Costa Rica: La anomalía centroamericana.

Cuando un viaje que has esperado y en el que has invertido tiempo finaliza permanece una sensación extraña, mezcla de nostalgia con desasosiego. Durante el tiempo que dura el mismo, de manera consciente e inconsciente, el cerebro se enfrenta a entornos desconocidos, nuevos, ajenos a lo cotidiano. Y los procesa. No entiendo un viaje sin reflexión, sin cerrar un círculo que comienza el primer día que tomas la decisión y que termina cuando almacenas la última foto y encuentras respuesta a la última pregunta que todavía ronda tu cabeza. Es ese círculo, una especie de lago que forma parte de un apacible jardín en tus recuerdos, el que te permitirá de vez en cuando un chapuzón neuronal, combinación de sensaciones vividas.

Costa Rica no es un lugar más. No lo podría ser, pues forma parte de ese círculo aún sin cerrar y que espero, muy pronto, se convierta en lago de mi jardín. Situada en lo que Pablo Neruda calificó como “la dulce cintura de América”, Costa Rica presenta características que la diferencian del resto de los países de su entorno y de las ideas preconcebidas a las que estamos obligados a recurrir en ausencia de otras.

Para entender este país es necesario remontarse a 1948. Hay acciones impulsadas por dirigentes con coraje en un momento de la historia que únicamente el paso de tiempo confirma si fueron acertadas. Son decisiones no exentas de riesgo y que suelen apoyar o desmentir el peso histórico del personaje que las lideró: “No quiero un ejército de soldados, sino uno de educadores”. Con estas palabras sellaba José Figueres uno de los capítulos más tristes de la historia reciente costarricense. Costa Rica eliminaba el ejército después de una guerra civil que había enfrentado a los ticos durante varias semanas. Se convertía así en uno de los primeros países en hacerlo, abriendo el camino para otras naciones que tomarían posteriormente el mismo camino. Este paso confirmaría al país como una de las joyas de la corona de una zona altamente inestable, precisamente por el gusto de los sables a erigirse salvadores de la patria cuando las frágiles democracias muestran síntomas de debilidad. No es casual que fuese precisamente Costa Rica el país pionero en tomar un rumbo tan avanzado a su tiempo: Costa Rica, antiguo territorio perteneciente a la Guatemala que formaba parte de la Nueva España fue siempre un territorio olvidado. Carente de las riquezas que movían los intereses de la época estuvo alejada de las intrigas palaciegas y de las maniobras de quienes buscaban únicamente sacar rédito de los territorios conquistados. Esto permitió a sus habitantes un desarrollo mucho menos estratificado, una sociedad menos regida por castas en dónde la solidaridad de sus habitantes minimizaba sus carencias así como facilitaba el hacer frente a los habituales enfados de la naturaleza.

A día de hoy, a pesar de los efectos de la crisis que han evidentemente afectado al país, Costa Rica sigue estando a la cabeza en temas como Educación y Sanidad cuando se compara con los países de su entorno o América del sur, y en otros como Medio Ambiente es un referente mundial, siendo el primer país del mundo que se ha comprometido a ser “neutral en carbono” para el año 2021. Entre 1987 y 1989 Costa Rica convirtió parte de su deuda externa comercial en “bonos de conservación”, pasando a ser el país número uno en el mundo en relación a transacciones de esta índole. Es, para muchos, una de las democracias más consolidadas de América.

Nuestro viaje comienza, como no podía ser de otra manera, en el corazón del país, en San José. La primera duda con la que se enfrenta el viajero concierne el medio de transporte. El autobús, opción interesante para viajeros ligeros de equipaje y ávidos de experiencias se puede convertir en una pesadilla en estas carreteras, no sólo por lo intrincado de su orografía, sino porque el desplazarse entre dos puntos cercanos puede convertirse en una compleja combinación de autobuses y horarios que ralentizará en exceso el desplazamiento. Si el presupuesto lo permite, el coche es una mejor opción, y a diferencia de lo que ocurre en otros países, la conducción es segura, no tanto por las infraestructuras que poco tienen que ver con los parámetros a los que estamos acostumbrados en Europa, sino porque las muchas escuelas que pueblan el país son un avance de un comportamiento sorprendentemente cívico si lo comparamos con otros países del entorno (por ejemplo, la República Dominicana…).

