Lo que quiero decirles. Por Juan Botana

NO SÉ PORQUE me hago caca encima. Nunca pude explicarlo. Uno no anda por la vida contando estas cosas. Supongo, que fue desde que falleció mi padre. El se desangró en una clínica por un cáncer terminal. Sin camino de vuelta, se fue, y no va a regresar. Los médicos pronosticaban que no pasaba el fin de semana, cuando fue internado por última vez, y aunque no me crean duró seis meses.

Cuantos más años pasen, estará más lejos, estará más cerca, más, más. De padre a hijo. Por las tardes frías, de verano a invierno. Mientras los árboles de la calle se deshojan en uno, temblando en cuclillas la herida no cierra. La cicatriz abierta de la panza que queda, cada vez más necia, más necia. Se va.

Esa fue la primera vez que fui a terapia. Las transfusiones no fueron suficientes. En cambio sí: “Porque sangra, usted sangra”, me preguntó una psicóloga. “Yo no sangro”, le dije, “yo me cago”, contesté. Como nube que escapa de alguna tormenta. Y a partir de ese día dejé de ir. ¿Para qué? Si mi papá había muerto.

Como las hojas secas –les dije- que arrastran después a las ramas más débiles. Si la promesa de que él iba a hacer el esfuerzo de vivir y yo de recibirme nunca fue cumplida.

Él casi que no hablaba en ese momento. Y la oportunidad calva cuando dura tan poco se pierde en el qué.

Tantas cosas me hubiera gustado decirle: Que lo quería, tal vez. Que el poema está oculto. Que no me gustaba como la trataba a mi madre, por supuesto. Que el poema está oculto. Que era un vago, todos lo sabían. Que el poema está oculto. Que se vestía de traje para hacer creer que venía de un trabajo que no tenía, era obvio. Que el poema está oculto. Que se hacía el loco para pasarla bien, también. Que el poema está oculto. Que siempre estaba enfermo, ¿qué culpa tenía de eso? Que el poema está oculto. Que me tratara mal a mí, sí. Que el poema está oculto. Que vivía enojado, que se yo. Que el poema está oculto. Que gritaba todo el tiempo, menos. Que el poema está oculto. Tantas cosas me hubiera gustado decirle. Y es triste ver como los ríos huyen. Pero no me animé, o a lo mejor no tenía nada para decirle y por eso que no lo hice. No sé. En las cosas importantes, es tan común no hablar…

No sé porque me hago caca encima. Nunca pude explicarlo. Ni siquiera pude llorar profundamente. Uno no anda por la vida contando estas cosas o sí. Hablando hasta tarde se acostó hasta el sol mientras me dormía. Me entristece no poder hacerlo. Mi hermana dice que siempre me hice caca encima, desde muy chiquito. Y no dejaba árbol de los bosques de Palermo sin cagar en la urgencia impotente de mis actos crónicos. Porque ni siquiera me pongo nervioso. “Pasa eso”, dice siempre mi madre. A ella también le pasa. En mi caso, te limpiás calladito o no, tirás el calzoncillo por ahí o lo guardás en una bolsita de plástico y listo. Y vas a donde tenías que ir como si nada hubiera pasado. Aclarando antes las interpretaciones dudosas. Si total… pasa, si total no hay recuerdo.

Y si por casualidad un olor nauseabundo te delata. Que rara vez ocurre. El sendero entre los surcos se perfuma estrecho, los pastos tan altos, que mi ropa sucia se humedece de a poco con el rocío terco que quedó de la noche. Porque nadie cree que a un tipo tan educado y amable en el trato le puedan pasar estas cosas. Y aunque sientan los efluvios en el aire, acaso tan cerca, no se atreverían a decírmelo. En el peor de los casos tengo que volver a mi casa a bañarme y cambiarme de ropa después de una explosión intestinal. Y lo único que aspiro es ser un ermitaño. La única explosión real que toleran mis nervios. Porque casi no grito yo cuando me enojo. Y casi que ni me enojo. Y cuando grito, lo hago como lo hacía mi padre. Pura imitación de algo que siempre odié. Quizás por eso. Quizás por eso evito el descontrol. No sé. Y lo único que aspiro es ser un ermitaño.

