Gorjeo de amor bajo la luz fluorescente

El carnicero tenía pocos clientes y se pasaba la mañana preparando milanesas. Sacaba de la heladera un fuentón lleno de huevo revuelto que le había quedado del día anterior, donde podía verse el rastro sanguinolento de la carne que había sido bautizada allí con anterioridad, le agregaba un huevo más y revolvía con la punta de la cuchilla. Usaba la misma cuchilla con la que fileteaba la bola de lomo, trozaba el pollo en cuartos y cazaba con un rápido golpe de flanco las moscas rebeldes. Mientras el canario cantaba su sonata matinal desde la jaula de alambre, él comenzaba con la operación de bañar y empanar hasta que las milanesas quedaran gruesas y apetecibles. “Milanesas Caseras, Elaboración a la Vista”, se leía en un cartel hecho a mano pegado sobre el vidrio de la heladera mostrador, al lado de la radio “Ranser” que había recibido de su madre hacía treinta años, cuando se incorporó al servicio militar.

Frente a él, la encargada de la fiambrería manejaba con destreza la cortadora de fiambre y aunque peleaba un poco con la cinta adhesiva cada vez que terminaba de empaquetar, su simpatía y buena conversación encantaba a la clientela del barrio que venía en busca de provisiones. El carnicero no era la excepción, vivía para ser testigo de esas sonrisas. Soñaba con mirar de cerca sus grandes ojos negros de pestañas pegoteadas con maquillaje, fantaseaba con estrechar su prominente cintura disimulada por amplios vestidos de colores desteñidos y con embriagarse de la colonia “Polyana” que emanaba su cuello hasta perder la conciencia. Se imaginaba mostrándole al mundo que había sido capaz de conquistar semejante mujer y de mantenerla contenta y satisfecha. Soñaba, entre cortes de carne y achuras, con un porvenir de amor encantado dictado al oído por su pequeño amigo cantor.

La carnicería estaba fundida. Hacía rato que el puesto no funcionaba y había llegado al punto de no poder sostenerlo más, y sin embargo le era imposible cerrar; imposible alejarse de esa promesa de felicidad que encontraba todos los días tras la heladera mostrador del puesto de enfrente. Tendría que continuar compitiendo con el frigorífico de la otra cuadra, que tenía su clientela armada desde hacía más de veinte años y una carne de primera a precios imbatibles, hasta que no le quedara nada con que mantenerse en pie.

El supermercado chino donde trabajaba estaba instalado en un local de veinte metros de largo; tenía una entrada angosta que se ensanchaba en el fondo formando una L. En el extremo más lejano de la L estaba ubicada la carnicería y a su derecha la fiambrería. No había rayo de luz natural capaz de surcar la distancia desde la puerta de entrada hasta allí. Las milanesas, los cortes vacunos, los quesos y los fiambres estaban iluminados por tubos de luz fluorescente, revestidos en papel celofán violeta, que le daban al ambiente un clima de angustia mortuoria hasta en los más espléndidos días de primavera. Era en esta ambientación artificial en la que el canario, dos veces encerrado, daba sus mejores conciertos dominicales como si en lugar de expresar sus propias sensaciones, hubiese sido contratado para cantar el amor del corazón de su dueño, el carnicero, que vibraba de alegría cada vez que se quedaba a solas con su amada.

La fiambrera era la encargada de abrir el supermercado los domingos a las ocho de la mañana, hora en que llegaba después de visitar a su hijo en la penitenciaría, y hasta las diez en que volvían los chinos, disfrutaban de una intimidad soñada. En esas horas en las que solían venir muy pocos clientes, el carnicero y la fiambrera compartían sus penas. Ella le hablaba de su anhelo de volver a tener una familia, sin siquiera atreverse a imaginar que él la estuviera escuchando como algo más que un amigo comprensivo. Él prestaba atención a cada palabra que ella pronunciaba, y luego las repasaba una por una hasta que se le quedaban grabadas en la memoria y en el corazón. Algunas mañanas en las que no les era dado hablar, se acompañaban en sus soledades como un matrimonio de años en los que la compañía resulta más importante que la conversación.

Ese domingo, intentando alcanzar el trapo rejilla que estaba sobre el mostrador, detrás de donde ella estaba parada ordenando los quesos, se encontraron en medio de un abrazo improvisado. Él sintió que el cuerpo de ella, sorprendido e inmóvil, se dejaba abrazar. No se atrevió a mirarla, sólo se entregó a profundizar el abrazo hasta tener por entero ese adorado cuerpo de mujer apretado contra su pecho, y mientras ella le dejaba un imborrable manchón de rubor y lápiz labial en la ya harto manchada pechera de su delantal de carnicero, el canario alcanzó modular gorjeos que nunca antes le habían escuchado entonar.

A la semana siguiente, los clientes del supermercado encontraron la carnicería desmantelada, algo que no les sorprendió porque ninguno compraba allí en forma asidua y suponían que el puesto no duraría mucho más. Lo que sí extrañaron fue la simpatía y buena atención de la fiambrera, porque aunque la heladera con los quesos y los fiambres seguían en el mismo lugar de siempre, había que gritarle al chino, que nunca se sabía por dónde andaba, para que viniera a cortar doscientos de paleta y cien de queso.

Hoy, se comenta en el barrio que los enamorados abrieron un negocio de carnes y embutidos en Bariloche, un lugar que ella siempre había querido conocer. Dicen que les va muy bien. Sin embargo, el canario que tanto había endulzado sus domingos, no soportó el cambio de clima y murió de una pulmonía.