Las hojas de su tablatura

Crónica crossmedia

Eso lo inició Gustavo Navia Díaz, conversó con Don Rufino Ramirez Gasca desde que se podía organizar un grupo de música con instrumentos de cuerda para reunirnos los ratos, cantar y pues si la gente quería algún servicio pues también se le podía hacer”. Así empezaba a responder Don Julio César Urriago Perdomo a mis inquietudes tardías, de nieto ya grande y más alto, sobre “La Estudiantina Garzón”. Antes, en los ensayos de mi abuelo llevados a cabo en la casa ubicada en la calle angosta de la ciudad, era imposible incursionar en preguntas: cantidad de zapatos, combinación de camisas y pantalones (gris con blanco, negro con blanco, vino tinto con habano), de guitarras y marcaciones de compás. No era sino que por la puerta empezaran a entrar las dos bandolas, los tres tiples, las tres o cuatro guitarras para que mi abuela, Luz Alba Cerquera o Missia Albita como le dice mi abuelo, me retirara a la mesa a embutirme sus manjares y desde ese escaloncito más alto pensara: esto es cosa seria. Su hija, María Lucero Urriago Cerquera, con ya 48 serenatas de cumpleaños encima así lo ratificaba “…todo el mundo llegaba a la casa a ensayar los viernes en la noche y él era el que coordinaba, manejaba, hacía los contratos, regañaba a la gente, citaba para las reuniones, citaba para los ensayos, citaba para todo. Y cuando, por decir algo, habían presentaciones, entonces ensayaban dos o tres veces en la semana en la casa. La estudiantina de Garzón ensayaba siempre en la casa; y lo que yo me acuerdo era que había una mujer, Esperanza, que era la que siempre respaldaba a mi papi, entonces a mi papi todo el mundo le decía ‘Julito pa ya y Julito pa ca’.”

No era sino que por la puerta empezaran a entrar las dos bandolas, los tres tiples, las tres o cuatro guitarras para que mi abuela, Luz Alba Cerquera o Missia Albita como le dice mi abuelo, me retirara a la mesa a embutirme sus manjares y desde ese escaloncito más alto pensara: esto es cosa seria.

A Don Julio siempre lo ví con su guitarra. Pareciera que esta última abarcaba casi todo el espacio de la habitación principal, a pesar de que reposara simplemente sobre el armario. Esa sensación de magnificencia que me desprendía mi abuelo luego fue corroborada por mi abuela, mi madre, mis tíos y ciertamente cualquier persona que lo llegara a conocer de cerca o de lejos: ni un descuido sobre su cabello blanco, ni una hebra malcriada, ni una sola nota resabiada. Para mi pueril sorpresa Don Julio nunca estudió formalmente música pero sí tuvo a tres hermanos que “ejecutaban bastante bien el tiple y la guitarra”. El preludio entonces fue solfeado por una banda familiar compuesta por cuatro hermanos: Benjamín Urriago Perdomo, Ricaurte Urriago Perdomo, Reinaldo Urriago Perdomo y su persona. Y, como un espejo inexorable y plagado de destino, el segundo movimiento inconcluso generacional fue interpretado por Edisson Urriago Cerquera (voz), Marta Jimena Urriago Cerquera (Tiple), mi mamá (guitarra) y Juan Diego Urriago Cerquera (voz), todos público y orquesta o staff de paso: “…mi papi ponía cada 8 días a Edisson y a Juan Diego a limpiar los bafles, a limpiar los cables, a tener todo organizado para cuando les tocara ir al toque entonces ellos llevaban los bafles y llevaban su sonido que era propio.

Para mi pueril sorpresa Don Julio nunca estudió formalmente música pero sí tuvo a tres hermanos que “ejecutaban bastante bien el tiple y la guitarra”.

En 1972, año de gestación de “La Estudiantina Garzón”, mi abuelo empezó a tocar, en el papel de guitarra rítmica o de marcación y arreglista coral, música instrumental andina Colombiana y canciones populares de la zona opita. No era propiamente estudiante, como alguna vez llegué a pensar de los casi nueve integrantes de la banda: “Es que así es el nombre de una agrupación de esas…” decía Don Julio tras aclararse la garganta, “…que está la instrumentación que le cuento”. Pero a pesar de su posición natural de transgresor de academias, al menos musicales, recitaba infalible, como una tarea dejada por la vida, cada nombre de los “Don” y las “Doñas” que tuvo codo a codo y nota a nota, como si tan sólo hace unas horas hubiera acabado ese último ensayo un viernes de 7 a 12 de la noche y todos estuvieran vivos.