No sé porque me hago caca encima. Nunca pude explicarlo. Pero un huésped reside en mí. Uno no anda por la vida contando estas cosas, pero hoy quiero hacerlo. Incluso de adolescente me iba de raje al baño del colegio cuando me estaba haciendo encima y hasta guardé durante mucho tiempo una caricatura que me hizo un compañero de clase en la que se me veía sentado en el inodoro con la puerta abierta, envuelto en toneladas de rollos de papel higiénico cayendo sobre mí. Tapándome. Y cuando el día muere enciendo una vela.

Calculo, que fui a terapia varias veces en busca de una respuesta al asunto, aunque los motivos que me llevaron a iniciar un tratamiento siempre fueran otros. Triste es el murmullo del agua, lúgubre el balanceo de los juncos, si se cargan con años. La segunda vez que lo hice, fue porque me había enamorado como nunca antes lo había hecho y quería que ese amor funcionara para bien. Y al sur los combates, y al norte la muerte. Y si me sacaba algunos fantasmas de encima, eso podría ayudarnos, pensé. Además se habían presentado algunos problemas inesperados al principio de la relación, y por eso, también la consulta. Los que caigan en batalla si son privados de sepultura los huesos apestan. Y otra vez la cagadera. Pero ni bien se solucionaron los problemas, decidí dejar de ir. Nosotros combatimos heroicos sobre los fieles caballos y cuando caemos, cerrás los ojos y listo. Lo de la cagadera: bien, gracias.

De todos modos, volví a insistir con la apuesta y con el tiempo fui a una tercera psicóloga. ¡Macanuda esta! Tanto que hasta descubrí que tenía un complejo de inferioridad con respecto a mi mujer, que me avergonzaba haber nacido visco, por lo que me operé de estrabismo por segunda vez para que mis ojos se vieran más derechos por un tiempo, aunque el resultado del cambio fuera solo estético. De la cagadera hablaba, pero nada. Allí llené por un rato el vacío significante de la intranquilidad. Excepto, la memoria de algún deseo que le pedía a mi abuela paterna para que se cumpliera, como nudo desatado a tirones cuando me agarraba de nuevo la cagadera, y como suponía sufrir mucho en ese instante infinito, la vida debería compensarme por aquel sufrimiento. Un par de días me mantuve apartado de la gente. Limpié el baño de mi casa y lo preparé para la visita de mi abuela muerta. Vino bajando al llamado por los picos ocultos por las nubes menguantes. Sentados frente a frente compartimos de un sorbo la resina del pino, le prendimos un cigarrillo 43 70 al Ekeko y atamos con fuerza el nudo del pañuelo. Las campanas de la iglesia San Javier anunciaban de nuevo el comienzo del rito. Y al cabo de unos meses con cualquier excusa a la tercera psicóloga también deje de ir.

Hasta que pensé que los tratamientos fallaban porque me trataba con mujeres, en lugar de ir a un analista varón, y me dispuse entonces a buscar uno, ya que siempre tuve la fantasía qué, si el profesional en cuestión me dijera algo que no me gustara, o interviniera en la terapia de manera imprudente, lo cagaba a trompadas. Doradas nubes bañan la muralla de mi muro tan alto. Como hacía mi padre. Pura imitación. Y otra vez la cagadera. Mis ojos estaban fijos en el azul francés de los azulejos del baño. Azulejos que parecen separarme del mundo, como las cenizas del volcán Calbuco que oscurece el río. Pero el tipo era tan relajado que parecía una nena, tan suave en sus modales y medido al hablar y subrayar las cosas, que me daba la sensación que ni para sparring servía. La rabia de entonces me oprimía el corazón y sus lágrimas como fina lluvia, casi ni me mojan.

