Un cuento de Dos Amantes

La alarma sonó y los despertó a los dos. Él extendió su mano para apagarla y Ella se levantó de la cama. Tomó una toalla, cubrió parcialmente su piel desnuda y entro al baño a tomar una ducha. Él permaneció mirando al techo, perdido en sus pensamientos. En su rostro marcaba la expresión de la monotonía aburrida y aborrecida. Simplemente, era otro día.

Ella no tardó mucho en bañarse. Cuando salió, Él entró. Duro unos cuantos minutos. Ella se vistió, peinó su pelo lizo y rubio, y se maquilló. Se ponía bonita para ella misma, ya que para Él no le traía interés.

Se puso su favorita camisa, de color azul claro y la combinó con una falda azul navy. Se contempló frente a su espejo. En ese espejo estaba una mujer, que a penas ella misma conocía. Pero esa mujer existía y comenzaría, simplemente otro día.

Él salió del baño. Ella terminaba de vestirse y Él comenzó con su ropa interior y luego a buscar una camisa y un pantalón. Se echo el perfume que había comprado en el mall hace unas semanas y se peino su pelo negro y lacio. Ya preparado, tomo su celular y salió a la cocina.

Ella ya estaba preparando desayuno. En un sartén cuatro pedazos de tocineta brotando grasa y su rico olor. En otro, habían unos huevos friendo. Él tomó media libra de pan sobao’ y cortó dos pedazos. Luego sirvieron el café y luego la tocineta y el huevo. Mientras desayunaban y tomaban el café, cada uno leía su periódico y sus editoriales, indiferentes de la presencia del otro.

Llego la hora de trabajar. Él a una farmacéutica. Ella a un banco. A gastar ocho horas de sus vidas en un trabajo. Un trabajo monótono y redundante. Mientras tanto sus aires permanecen alejados, pero a ellos no les importa. En el fondo, encuentran comodidad en encontrarse alejados. La encuentran en cada día. En simplemente otro día más.

Jamás Él llega a la cena. El jura cada noche que cena afuera en un restaurante con lxs colegas. Ella no le importa mucho y nunca lo espera. Cuando llega a las seis de la tarde, ahí cuando el Sol va bajando en el horizonte trazando el color anaranjado por el cielo y el azul se torna con un shade más oscurito, lo primero que hace es poner a descongelar una carne en el fregadero.

Luego se quita su ropa. Empieza con el brasier para deshacerse de la incomodidad. Luego deja caer al suelo la camisa y luego la falda. Se quito los tacos y se puso una blusa de color blanco y un pantalón corto. Se lavó la cara para deshacerse del maquillaje que ya no quería tener puesto.

Luego suena el celular. Es una llamada. Es “la” llamada. La llamada que llega todas las tardes. Llega a la misma hora.

Ella contesta y sonríe. Mientras cocina su cena personal le habla sobre su día. Sobre los bochinches de la oficina, las noticias y las cosas que Ella le encanta hablar para seguir montando conversación. Al final de la llamada escucha las palabras que Ella ama escuchar: “Voy por ahí.”

Mientras tanto en un bar, escondido en alguna calle de la ciudad, rodeado de apartamentos, tiendas y vida, Él tenía una bebida en su mano y su mirada en los ojos de otra mujer. A la quien miraba fielmente, con un sentimiento que parecía haber desaparecido, cada día en el mismo lugar. La mujer, de pelo rizo y negro, tenía en mano una sangría fría y en su rostro una sonrisa. La sonrisa que lo volvía loco.

Hablaban todas las noches por una o dos horas. Del trabajo, de las vacaciones. De la casa, de los jangeos. Del mañana y del ayer. Todo era un buen tema para conversar y pasar esas horas en el bar.

Al llegar la hora Él la llevó a su hogar. Cuando llegan al lugar, le da un beso. El mismo beso que le da todos los días al terminar su encuentro.

Allá en la casa Ella se despide de su visita. Ese hombre alto y rubio que viene todas las noches a verla y amarla, a escondidas de la luz y de los vecinos, porque el pecado lo deben conocer solamente los involucrados. Para Ella era pecado, pero era un buen pecado. Era el pecado que rompía la dieta y la monotonía. Eran los besos y las miradas que le faltaban.

La visita se fue. Pasaron unos minutos. Luego llegó Él con cerveza en su olor. Ella le hace caso omiso. Se sientan un rato a ver las noticias. Se dan su ducha. Se desnudan. Se acuestan. Cada uno mira hacia otro lado. Él pone la alarma para el otro día y despiden a otro día más.