Mi nombre es “fosa”…
Mi nombre es “fosa”, “espectro”, “derramada sangre que nos condena”, “tiempo atroz

de los cadáveres que no perdonan”, “amargo triunfo de la democracia”,
la ruina que nos nombra y abandona en tiempo presente pluscuamperfecto.
¿A qué futuro se empeñó este tiempo de mudos sacrificios inhumanos,
de dioses sanguinarios y sin nombre? Todos los cauces son un eco estigio
por donde ya no corren aguas vivas, y a donde nadie quiere ya volver
la dolida mirada ante el desierto, la tumba colectiva que es la nuestra,

el sueño que ni Atila se atrevió a soñar, ni ignorar el dedo que
señale nuestra culpa ensangrentada sin dioses expiatorios del pasado
como si sólo hubiesen cuerpos yermos, acusatorios restos desmembrados
sin templos ni pirámides vacías. Tal vez en las amantes manos haya,
alguna forma de llenarlo todo, de darle nuevamente al corazón
un tono púrpura de mito y sol, sagrada noche y flor de amanecer,
una incipiente proliferación de fecundadas tierras infinitas,
¿y qué palabra iría por delante que no sea ofensa ni pobre materia
humana rezagada? ¡Oh, dolor de quienes nos quedamos sin estar
realmente entre nosotros, como espectros que lo han perdido todo sin remedio!
¿Qué otoño pasa con su extenso manto de tardes impasibles casi heladas
dejando en los senderos la ocredad de todo lo perenne y omitido
por la mirada ingenua y distraída que nada ve si mira y nada observa?
Apenas cae la noche y ya se ocultan las palabras, cual ascuas temerosas
de un lecho consumido y sin herencia, eterna sed sin compartir de dos
que quieren uno ser, y así abrazar otro delirio que se llame noche,
alquimia de los senos y los labios y un despertar que sólo lengua sea,
mutilado instrumento para amar lentamente a ese azogue reflejándonos
como cera en la noche enmudecida por los siglos de cuerpos entregados
y voluntariamente consumidos por casi un renacer que inmoviliza,
eterna sierpe entrelazada y muda que todo por decir le aguarda como
la abandonada casa familiar anidada en la lengua, apenas canto,
apenas lecho y lento atardecer de tantas voces reunidas en una
sola noche que es tantas noches y es ninguna, amanecer de un pozo eterno,
de incendiadas palabras como muslos, la deslumbrante flor de las auroras
que hacen posible el beso y la palabra, el ir y navegar de la memoria
como baja marea sublunar que todo dice sin bajar la voz
y a todo nombre da, y se hace escuchar como una oculta luna en alto otoño,
como el leve temblor que siempre es sombra apenas de lo que amado o abatido
será por contingentes circunstancias. Y aunque algo entre las manos tal vez quede
como arcilla sin nombre y sin destino, como un soplo el primer día en que el mundo
de sí mismo se enteró como un canto, como un lento temblor de ese abandono
que al final nos aguarde sin retorno, acaso alguien pregunte, sin honor,
si no habrá quien cave la última fosa, si acaso un nombre habrá que nos redima,
si acaso un nombre habrá que nos redima.