20 años no es nada … o sí
Otra forma de decir “profesional de la indutria de las telecomunicaciones con años de experiencia en una gran multinacional”
No es casual que haya esperado precisamente a hoy para publicar mi primer post que podríamos decir premeditado. ¿Por qué? Muy fácil. Hoy hace 20 años (sí, 20, tengo que repetirlo para yo mismo ser consciente de ello) que entré por primera vez en el hoy ya irreconocible edificio de Telefonica I+D en Emilio Vargas para trabajar. Desde ese día he tenido la suerte de aprender, aún hoy por supuesto, de grandísimos profesionales que me han hecho, para bien o para mal, como hoy soy. Nadie me dijo entonces que vendrían muchos otros días, la friolera de 7305 repartidos en los 16 años y medio que tuve la suerte de pasar aprendiendo en la extinta Telefónica I+D y estos últimos 3 y medio en que he tenido el privilegio de vivir en primera persona está apasionante aventura que es Wayra.

Mucho he cambiado en estos 20 años, claro que sí, y me da la sensación que mucho más lo ha hecho la forma de trabajar. No existían lo que ahora entenderíamos como tecnologías web más allá de un simplismo HTML3 (¡¡¡por fin podíamos crear tablas en una página web!!!) que se visualizaba con el modernísimo Netscape (¡¡¡soportaba un lenguaje de script!!!) o el más consolidado Mosaic y algunos años después un incipiente Java. Los manuales eran ladrillos de papel de obligada lectura y por supuesto, el código se programaba, compilaba y probaba. No existían ni Stackoverflow ni GitHub ni Google para buscar un plugin o una librería y adaptarlos a tus verdaderas necesidades. Pero no me resisto a echar la mirada atrás, sobre todo para, porque no, dejar constancia de lo que he aprendido, o mejor, lo que me habéis enseñado, en estos años. Conscientemente omitiré nombres por temor a olvidarme alguno, aunque os aseguro que son esos nombres lo mejor de estos 20 años.
De estudiante a programador
Acabe por casualidad, no era aún ni ingeniero, en el grupo de Tecnología del Habla. Entonces no lo sabía, pero se trataba de un grupo puntero de referencia internacional. Sí, en España teníamos grupos punteros de investigación hace 20 años. Quiero pensar que, a pesar de las planificaciones cortoplazistas que hoy imperan, aún hoy alguno debe quedar por ahí fuera (de hecho tengo el gusto de disfrutar de la amistad de algún gurú reconocido en su rama). Pasé 2 años estupendos allá, en horario de tarde mientras intentaba mantener el tipo por la mañana en la Escuela. Creo que entonces aprendí (o sobreviví haciéndolo) a comer rápido y sólo. Lo segundo lo he superado, pero lo primero se ha convertido en mala costumbre que me persigue. En esos primeros años aprendí a programar con el Kernighan-Ritchie de cabecera, supe que era un DSP, los modelos de Markov y las tareas concurrentes y experimenté mi primer orgasmo profesional aquel día en que la máquina me leyó, con aquella voz de gangoso, el texto que yo le había escrito. También tuve mi primera cuenta de correo: jose@craso.tid.es. Pero mi mayor aprendizaje fue entender lo que era una demo. Sí, esos días en que de repente venían al laboratorio hordas lo mismo de estudiantes que de ejecutivos encorbatados, para hablarles a las máquinas y reirse y alucinar cuando la máquina les contestaba. Esos días daba igual que no hubieras probado lo suficiente o incluso que lo que se iba a enseñar no funcionara, bastaba con que pareciera que lo hiciese.
¿Guardias? ¿Un ingeniero hace guardias?
Entonces me convertí en ingeniero para toda la vida y cambié el reconocimiento de voz por las tarjetas, el prepago, los medios de pago, la prevención del fraude, el X.25 y el Tandem. También el correo por el celebérrimo jln@tid.es. Me recibieron con un manual del sistema (en papel, por supuesto) de 510 páginas y otros tantos del mismo volumen sobre Pathway, Pathsend, TACL y demás.
Había que programar en C sobre un sistema transaccional donde ni siquiera existían la abstracción de los objetos. Eso sí, pocas cosas más gratificantes que un puntero virgero. Menos demos, sí, pero aprendí por las bravas lo que significaba tener un servicio en producción y tener que instalar en planta a horas intempestivas, incluidas noches en vela y alguna guardia, entre ellas la media hora más rentable de toda mi vida profesional entre las 23:45 de mi cumpleaños de 1999 y las 0:15 del primero de enero de 2000. Una magnífica persona, hoy “EREificada” me enseñó como se organizaba un proyecto, lo importante que era comentar el código y el arte detrás un buen else.
Vamos a mandar mensajes tralará…
La oportunidad del cambio me llegó en forma de viaje por las Américas: 6 semanas, 6 países y una nueva identidad: jota_ele_ene. A la vuelta otro crack del que aprendí muchísimo (este no EREificado pero sí fuera de la casa) me habló por primera vez de un buscador que te daba los resultados super rápido (a ver si lo adivinais) y empece a aprender que era aquello de la mensajería móvil. Era la primavera de 2000.

