Komm suesser Tod, BWV 478

An installation Montgomery created on the De La Warr Pavilion in Bexhill-on-Sea, lit with recycled sunlight. Photograph: Robert Montgomery

Sólo palabra, lengua, boca viva, retablo enmudecido te me vuelves, 
impronunciable, oscura, lejanísima ciudad de los deseos y los muertos,
promesa hecha por otros, que me nombras con tu silencio hecho de viva voz,
ausencia de mí mismo, en ti espejeada, aliento insostenible sobre el pecho,
palabra sola que insepulto digo, mi lápida diciendo con tu boca,
rescoldo vivo de algo que nos nombra, buscando entre el vivir lejano un sitio
que alguien pronuncie sin callar la muerte. Sólo palabra y musa extraterrena,
un no viajar sino por la memoria, por el silencio en que te nombro
para que al menos uno de los dos no muera y viva en otros labios, Lillian,
y resurrecta quede la memoria en túmulo, clepsidra y sinfonía,
algo que de temblor y noche y beso entre los labios tenga mientras llueve,
y agonizando sepa pronunciar lo que de flor y habitación solemne
y alternativa noche hayas dejado en soledad alpina desolada.
Yo te diré tu nombre nuevo en mudos territorios augustos de silencio,
como habitando en cada letra muerte y una amargura de cenizas blancas
que contra el viento luchan sin destino, abandonadas de palabra y verbo,
evanescente furia que no alcanzo a destinar en alma y entresueños,
acorde en re menor que me condena, y tú escribiste sobre el muro, ciega,
mi nombre como olvido y como tumba, como un deseo de nada, de morir
ahogado en el olvido de tu nombre, apenas sílaba temblando en labios
que no conocen el amanecer, perdidos en la muesca de un mordisco,
el llanto insigne ante la tumba apenas erigida en ausencias y en delirios
que no habrá quién podrá ya recordar si lleva el nombre tuyo o es olvido
o un prolongado ritmo de cadenas de algo que alguna vez fue sólo amor.
Yo soy un retroceso permanente, un puro andar contando de mis pasos,
un ir hacia tu olvido y no hallar nada, como la tumba o el sosiego impuro
de haber nacido entre la hierba muda que no sabe nombrar todo lo que ama,
y sólo entre el Mañana deja un verde que apenas puede ser el peso muerto
dejado entre la primavera, como el mutismo de quien ya nada puede.
No habrá ya aurora que me encuentre vivo, yo ya le di la espalda a ese reloj
que avanza sin nombrar la lejanía de lo que queda atrás de mí, callado,
como si alguien supiera el nombre de lo que respira en ti y en otros más que,
como tú, decidieron olvidarme. Yo soy Eneas, el culpable, Dido,
de tanta sangre y de Cartago en llamas, de aquello que te duele… y yo no sé
qué nombre darle a todo lo que duele, si apenas tengo un ojo, y medio ve
en la tiniebla tu recuerdo vago, perdiéndose en la noche y el arroyo
de algo que no es memoria ni es olvido, tal vez apenas fuego y medianoche.
Sí, yo soy el heredero, el culpable, el condenado a ser silencio de otros,
a estar desnudo entre lo que tú has dicho, vagar de una ciudad en ruinas a otra,
a no fundar comunidad ni hermanos sino a matar y a dar la espalda a todo,
a todo lo que tú has amado y amas; yo soy la sangre derramada, los
días sin nombre, perdidos sin remedio, yo soy la furia sorda del mañana
que pudre y envenena a sus hermanos, el otro lado de la saga histórica
que no habla de los muertos ni su sangre, que no sabe siquiera su dolor
ni llora cuando deba acaso hacerlo, pues sólo sabe hacer del mundo ruinas,
despojos y cadáveres sin nombre. Soy yo el culpable de llamarme Pedro,
Fernando, Luis, Manuel: llamarme todos sin ser nadie, ni de nadie más ser,
de ser el asesino y ser sus muertos, de hacer del cuerpo una mentira viva, 
oculta al escrutinio mientras calla, de ser el juez que entrega la sentencia, 
de estar irremediablemente muerto, de ser un puro olvido para ti, 
apenas sombra de otra sombra, inmóvil, tú también Dido en un ocaso en llamas,
di mi nombre, y condéname en silencio: tú, que viniste aquí, a callarlo todo.

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