Chipre: la isla de Afrodita, la isla del cobre…

Viajar es conocer, sumergirse en lo desconocido, compartir, empaparte…Sin duda hay otras formas de hacerlo, pero yo me quedo con ésta. Cuando se visita un país desconocido el explorar sus diferencias, sus particularidades, se convierte en algo imprescindible, pues en ellas solemos encontrar los elementos que nos despiertan una mayor curiosidad a la vez que nos trasmiten, de alguna manera, un cierto temor. Desde tiempos inmemorables el hombre se ha sentido más seguro con lo conocido, frente a la incertidumbre e inseguridad que implican lo que no conocemos. Si hay un país que represente en Occidente un punto de encuentro de lo distinto, de civilizaciones y culturas diferentes, éste es Chipre. Y este encuentro no ha sido, como suele ser habitual, sencillo, pero representa de forma clara la senda de un camino, el camino recorrido por la Europa nacida a orillas del siempre omnipresente Mediterráneo, hasta el punto que sigue siendo en la actualidad uno de los ejemplos más claros en dónde lo diferente, lo distinto, muestra a la vez su cara más amable y más amarga: Chipre, testigo privilegiado y banco de ensayo de las culturas de más peso de Occidente, es a día de hoy uno de los últimos lugares en dónde una “línea” intenta delimitar y recordar las diferencias culturales entre dos comunidades distintas, fruto ambas de una historia compartida.

Esta isla, situada en el corazón más profundo del «Mar Medi Terraneum» (mar en el medio de las tierras), ha visto a lo largo de su historia como las distintas culturas que han forjado Occidente dejaban su impronta en sus paisanos, en su cultura, en su religión, en sus construcciones… Desde los fenicios, pasando por los griegos, los romanos, los ingleses (dinastía Losignan), los venecianos o los otomanos (tan sumamente relevantes para entender el conflicto que todavía late en estas tierras…) han utilizado este emplazamiento para consolidar territorios, como emplazamiento estratégico o simplemente como recompensa o compensación de algún tratado. Si la Europa actual es fruto de dos afluentes, uno formado por la herencia grecolatina y otro por la influencia judeocristiana, Chipre sería algo así como la primera roca regada por este río.

El Chipre actual es tristemente más conocido por su historia reciente, aunque la perspectiva de la historia muestre que es simplemente un nuevo capítulo de un viejo libro. La actual situación política de la isla, que a pesar de formar parte de la Unión Europea desde 2004 sigue sufriendo los efectos de un conflicto territorial iniciado en 1974 todavía sin resolver, ha dado como resultado una isla dividida cuyo ejemplo más flagrante se convierte en atracción turística en su capital Nicosia, triste ejemplo de una ciudad dividida por la “línea verde” (línea Atila) patrullada por los cascos azules de Naciones Unidas como recordatorio de un pasado reciente que los organismos internacionales se esfuerzan en minimizar pero que sigue latente entre los chipriotas, resignados a vivir de espaldas a un norte que, debido a la política de colonización llevada a cabo por el estado turco, poco o nada tiene que ver con la realidad turcochipriota existente antes de la ocupación.

Chipre, a pesar de esta realidad, sigue siendo paradójicamente el punto de encuentro de dos culturas, el camino en el que Oriente y Occidente se juntan con resultados sorprendentes. El emplazamiento geográfico de la isla ha determinado la forma de ser de los chipriotas. La fisionomía de sus habitantes, su gastronomía, su religión, su arquitectura, todos muestran una mezcolanza de elementos tanto occidentales como orientales. Como corresponde a una isla con buen tiempo y aguas cristalinas, los efectos del turismo de masas se han hecho ya evidentes en algunas de sus zonas, como ocurre en Agia Napa, emplazamiento turístico situado en el este de la isla, muy cerca de la zona ocupada, y que se ha convertido en una nueva Ibiza colonizada por jóvenes rusos, británicos o de los países nórdicos que vienen buscando emociones fuertes además de temperaturas calientes y rayos de sol. Sin embargo, a medida que la costa de la isla Afrodita avanza hacia el este el turismo se hace menos “decibélico”, las “raves” o “open parties” dan lugar a emplazamientos todavía vírgenes, con playas menos atractivas pero de un alto valor ecológico como es el caso de la península de Akamas, en dónde todavía todos los años las tortugas marinas se acercan a desovar. A pesar de lo que pueda parecer a primera vista Chipre no es únicamente playa, un viaje de no muchos kilómetros hacia el interior hace pensar que has abandonado la isla a medida que uno se adentra en la cordillera de Troodos y un paisaje árido con poca vegetación se transforma en un bosque frondoso: en los picos más altos que rondan los 2000 m de altura (monte Olimpo) la práctica del esquí alpino es posible durante los meses de invierno. Si, por el contrario, tu visita coincide con el verano, un paseo por sus sendas y arboledas te permitirán disfrutar de su flora y fauna, con la posibilidad de disfrutar de momentos mágicos como un encuentro fortuito con la increíble “polilla colibrí”, especie de mariposa que te hará pensar que estás presenciando el vuelo de un colibrí en lugar de el de una simple polilla…

Troodos es igualmente un buen lugar para visitar pueblos con encanto, lugares como Kakopetria en dónde el degustar una buena trucha cocinada con una receta secreta del restaurante local o las sabrosas y dulces frutas confitadas tan típicas de esta zona se convierten en una experiencia entrañable, como los son los lugareños. Las capillas ortodoxas, que sorprenden por lo colorido de sus interiores adornados con impresionantes iconos nos dan una idea de la sensación que se debía experimentar al entrar en una de nuestras iglesias románicas antes de que éstas perdiesen el color de sus paredes debido al paso del tiempo.

Como suele ocurrir en las tierras bañadas por el Mediterráneo, mar que ha sido por antonomasia la autopista cultural de Europa, Chipre está inundado de yacimientos arqueológicos o construcciones que muestran las huellas de los distintos pueblos que han pasado por aquí: en Kourion, situada a no muchos kilómetros de Limassol y en dirección a Paphos (lugar en dónde según la mitología nació Aphrodita), existe un magnífico ejemplo de una villa romana construída sobre un anterior emplazamiento griego en dónde se puede visitar, en otros, los restos de un teatro griego en un magnífico emplazamiento todavía utilizado a día de hoy para distintos espectáculos.

El futuro de esta isla, como ha ocurrido en otros países del Mediterráneo, está íntimamente unido al desarrollo de su turismo. Un turismo que presente dos caras de una misma moneda, la del beneficio que este tipo de actividades conlleva y la de los riesgos de un desarrollo no controlado con sus impactos colaterales medioambientales que sin duda se traducen a la larga en impactos económicos negativos. Sin olvidar la importancia que tiene para la isla la resolución de un conflicto que ya dura demasiado y que además supone un obstáculo aparentemente infranqueable para una hipotética incorporación de Turquía a la UE, siguiente paso de importancia para acercar Oriente a Occidente y evitar marcar todavía más las diferencias existentes entre dos formas de afrontar el futuro.