El morir y la nada

Al morir dejamos de ser. Si desaparecemos para siempre, si nos convertimos en nada, si la conciencia de nosotros mismos se evapora, ¿Qué diferencia puede haber entre Napoleón, Marilyn Monroe, Julio César o el destripador de Boston y yo? Al desaparecer mi yo, al dejar de existir, desaparece todo mi entorno, mis paisajes, mis pasiones, mi familia, mis trabajos. En ese caso, ¿que diferencia puede haber entre mis seres queridos y los de un indostánico, pues tanto los míos como los de él dejaran de existir al irme yo?

Iba a consolarme pensando que mis átomos, los que conforman todo mi cuerpo, sí permanecerán en el mundo. Pero ya nada tendrán que ver conmigo, pasarán a formar parte del universo o de algún otro ser, ajenos a mi anterior existencia y, lo peor de todo, a lo que hoy es la conciencia de mi mismo. Esto es lo que Unamuno no soportaba, la idea de que la autoconciencia pudiera desaparecer.

Que triste me parece el consuelo de la reencarnación! ¿De qué me sirve haber sido Beethoven o reencarnarme en un ornitorrinco si no existe la conciencia de SER YO?