El desafío de emprender

Jose Rivas
Nov 3 · 4 min read

Tuve más de quince empleos en mi vida, pero ninguno tan desafiante como emprender.

Primer acto

Las situaciones de la vida te obligan a brincar la barda de la inocencia, para iniciar el juego del azar. Tomar decisiones no es fácil. Tampoco lo es encontrar trabajo a los doce y sin embargo, a tan corta edad, lidiaba con ambas en mi día a día.

El destino, no te prepara a los acontecimientos que se encausan en el torrente de la vida. Por ejemplo, antes de cumplir ocho, no tenía idea de los planes que la vida me había preparado. Y mi madre tuvo que posponer mi celebración, para vestirnos de luto.

Guardamos la ausencia de mi padre en la maleta, para empezar una carrera de supervivencia. Mamá, esforzada y valiente, sacrificó los mejores años de su vida, para cumplir los compromisos adquiridos frente a un altar, vestida de blanco. -en las buenas y las malas- dijo ella, ingenua de las próximas páginas que se anexaron en la historia.

Una de tantas decisiones, me sumó a la fuerza productiva de la economía informal. La terminal, es uno de los centros de comercio más grandes de la región y mi contribución al producto interno bruto del país, demandaba literalmente, mi espalda de dos a seis de la mañana. Para trasladar quintales de cebolla de un furgón hacía la bodega de Don Juan.

Antes de ocuparme por primera vez, mamá me había expuesto su preocupación -toda vez empiecen a trabajar y toquen dinero, ya no van a parar- y así sucedió. Mi objetivo principal en esta etapa de mi vida, fue minimizar la carga tan pesada, que con total resolución, mi madre cargaba dignamente desde que murió papá.

Importante mencionar que si bien, trabajar no era opcional, siempre tuve claro que sin importar el color de la camiseta, sería temporal. Sumar experiencia, crecer, aprender, madurar, avanzar hacia la meta de ser alguien, aunque sin tener muy claro quién.

Asistente de carga, asistente de ventas, asistente de bodega, mesero, cajero, cerrajero y Dios sabe cuántos oficios más. A raíz de aquella apuesta, que de niño, perdí contra el destino.

Segundo acto

Llegar a la mayoría de edad con -tanta- experiencia laboral, cobró un efecto de efervescencia que nubló mi juicio. Unas ideas al aire, más la sensación de asfixia, que las deudas y las extensas jornadas de trabajo, provocaban en mi cabeza, me encauzaron en la ruta de mí primer intento de emprender.

Obviamente fracasé y las lecciones aprendidas me obligaron, de forma sensata, a volver a la vida laboral.

Con el tiempo, evolucioné, migré, me reinventé. Veintitantos encima convertieron mis días de cargar quintales de cebolla a escribir ceros y unos, comandos, algoritmos y estructuras de datos.

El amor tocó mí puerta y después de veinte lunas llenas, tuve la bendición de escuchar esa palabra que me llena de tanto orgullo, cuando la pronuncia su pequeña y dulce voz.

Un empleo estable, una vida tranquila y aparentemente una familia. Pero, dentro de mi, en mis entrañas, continuaba oculta la necesidad de ser alguien, ya no por mí, por ella.

Una injusticia laboral me impulsó a salir de mi zona de confort. Y el destino, disfrazado de casualidad, dejó un mensaje en mi bandeja de correo. Una invitación, un reto, una oportunidad.

El hámster en mi cabeza empezó a correr y las ideas empezaron a llover. Una cadena de eventos inesperados y el viento del azar a mí favor, marcaron de nuevo, mi ruta para emprender.

La primer batalla fue convertir en 54 horas mi idea de negocio en realidad. El caudal de conocimientos adquiridos en tan corto plazo me condujo hacia un espacio en cuatro grados norte dónde conocí a Javier -mi mentor- y sus consejos me guiaron hasta un personaje muy peculiar.

Tercer acto

Todos conocemos a alguien que es políticamente incorrecto, imprudente, altivo y a veces patán pero muy inteligente. Ese es Boris, cuando hablamos por primera vez hubo sinergia con nuestras ideas, así que acordamos explorar, intercambiar y convertirlas en una oportunidad.

Por algún tiempo, asistimos a diversos programas municipales, de universidades, de gobierno, promovidos por entidades internacionales, entre otros. Hasta que un día nos vimos atrapados en el gallinero del emprendimiento.

Con gallinero me refiero a que cada día nos proporcionaban nuestra cuota de placebo. Pero nuestras ideas, por más canvas, design thinking, lean startup y demás técnicas -modernas- para emprender “con éxito”, no lograban que la magia de Silicon Valley tocara nuestra puerta.

Abandonamos la granja y decidimos adentrarnos en la jungla. La adrenalina agudizó nuestros sentidos. Aceleró nuestra respiración. Y en el vaivén de lo incierto, logramos identificar a nuestra presa.

Dedicamos buen tiempo a estudiar todos sus movimientos. Analizamos su comportamiento. Diseñamos el señuelo. Y encontramos el rastro que nos dió la pauta para salir de cacería.

No estábamos preparados. Nos adentramos tanto en la jungla que no vimos en qué momento llegamos a la parte más profunda del valle de la muerte.

Boris y yo luchamos con ahínco. Pero las deudas nos golpearon tan fuerte que un día de tantos, tuvimos que considerar si valía la pena continuar. Y justo un día antes de rendirnos, una firma de inversión nos rescató.

Atrapados en la selva de la negociación. Una oferta sobre la mesa, activó nuestro instinto animal. Cazar o convertirse en la presa de alguien más. Perdimos muchas batallas y ganamos muchas más.

El espejismo del amor se acabó. Junto con la inversión. Y en paralelo, vi momentos de incertidumbre transformarse en triunfos efímeros, que provocaron el inicio de ser quien soy. Sin duda, nada tan desafiante como emprender.

Jose Rivas

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