamente, este engaño se hace particularmente sencillo si se considera la creciente concentración y poder de los medios. La organización noticiosa moderna es un conglomerado empresarial con actividades más allá del periodismo: Televisa (México), News Corporation (EE. UU.) y Bertelsmann (Alemania), por mencionar algunos, son gigantes mediáticos transnacionales con intereses multimillonarios en radiodifusión, televisión de paga, telefonía, edición de libros, producción musical y cinematografía. Sería ingenuo pensar que empresas con esta influencia desmedida no la usaran para proteger, nutrir o afianzar sus negocios, generando y diseminando contenido con un sesgo favorable hacia las fuerzas políticas de su elección.

México se sabe víctima de la apatía y testigo del matrimonio entre la clase política y los medios. Tristemente, la elección del domingo evidenciará una sociedad que falla en preguntarse el por qué de las cosas, en detectar patrones en la información con la que se le bombardea, en detenerse a analizar el contexto de los sucesos y, peor aún, en identificar sus mismísimas necesidades. A diferencia de la estadounidense, la israelí o la inglesa, la clase política mexicana ni siquiera tiene un propósito siniestro ulterior, simplemente sufre de una absurda avaricia por lo material. El político mexicano, de alguna manera, encuentra justificación para saquear a un país con millones de pobres con la cómica aspiración de acceder a riquezas de película. Los votantes, también de algún modo, encuentran un motivo para entregarles el timón una y otra vez, al grado de dar a las elecciones un tinte masoquista.

Los pueblos del mundo, por así decirlo, estamos bajo asedio. Ante esta realidad, la mejor herramienta que tenemos para fortalecer el sistema democrático es alentar la formación de opinión y de puntos de vista críticos. Hay que pasar de ser meros consumidores de información a ser analistas de la realidad. Nos urgen personas que sean vocales en sus pensamientos y emitan juicios sobre lo que les parece correcto e incorrecto, que cuenten con argumentos sólidos y honestidad intelectual, que denuncien aquello o aquellos que no sigan el deber ser o cuando el deber ser establecido esté mal del todo. De otra manera corremos el riesgo de ser cómplices, gente sometida ante una realidad que percibe como inalterable, ciegos que no ven que en sus manos está la llave para detonar el cambio.

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