¡Por favor!, no me ames.

“No puedo entregarte mi cuerpo… ¿Después cómo vivo?”

La persona que está al otro lado del espejo me regresa a ver, con marcas de golpes, moretones y lagrimas, todo causadas hace unos minutos por el hombre que dice amarme, el cual llegó borracho con olor a prostituta en su camisa. Reconozco el olor porque solía ser una, en realidad esa fue la forma en que nos conocimos. Prometió sacarme de las calles y de esa vida, “Te amo”, me dijo.

Dos años después aquí estamos, él en la cama, desmayado de la borrachera y semanal paliza que me da, yo en el baño, tratando de no llorar más fuerte, Dios, (si es que existe), no permita que se levante y me vuelva a golpear.

Unas horas después de las golpizas, me abraza por atrás, con mucho cuidado, porque sabe en donde me ha golpeado, en donde me duele, “Discúlpame, no volverá a pasar, te amo, ¿Si lo sabes?”, si me dieran un dolar por cada vez que me ha dicho eso, sería estúpidamente rica.

“…Dios, (si es que existe), no permita que se levante y me vuelva a golpear…”

Por desgracia esta vez es diferente, pues tiene que estirar más sus brazos para poder abrazar mi barriga, la cual muestra 6 meses de embarazo. (Así es, me golpeó estando embarazada). “Lo siento”, me susarra mientras trato de sacármelo de encima, con mucho o poco esfuerzo. “Apestas… sal!”.

Salgo lo más rápido que puedo de casa, tengo que hacer las compras… y quiero alejarme de el, tengo que ponernos a salvo. Vivo en un barrio muy transitado, lleno de borrachos, putas (ex compañeras de trabajo si así lo quieres ver), niños con hambre y casas a punto de caerse.

Todos me miran, comparten secretos entre ellos, me miran de pies a cabezas, ¿Porqué me miran tanto?, ¿Nunca han visto a una mujer golpeada tratando de hacer las compras para el desayuno, para su esposo mujeriego, alcohólico y bueno para nada?.

Camino lo más rápido que puedo a casa, han pasado 20 minutos, si se da cuenta que he estado tanto tiempo fuera me golpeará. Entro y no hay nadie. No están sus cosas. Nada. ¿Ni una nota?. Se ha ido, seguramente con la perra con la que acostó ayer. ¡Mejor!

… Ya han pasado un par de semanas, por suerte tenía dinero guardo de las compras, me mantengo como puedo. Por las dos.

… “Hola… eres lo mejor que me ha pasado Le digo a mi pequeña niña mientras bosteza de sueño. Ella me mira y sonríe. Jamás me había sentido amada. Ella me hace sentir querida, mejor, importante.

“…Entro y no hay nadie. No están sus cosas. Nada. ¿Ni una nota?. Se ha ido…”

“¿Y el padre?”, pregunta una enfermera, mientras llena un tablero. “No lo necesitamos”… “Mmm…”, así es tonta, nos dejó. Corrió como el cobarde que es, pero no importa. Ella y yo somos todo lo que necesitamos en el mundo.

… Han pasado dos meses y estamos en casa. Trato lo mejor que puedo para que no falte comida. No volví a la prostitución, no puedo permitirme que mi hija conozca ese mundo.

“¡Abre la puerta maldita, quiero verla!”, gritan una noche, una voz que conozco muy bien, una voz que horas antes ha estado riéndose, tomando, follando… “Vete, no te quiero cerca de ella”… junto todo el valor que puedo.

“LAS AMO”… “DÉJAME ENTRAR PUTA!”… “¿CON QUIÉN TE ESTÁS REVOLCANDO?”… Se que no va a poder entrar, sonrío de la ironía, ¿Amor?, !Por favor!, no me ames… no nos ames.

Al siguiente día, mientras todo esta en silencio… mientras no hay almas o demonios en las calles, mi hija y yo abandonamos nuestra casa. Para mejores, (o peores), pastos. No lo se. Solo se que ella y yo estaremos juntas. Seguras. Solas…


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