Nos dirigimos hacia las faldas del volcán Turrialba a pasar la primera noche como paso previo a nuestro primer destino, Tortuguero. Durante mucho tiempo fue el volcán Arenal el que estuvo despierto permitiendo desde los muchos “lodges” que lo rodean observar su actividad cuando las nubes dan un respiro. Sin embargo, hace ya algunos años esta actividad se interrumpió, y es ahora el Turrialba uno de los volcanes (no el único) que se ha mostrado más inquieto: en mayo de 2015 el aeropuerto de la capital estuvo cerrado debido a los problemas derivados de las emanaciones que salían del mismo. Costa Rica, al igual que sus vecinos, se encuentra en la confluencia de dos importantes placas tectónicas, la placa del Coco y la del Caribe, lo que explica el número de volcanes y alta actividad sísmica que forma parte indisociable de la zona. La ruta de acceso, desde que se iniciase un ambicioso proyecto en 1978 para unir la costa caribeña con la del Pacífico, es la “ruta 32”, que une la capital con Limón. Existe una autopista (el concepto local de autopista no es el nuestro…) que atraviesa el Parque Nacional Braulio Carrillo, primer contacto con una naturaleza imponente y dónde abundan las nieblas y las lluvias, y primera lección sobre ecosistemas costarricenses para entender por qué se llama bosque lluvioso.

El ecoturismo, motor de la economía costarricense, presenta indudables ventajas, pero igualmente importantes desafíos. Tortuguero es un ejemplo perfecto de ello. El hecho de que el acceso esté limitado al barco (hace años era necesario bordear la costa en un largo viaje de cuatro horas, hoy por vía fluvial desde La Pavona, en poco más de una) sigue dando un halo de aventura a este enclave, aunque la llegada masiva de tortugas a sus playas haya convertido al lugar en una zona con una alta densidad de turismo. Las tortugas que surcan este inmenso océano eligen curiosamente todos los años entre todas las playas posibles este Parque Nacional para desovar. Como si un acuerdo previo entre las distintas especie existiese, van llegando en diferentes fechas, para sembrar de huevos estos arenales negros. “Baúlas” con sus hasta novecientos kilos, “Verdes” o la cada vez más escasa “Carey” (ser bonita tiene sus desventajas…) visitan varias veces en un corto espacio de tiempo estas playas para poner entre cien y doscientos huevos en cada una de las tres o cuatro veces que se acercan a la playa. Su estrategia es simple: la alta mortalidad que asola a los pequeños bebés de tortuga debido a los depredadores sólo se puede compensar con un número elevado de individuos. Para no perder ese protagonismo animal que nos caracteriza como especie, el hombre ocupa un papel destacado dentro de estos depredadores. La sensibilidad frente a la amenaza que el progreso ha traído a los ecosistemas (impresiona ver el número de plásticos que llegan a estas costas a priori alejadas de la civilización…) ha traído a multitud de jóvenes extranjeros, con una alta conciencia ecologista y en muchos casos bajo dominio del castellano, que trabajan en diferentes proyectos para convencer a los lugareños que la recogida de huevos, único medio de ingresos para muchos de ellos, es, además de ilegal, algo inmoral que atenta a los principios más básicos de respeto a la naturaleza… Fácil de entender cuando se forma parte del hemisferio norte, aunque no tanto cuando no tienes otra alternativa para sobrevivir que aprovechar, como han hecho sus ancestros, los pocos recursos de los que se dispone. Las escaramuzas entre defensores de las tortugas y furtivos no son escasas, a pesar de que se ha realizado un importante trabajo para ofrecer alternativas a los lugareños que les permitan ser los principales beneficiarios de la conservación de las tortugas (guías, rastreadores,…). La pasión y el conocimiento con la que muchos costarricenses defienden sus ecosistemas y animales son muestra inequívoca de que este esfuerzo comienza a dar sus frutos.

De nuevo en la “ruta 32”, rumbo hacia Cahuita. Después la “34”, dejando a un lado Limón, lugar de desembarco de Colón en su cuarto y último viaje. Los “bananos” desbordan contenedores, y un enjambre de camiones los transportan hacia el puerto, el más importante del país. Sin duda herencia de la poderosa “United Fruit Company”: imposible entender la historia reciente de Costa Rica y la de sus vecinos sin conocer la influencia que esta corporación llegó a ejercer en la vida económica y política de la zona. “Mamita Yunai” para los ticos… Costa Rica sigue siendo un país primordialmente agrícola (bananos, piña, café, cacao…). Hace un par de décadas “Intel” hizo una apuesta sin precedentes por este país, pero las noticias de los últimos años son poco esperanzadores en las consolidación industrial de la misma.