Empezamos a descargar logos y melodias, luego ringtones y salvapantallas hasta que los mensajes se convirtieron en multimedia. Más de 10 años hablando de SMS en UCP, SMPP, MM7, MSRP, RCS y toda una miriada de protocolos, estándares y demás. Contribuimos a construir el concepto de movilidad y vivimos la expansión explosiva de la industria del móvil. Servicios y contenidos se sucedían a la velocidad del rayo, la misma a la que acumulábamos demos y prototipos en los servidores de los pasillos refrigerados de Emilio Vargas. Tuvimos la oportunidad de contribuir al despegue del negocio de los SMS premium y gestionar las primeras votaciones en la tele (seguro que alguno de vosotros envió un SMS para votar por Bustamante). Construimos portfolios completos de servicios de mensajería desarrollando al límite con planificaciones de tareas por horas (vaya, no lo llamábamos sprint ni sé si sería XP, pero era más ágil que cualquier SCRUM).
El equipo creció y creció y ninguno nos formamos para ser jefes, así que lo acabamos siendo casi sin enterarnos. Es exhausto gestionar un equipo de 50 personas e intentar recordar el nombre de las parejas y los hijos de todos ellos (menos mal que hijos por entonces había pocos) pero supergratificante poder contribuir a su desarrollo profesional. Aún hoy me acuerdo de algunos nombres de aquellas parejas y aquellos hijos (incluso de algunos de los que vinieron después) y sigo sintiéndome orgulloso de aquel equipo de mutantes 2222 y asimilados ;).
Be social my friend
Empezaron a aparecer las redes sociales y por supuesto, había que apuntarse a todas. Era deformación profesional. En unas semanas mi perfil de LinkedIn cumplirá 10 años, el de Twitter 8 y el de Facebook ha hecho 7. Algunas cosas empezaban a cambiar vertiginosamente y estábamos en la cresta de la ola. Todo era mensajería y había que integrarse: twittear con SMS, notificar los cambios al móvil, interactuar todo con todo, sincronizar agendas, contactos y tareas, …. bienvenidos a las comunicaciones sociales. Y así, sin quererlo, me arrolló una nueva aventura, las start-ups internas como forma de sacar los proyectos adelante. Intraemprendimiento decían. Mismo perro con distinto collar. El resultado fue el mismo, prototipos que enseñar en el MWC y en todo sarao con pedigree pero que acababan apilados en un pasillo.
Sin embargo en el camino aprendimos, esta vez sí, Agile y SCRUM, también Lean (aunque de nuevo aún no lo llamásemos así), User Experience, Customer Development, modelos de negocio y oímos hablar de gente como Guy Kawasaki, Steve Blank y otros gurús del emprendimiento. Lo suficiente como para concluir que para innovar era necesario pensar no sólo en términos de tecnología, sino también con un importante e incluso preponderante componente de negocio. Pero antes de empezar a dejar de ser ingeniero me dio tiempo a convertirme en inventor. 4 patentes alrededor de los conceptos de presencia extendida en redes de mensajería y su convergencia/connivencia con redes sociales me permiten poner el broche de oro a esos años maravillosos en que además pase de los 30, me case, acabe ADE y fui padre.
También vislumbré los límites (o más bien lo contrario, los no límites) de la circulocracia. Pero ya que me he puesto a escribir, esto lo dejaré para otro post.
Intrapre…¿qué?
En ello estábamos, intentando incorporar el negocio a las presentaciones de proyectos de innovación, cuando literalmente me arrolló el contubernio de Wayra. ¿Qué ha significado? Todo lo que nos oigáis a los #wayraboys en cualquiera de los saraos donde nos toca hablar será verdad: equipo fantástico, tesón, curro (muchísimo), reglas rotas, privilegio de ser parte de esto y otro montón de lugares comunes, pero no por ello menos aplicables. En aquel abril de 2011 volví a ser el administrador de una máquina con un simplísimo formulario web donde empezamos a recibir los primeros de los 30.000 proyectos que vendrían después. En el camino hemos hecho de todo, evaluar proyectos la mayoría del tiempo, pero también hemos revisado e incluso redactado contratos, hemos creado nuevos modelos para la valoración de competencias de RRHH, nos hemos asomado al mundo del Capital Riesgo, nos hemos codeado con la mafia del emprendimiento y sobre todo, hemos sobrevivido (hasta ahora) a las farras del #wayrateam. Crear cualquier cosa desde cero es siempre un reto pero cuando ese reto es una iniciativa que hemos llevado a 12 países y con repercusión en casi todos los sectores de la economía digital, acaba por asustarte. Sólo un número de esos que asustan, twitear cualquier cosa con el hashtag #wayracall los últimos días de una convocatoria supone que te leen más de un millón de personas.

And now….
Y llegados aquí, ¿qué? De momento estoy completamente abierto al futuro. Me cuesta pensar en otros 20 años de azul y la aventura Wayra es muchas veces un punto de no retorno en muchos sentidos. ¿Eso que significa? Qué el futuro ya está aquí y ya ha abierto sus puertas. El resto, who knows? Nunca he tomado decisiones ni he buscado el cambio. Los cambios me han arrollado, así que la respuesta es fácil: de momento iré dónde me lleve el viento.
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