La precaria pero mencionable ayuda de la alcaldía del ’72 para la conformación inicial de la banda pudo haber permitido algo, expresa mi abuelo, pero definitivamente la calidad musical de los integrantes los llevó durante sus treinta años de carrera a innumerables escenarios, programas televisivos y festivales. Al entonarse las canciones y los ritmos en la sala de la casa de mis abuelos, era ingenuo y hasta irrespetuoso pensar siquiera que no se estaba frente a profesionales expertos en el tema, dedicados a exigentes ensayos semanales con prórrogas de hasta más de tres horas. Lo que si se pasaba por alto, al menos desde mi posición, era que la vida de casi todos los integrantes, a excepción de uno, dentro del ámbito del pentagrama y las claves, era netamente empirismo puro y visceral, como Don Julio. Esta formación olvidada y menospreciada por las generaciones futuras, vivió desde “La Estudiantina Garzón” de manera loable y armoniosa. Definitivamente (y tajantemente, como expresó la exaltación de mi abuelo) ninguno subsistía de los ingresos que podían obtener participando en agasajos, cumpleaños o contratos a largo plazo, a pesar de que (bajo la dirección administrativa de Don Julio que según mi mamá “él era el que definía cuanto costaba un toque, cómo cobraba, a él le pagaban y él repartía la plata a todos”), cautelosamente esperaran hasta cumplir ciertas presentaciones para repartir jugosamente entre la multitud de integrantes.

Definitivamente (y tajantemente, como expresó la exaltación de mi abuelo) ninguno subsistía de los ingresos que podían obtener participando en agasajos, cumpleaños o contratos a largo plazo

Cada uno teníamos nuestra profesión…Gustavo Navia era un empleado de Bavaria, Don Rufino Ramírez tenía su finca, común y corriente. Otros eran conductores, había un albañil también y una empleada del magisterio Doña Esperanza Fonseca”. Y Don Julio, el sastre. Ahora posiblemente abarco la magnitud de su elegancia, su colonia y su peinado hermético. Eso sí, la ironía no se hacía esperar y al menos desde que tengo memoria burlona siempre se le ha caído algún arroz, alguna pizca de condimento o alguna gota de sopa en la ropa. “Cuando estaba muy jóven un carro en el que él iba se estrelló y un líquido (ácido de batería) le cayó en el cuerpo y entonces le quemó las manos, le quemó parte de un brazo y las piernas…” me aclaraba mi mamá al preguntarle de nuevo sobre las manchas en las manos impecables de mi abuelo. La ironía no sólo le tocaba al sastre pulcro sino al guitarrista huilense virtuoso que a la final, por su mismo estilo y porte, no arremetía en escándalos y si bien le preguntaban por sus manos de tigre melódicas, él respondía con la misma anécdota de derrames (tantas que seguramente habrá acumulado Don Julio).

Mi abuelo, así como aprendió a esperar a repartir las ganancias acumuladas por presentación hora ($15.000, $20.000 o $25.000), también aprendió, en conjunto con sus vecinos y amigos integrantes, a continuar esporádicamente, y con esperanza (que al parecer siempre le dio voz y credibilidad), los ensayos semanales para recordar anécdotas y ser ellos tanto público como tarima. En su tiempo, sin la dupla de tiples, con la melancolía natural de los ojos de Don Julio, no les fue posible continuar. Tal vez porque para poder recordar con una sonrisa se debe dejar pasar cierto tiempo subjetivamente prudente y más aún si se tiene en cuenta que la despedida no fue un hasta luego.

El bolero, el vals, el bambuco, el pasillo y Villamil (cantautor Huilense) siguen siendo la banda sonora preferida de mi abuelo el cual acepta, pesada y empíricamente con su voz ronca y carrasposa de tanto buscar armonías y propinar agasajos, que todo va menguando: “…era bonito. Se hacía todo lo mejor que se podía. Sí…Ya pues cuando comenzaron a descender ciertos elementos pues ya las cosas se van terminando…sí. Porque eso pues no es muy fácil para organizar un grupo de esos, ¿no?”, pregunta a la que le respondo balbuceando algo con una risa pueril y estúpida, pero no burlona, más bien de no saber cómo comportarme frente a Don Julio.

“…era bonito. Se hacía todo lo mejor que se podía. Sí…Ya pues cuando comenzaron a descender ciertos elementos pues ya las cosas se van terminando…sí. Porque eso pues no es muy fácil para organizar un grupo de esos, ¿no?”

Mientras voy recogiendo todo sobre la mesa, mi comida fría y la grabadora que intrigó a mi abuelo al inicio, él se levanta con parsimonia con su saco bien puesto, su pijama larga y sus sandalias que albergan sus pies envueltos en medias gruesas y grises. Bueno mijito, me responde después de un gracias abuelito y casi simultáneamente me propina una de esas persignaciones clásicas inesperadas, pero que por respeto callo y acepto. Mi abuelo me da la espalda y camina lentamente hacia su nuevo atril, un sillón bien acolchado frente al televisor, en donde en medio de los interminables noticieros y sus profundos ronquidos, la vida podrá continuar pasando las hojas de su tablatura.

Ésta crónica también se compone de un material audiovisual que pueden observar en este enlance https://goo.gl/MjRXjd

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