Esa venerable tradición de claroscuros

No es sólo el esplendor de algunas notas
en la noble oscuridad de la madera perpetuada
lo que en el sonido imprime el dulce tono
que desciende hacia la tierra y la tiniebla.

Cuando el gran maestro de Köthen a la posteridad
dejó su misa dedicada al príncipe elector
de Dresde, Friedrich August II,
así fuera incompleta, y cuya admiración
podemos escuchar en Jan Dismas Zelenka,
Kappelmeister que probablemente aquel legajo
en sus manos tuvo, igual que Johann Adolf Hasse,
no eligió un brillante y solar tono mayor
para elevar hasta los cielos su maestría.
Y cuando aquel maestro siete años después buscó
dar fin a aquel enorme monumento,
en Ámsterdam, aquel jurisconsulto
que tanto amaba los sonidos graves y terrestres,
Hubert Le Blanc, escribió, con más pena que gloria,
aquella su defensa de la viola da gamba,
que de poco serviría pues la basse de viole
sus días contados por entonces ya tenía.

También en el pequeño Mozart
aquellos sonidos en penumbras
no impidieron que la gloria se elevara
en su inconclusa misa en do
–debida a su fervor por el Bach que halló
merced a aquel barón van Sweiten
y su amplia biblioteca– para Constanza escrita
y en un tono menor que sobrecoge el alma
como un inmenso monumento en la tiniebla alzado.
Y en ese mismo tono descendente el segundo de
sus Cuartetos opus 10, a Haydn dedicados
–como producto, misa y cuartetos,
de los hijos recibidos en la sombra y acogidos por la luz–,
se hundieron en esa venerable tradición
de claroscuros que tan bien El Greco y Rembrandt
preservaron, y a cuya sombra
tanta gloria se cobija.

No todo lo grandioso bajo el sol nacido ha,
el frágil estandarte que en su seno el genio porta
desde su ergástula de sombras resplandece.

Desde el fangoso seno de la tierra
alguna vez el hombre con otra faz emergió
y un destino poco promisorio.
Igual sendero tienen esas notas,
y ese elevarse en sombras nos recuerda
que el destino de todo lo terrestre
es elevarse y renacer
desde la esencia misma de su tumba.

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