Recorremos la costa caribeña hasta llegar próximos a la frontera con Panamá, país considerado amigo (los “Nicas”, los vecinos del norte, despiertan menos pasiones…). Este es un país para tener los ojos abiertos. Haciéndolo descubres la riqueza de su fauna: perezosos, colibrís, pizotes, tucanes,… Y los omnipresentes zopilotes, buitres convertidos en eficaces funcionarios encargados de la “limpieza” viaria. Las frutas salpican de color los puestos que inundan sus arcenes. Las “sodas” ofrecen a buen precio comida local en un entorno todavía no empapado de ese aroma que los turistas solemos dejar allí por dónde pasamos. Y escuelas, un número interminable de escuelas, en cada pueblo, en cada lugar. Son los cuarteles del ejercito soñado por Figueres.

El Parque Nacional de Cahuita presenta muchas de las características de los Parques que tan bien han funcionado en los últimos años en Costa Rica. Con la ventaja de que aquí la presión del visitante no se ha hecho todavía notar, como ocurre, por ejemplo, en Manuel Antonio, uno de sus hermanos del Pacífico. Además de tener en sus costas unos de los mejores arrecifes del país, sus dimensiones son las perfectas para hacer rutas de senderismo no muy técnicas pero todavía con el encanto de la naturaleza pura. Siguiendo la senda del Caribe se llega a Puerto Viejo de Talamanca, en dónde rastas, criollos y surfers se entremezclan dando como resultado un crisol multiétnico de afroamericanos llegados para construir el ferrocarril y de chicos con tablas de surf que buscan la más grande y poderosa de las olas de Costa Rica (la “Salsa Brava”). Más al este, dónde la carretera pierde definitivamente el asfalto, Manzanillo resulta un bello exponente de la influencia caribeña y jamaiquina de esta parte del país. Dejamos el Caribe para conocer el Pacífico y dirigirnos a Península de Osa, al Parque Nacional de Corcovado, considerado por “National Geographic” como uno de los lugares con mayor biodiversidad del mundo. La ruta más lógica, para un viaje corto, se hace inviable: Cartago, paso obligado, está inundada por miles de peregrinos que conmemoran la aparición en 1635 de la Virgen a Juana Pereira, una mujer indígena. Renunciamos a atravesar el “Cerro de la Muerte” y damos un rodeo para bordear levemente la zona de los “gringos”. Parece que ahora los dólares entran por estas playas del Pacífico norte, ya no es “Mamita Yunai” quien los cosecha. Jacó, Quepos, Uvita, … Llegando a Palmar Sur kilómetros y kilómetros de palmerales. El aceite de palma, convertido en “commodity” en los grandes mercados internacionales, deja su rastro. Quien ha visto uno de estos palmerales al final de su ciclo de vida no lo olvida, recuerda a los paisajes asolados por el napal de Vietnam. En Malasia miles de hectáreas de bosques autóctonos están siendo remplazadas por este árbol, que en este país se expande a buen ritmo. En el camino, campesinos acampados bloquean parcialmente un puente bajo la atenta mirada de la policía: exigen tierras, las mismas que al parecer les han quitado para hacer hueco a los grandes cultivos…

