En busca del “Dourado”.

No hace mucho oí decir a Robin Knox-Johnston, primera persona en conseguir dar la vuelta al mundo en velero en solitario, que lo primera regla que todo nauta debe conocer antes de comenzar una singladura es que quien atasca el retrete lo desatasca… Debo reconocer que esta regla de oro, como otras muchas, era desconocida por el grupo de personas que recientemente decidimos embarcarnos (nunca mejor dicho…) en una singular aventura, razón por la cual el que acabó usando la cuchara y el responsable del atasco no fueron, en el viaje que nos ocupa, la mismo persona…

Un barco, seis personas, seis días… Dicho así parece más un concurso de los que últimamente están de moda que el viaje de un grupo de amigos desde la ría de Pontevedra hasta tierras salmantinas: un día de navegación atlántica más dos de remontada por aguas del Duero hasta tocar suelo español, para repetir luego la travesía pero esta vez en sentido inverso, hasta llegar de nuevo a tierras gallegas. No se trata de hacer cumbre en uno de los “ochomiles” que frecuenta Edurne Pasaban, pero para personas poco acostumbradas a tan largas travesías y con una experiencia más bien limitada a las rías gallegas no deja de ser un pequeño desafío. No sólo contra los elementos, siempre dispuestos a mostrar su cara menos amable cuando menos te lo esperas, sino por las situaciones en las que, por ejemplo, el simple hecho de compartir un espacio reducido pueden acarrear.

Las horas de navegación, especialmente las de río, son momentos de reflexión de uno consigo mismo o con el grupo de amigos entorno a un buen aperitivo regado de vino, cerveza o lo que la oportunidad del momento pueda brindar. El paisaje de las tierras portuguesas varía enormemente desde la desembocadura del río en Oporto hasta la última de las exclusas que se deben franquear antes de llegar a territorio español. La impronta del vino de Oporto se hace visible a lo largo de todo el trayecto. Las “quintas” inundan gran parte del trayecto. Se pueden ver verdaderas obras de arquitectura natural en donde el hombre ha buscado aprovechar las cualidades del entorno del río a la vez que resolvía de manera ingeniosa lo abrupto de un terreno poco propicio para el viñedo. En estos parajes es fácil imaginar cómo los “rabelos” fueron durante mucho tiempo la forma más eficaz de llevar las uvas procedentes de las vides que pueblan las laderas de estas montañas hasta Oporto, en dónde el producto final sería elaborado. Desde que en el siglo XVII los ingleses descubrieron la magia de añadir brandy durante el proceso de fermentación, este vino no ha parado de conquistar adeptos…

Las largas horas de navegación por el río me traen a la memoria la película de Carlos Saura sobre la búsqueda del Dorado por Hernán Cortés: el calor, el silencio apenas roto por la proa del barco abriéndose paso en el agua, las chicharras cantando,… Nos hace sentir como conquistadores pero en busca de lugares por descubrir dentro de nosotros mismos. Es la hora de abstraerse de lo que nos es más cotidiano y enfrentarnos a nuestra realidad interna, a nuestras reflexiones…

La monotonía del río se alterna con las exclusas (barragems) que vamos encontrando en nuestro camino: cinco exclusas separan Oporto de las tierras charras (Crestuma, Carrapatelo, Regua, Valeira y Pocinho). La primera nos sirve para cometer los errores de los que rápidamente tomamos nota. Estas construcciones, que empezaron a gestarse en la década de los sesenta, son un claro ejemplo de cómo la aplicación de simples principios de la físicas aportan brillantes soluciones: el agua al servicio del hombre para, por un lado, hacer navegables tramos del río que no lo eran, y por otro, encontrar una solución de cómo elevar hasta más de 30 metros verdaderas moles que pueden alcanzar los 80 metros de eslora.

Nuestras paradas en algunas de las más emblemáticas localidades ribereñas (Regua, Pinhao,…) nos muestra un pueblo hospitalario que a pesar de su cercanía y similitud con el nuestro, históricamente hemos mirado con recelo. Estando aquí es fácil imaginar la federación de estados ibéricos soñada, entre otros, por Saramago. Cuatro barcos distintos, cuatro tripulaciones diferentes. Una parte importante de la personalidad del barco viene dada por el capitán. Cuando pasas varios días embarcado eres consciente de la validez de muchas de las afirmaciones que hasta ese momento considerabas tópicos. Por ejemplo, la necesidad de que exista una cadena de mando bien definida. Las cosas en el mar (o en el río) pueden ocurrir a tal velocidad que, o existe este canal, o corres el riesgo de que pronto sea ya demasiado tarde… El ambiente dentro de la tripulación es igualmente primordial: tener un buen cocinero en el equipo y asegurar que la marinería sepa cómo ocupar la jornada se convierten en mínimos imprescindibles… No hay nada peor para la aparición de esa chispa que puede acabar en motín que estómagos descontentos o demasiadas horas dedicadas a la conspiración.

Entre los cuatro barcos, diferentes formas de entender el viaje. Diferentes, pero con un mismo objetivo cumplido a pesar de haber escogido caminos distintos: tripulaciones más estrictas, otras menos exigentes; tripulaciones más tensas, otras más relajadas… No hay viaje perfecto pero el éxito de filosofías contrapuestas muestra que, posiblemente, la solución óptima resulte de una mezcla de ambas: la seriedad y el compromiso que toda aventura requiere pero sin olvidar el objetivo último: disfrutar del viaje…