No hay forma en que no sea un árbol visto

No hay forma en que no sea un árbol visto, que sea

por el césped invadido, cubierto hasta volverse olvido

o tumba, no hay junco que lo oculte

mientras la luna crece sin dolor en torno suyo,

callando todo el vago adormecer del tiempo sin memoria,

sin nunca preguntar por qué los círculos

creciendo en su interior no saben nada de vocabularios,

si están allí callando narraciones, nombrando lo indecible,

hablando una callada lengua savia

que nadie sabe pronunciar

en un hablar concéntrico de noches y de palabras,

si sólo están para callar la muerte, enmudecidamente verdes,

y así cubrir toda faena humana hecha de piedra o de cemento,

como un desierto vivo y tormentoso

que de hambre lo devora e invade todo,

si simplemente están siempre ausentándose

dejando pistas falsas para un crimen que nadie ha cometido aún,

o si sólo para desangrarse es que están vivas

como algo en el pecho incendiándose

sin nadie para ver arder ese silencio.

Photo by Angel Gonzalez Molero

Aquí una vez ocultas estuvieron por la arena y por el tiempo

la Esfinge, llamada Hor-em-akhet por los egipcios,

y las pirámides, la tumba no saqueada de Tutankamón,

el borrado nombre de Hatshepsut y su tumba en Deir el-Bahari,

bajo el lecho de un reloj u oráculo que nadie consultó

hasta que Napoleón y Champollion hallaron otro espejo

en donde consultar sus huellas impasibles,

hasta hallar el oro de una tarde bajo esa misma arena,

porque la piedra parece destinada a ser no sólo losa,

sino sepulcro, y muro, y herramienta viva para los muertos,

una tableta más dura para anotar los triunfos y el dolor

que un mar sin atolones le oculta al ciego y a todo emperador.

Con menos tiempo de por medio, Teotihuacan

a punto estuvo de volverse un cerro

con un árbol tratando inútilmente de alcanzar el cielo,

y miserables casuchas en derredor luchando por no desaparecer.

Vivaldi’s house in Venice, Photo by David Jenkins

A los grandes aguarda también un fin de sombras,

el turbio descender cuando el otoño apura hacia el invierno

la sombra amenazante y silenciosa de aciagas tardes

hundiéndose en los firmamentos que otros honran

con ascendientes triunfos hacia una Viena en cambio permanente,

como a Vivaldi al malvender “tanta música”

como quince conciertos para violín

para el conde Antonio Vinciguerra di Collalto,

un 27 de junio de mil setecientos cuarenta y uno,

ignaro de que un mes después ya no estaría presente,

aguardándole la suerte de los indigentes en la altiva Viena,

frente al silencio erigido en torno a su música y persona

por lo que pareció un eterno siglo y medio

hecho de olvido, sombras e ignominia.

Sunday stroll on the Champs Elysees, Photo by Rolf Simonsen

Ayer apenas alguno vio bajo el estruendo de las calles

tirada una metálica moneda, como quien ve sobre la arena

el cuerpo mutilado de un enemigo al fin vencido,

y estaba allí, como si no estuviese, brillando,

opacamente sin mentir, gritando su inválido valor

como un irresistible Titanic de níquel

perdiéndose en tantas manos como tardes en los labios.

Hay tantos pasos en la acera y tantos ojos casi ciegos,

hay tanto qué perder, y la palabra es poca siempre en estos casos,

y siempre están flotando solos los anónimos rostros,

cruzando sin descanso las aceras en el naufragio diario,

en la batalla sin propósito y destino por no ahogarse solo,

y el furor de los zapatos por acabarse mudos el asfalto

apenas mitigado por la lluvia y su altar de llanto,

que apenas el instante hace pensar a muchos

en un destello iluminando aquella sombra,

ese paisaje lento que alguien vio como al desgaire,

un tibio despertar que en su momento es todo,

un pálpito que tumba a dos en una habitación

en un combate hermano contra un otoño

oculto y amenazante, a punto siempre de llegar.

No habría que lamentar

que casi todo empeño humano esté al olvido condenado,

que casas y jardines se hundan en el polvo,

en la incontrolable sed y hambre verde

de la selva o del silvestre pasto

y apenas unas pocas cosas nos importen.

Estoy oyendo en medio de la noche

la lluvia inalterable llegar como un hilar de ruecas esperándome,

ese constante golpeteo sobre los techos de lámina

anunciando el canto del olvido llorando entre las manos,

haciendo inútil todo intento de suicidio.

Hay tantas obras erigidas por el hombre

hechas de pura voluntad y furia,

de un feraz deseo por la gloria y la memoria,

hay tanto por lo que no vale llorar o sonreír,

hay tantos que nos odian ignorándonos,

tantísimo interés espurio por el mundo,

hay tanto aplauso lanzado hacia la nada,

pero jamás algo valioso pasó desapercibido,

oculto para quienes fue pensado,

aunque no nacido hubiesen aún:

jamás algo que valga se volvió arena y polvo,

eco de un fuego de artificio temporal.

No hay forma en que no sea un árbol visto.