Justo antes del anochecer y después haber “manejado” durante más de diez horas, llegamos a Puerto Jiménez. Los últimos cuarenta kilómetros antes de nuestro destino, Carate, los dejamos para el día siguiente, pues las malas condiciones de la carretera unidas a los ríos que debemos vadear nos lo aconsejan. Haremos noche en la ciudad de los oreros. Esta parte del país es rica en naturaleza pero no lo es tanto en cultivos. Tampoco, por el momento, es un lugar destacado de turismo, como ocurre en otras zonas del país. Si a esto le añadimos la capacidad histórica del oro para mover voluntades tenemos la combinación perfecta para el desarrollo de una actividad ilegal con fuerte arraigo local: mientras que el comercio de huevos de tortuga se apoya en la vanidad (aún hoy en día se cree en sus poderes afrodisíacos…) el del oro lo hace en la avaricia. Y ésto da una idea de la magnitud del problema: la zona más extensa protegida de Costa Rica enfrentándose a una actividad muy lucrativa (no tanto para los mineros que mueven la tierra…) pero con un alto coste ecológico por sus métodos de extracción. Por la mañana, antes de emprender de nuevo el viaje, visita al supermercado local y primer contacto con el Pacífico. Sin duda, alguien se ha olvidado la puerta de la jaula abierta: multitud de pájaros con plumaje multicolor, las lapas rojas, llenan el lugar. Salimos hacia Carate, no sin antes cargar nuestro maletero con diversas mercancías que nuestro próximos anfitriones nos piden transportar. Hora y media de carretera bacheada hasta llegar a las proximidades del Parque Nacional de Corcovado, en el sur de Península de Osa. Más de diez kilómetros de playa virgen que hacen guardia frente a un imponente Pacífico que golpea sin cesar, especialmente en pleamar. En estas fechas sus playas son también testigo del paso de ballenas, en su viaje hacia el norte. Y de fuertes tormentas, que iluminan de forma imponente la noche a la vez que su lejanía es confirmada por el silencio de sus truenos. Es, al parecer, “El Niño”, que empieza ya asomar. A modo de una foto de la serie “Génesis” de Salgado, Península Osa encierra lugares en dónde la huella del hombre todavía no es evidente. Corcobado, con sus grandes dimensiones, es lugar para aventureros con ganas de andar y que aprecian más un encuentro fortuito con un tapir que los múltiples encontronazos con monos cariblancas y mapaches de otros parques a los cuáles sólo les falta hablar. La emoción de dormir al aire libre enfrente del mar, acariciar una tortuga, un baño en una cascada después de caminar… me ayudan a construir mi lago. El turista sin conciencia de serlo que seguramente llevo dentro me hace lamentar que muy pronto, otros como yo, habremos contribuido a que este singular lugar deje de serlo…

Desandando el camino andado volvemos por nuestros pasos hasta llegar a La Fortuna, no sin antes conocer otros dos Parques Naturales: Marino Ballena y Manuel Antonio, también situados a orillas del Pacífico. Su ubicación entre el masificado Pacífico norte y la todavía por descubrir costa de Península de Osa anuncia lo que podemos encontrar, una combinación perfecta entre turismo tradicional y ecológico. Manuel Antonio tiene animales que mostrar, con la comodidad de unos caminos habilitados para ello, pero sin renunciar a playas en las que sí te puedes bañar sin preocuparte de las corrientes. En Marino Ballena, con la pleamar, podrás recorrer la “cola de ballena”, vigilando que la marea no suba antes de lo previsto y hasta bañarte, siempre y cuando lo hagas, como muchos carteles no dudan en recordar, lejos del estuario, pues al parecer tanto los cocodrilos como las rayas gustan de la combinación de lo dulce con lo salado (y los primeros, al parecer, de otras cosas que se puedan encontrar en el camino…).

Dejar la costa para adentrarte en el interior del país, cruzando la cordillera de Guanacaste, es descubrir un país distinto. Cambiamos las rectas por curvas y las planicies por pendientes. La vegetación evoluciona a medida que nos adentramos en los bosques nubosos. Monteverde es, por ejemplo, la región con mayor densidad de orquídeas del planeta. Esta zona, además de la belleza propia de la zonas volcánicas, es un destino obligado para los amantes de la flora. También hay una importante industria entorno a los deportes de riesgo (Canopy, barranquismo,…) y como no, en las faldas del volcán Arenal se encuentra uno de los centros termales de aguas volcánicas más impresionantes del mundo, el Tabacón. La Fortuna presenta la ventaja de estar cerca de varios puntos de interés (Monteverde, Río Celeste, Volcán Arenal,…) y además resulta una ciudad interesante para la compra de artesanía de calidad (con regateo…) o para disfrutar de una buena comida a buen precio.

Un nuevo lago me espera, formado por gotas de buenos recuerdos y corrientes de intensas experiencias. Un lago en el que, cuando la situación lo requiera, estará listo para un rápido chapuzón que me haga recordar que yo, un día, estuve allí, en Costa Rica.¡ Pura Vida!