Me habían votado justo para delegado en el trabajo y hasta había conseguido que incorporaran a la planta transitoria a mis compañeros contratados del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y cuando un alto dirigente de la Agrupación ATE Capital me llamó para ofrecerme un cargo, un compañero a punto de jubilarse que estaba actualmente cumpliendo funciones de ese tipo y había salido tercero en las elecciones internas que hicimos en la repartición, me pidió que él quería seguir siendo el representante gremial del sector, y empezó a temblar tanto cuando me lo dijo: un poco por nervios y otro poco por cierta abstinencia a la bebida, que al final no acepté. Desde los sauces la brisa se desliza en mi cara. Los pájaros se pierden en la altura. Una nube solitaria se aleja despacio y me deja. Me quedé la noche pensando. Alcé la mano y alcancé las estrellas, pero no me atreví a levantar la voz. Temía despertar mi cielo dormido. Él psicólogo al que iba por ese entonces me dijo que había defraudado a quienes habían depositado su confianza en mí, y que había tomado una decisión a espaldas de mis compañeros. ¡Tenía razón! Y me fui. Un vaso de vino entre las flores; esta vez bebí solo, sin un amigo de los tantos que decían serlo me ofreció compañía. Levanté el vaso entonces e invité al poema. Total, como era: “El poema está oculto”. Pero el poema no acostumbra a beber conmigo y yo ya no quería beber solo esta vez, y mi sombra vaga solo sabe seguirme.

También dije en aquel momento que quería terminar la facultad y cuando llegara la instancia de hacer la tesina se me presentaría un problema, porque yo no quería hacer un planteo como el de cualquier alumno de grado, yo quería competir con Foucault. En las palabras que entono vibran rayos de sombra; pero en las prácticas que ensayo todo es muy distinto: mi sombra me oscurece y me deshace. Y por supuesto no lo hice. Ni siquiera supe contestar porque elegí la Carrera de Ciencias de la Comunicación y mucho menos la orientación en Periodismo cuando me lo preguntó. Pero al menos entendí a Deleuze y a De Certeau para la tesis final sobre la obra cronística de Pedro Lemebel. Ahora los cinco juntos, antes de beber, sufrimos; sin llegar a estar ebrios, cada uno por su lado. Pero él nunca se va a enterar de que me recibí y mucho menos de que me sigo cagando encima, porque no fui más. Ni siquiera me acuerdo cual era su nombre.

La última vez que probé con la psicología aguanté bastante tiempo yendo y los logros esta vez fueron muchos y variados. Porque vivo en “mi montaña”, era la pregunta. Me sonreí callando con el corazón sereno. Ahora soy Licenciado en Ciencias de la Comunicación y tuve una hija con la mujer que me enamoré como nunca antes lo había hecho y con la que quería que ese amor eterno funcionara para bien. El poema está oculto, repetí. Y otra vez la cagadera fue motivo de consulta. Bajo otro cielo aún vivo. Siempre cuento eso en las admisiones previas a los tratamientos. ¿Cuánto puede durar esto? Cien años como mucho. ¿Cuánto? Pero ya había empezado a escribir algunas cosas feas de mi pasado. Como desahogo, supongo -no sé, me salió- que el papel higiénico esta vez no pudo limpiar ni tapar. Para vivir y sufrir luego. Y eso que de chico lo hacía con trozos de diarios viejos cortados en rectángulos por falta de recursos, y un mal hábito propiciado por mi abuela paterna, la misma que me enseñó a pedir a Pilato y yo en cambio lo hacía a ella a través de los nudos, salvo cuando nos visitaba rara vez mi otra abuela, la mamá de mi mamá, y esa vez sí, colocábamos en el baño un papel higiénico con hojas de marca Higienol, que cuando se iba regresábamos al armario para ser guardadas como un bien preciado casi sin usar.

Pero una golondrina no hace verano. Y aunque te laves las manos una y mil veces, el olor y la tinta te quedan impregnadas para siempre en los dedos. Bajo los rayos de sombra: en cuclillas y sólo llorando en la tumba. Como mancha indeleble. Por más que otros no lo huelan, ni crean del todo que a menudo te pasa. Ahí está. Ahora sí sírvame otro vino, ¿eehh, qué hace?, me está mojando, no se da cuenta que rebalsa el vaso, que la copa está llena. Tiene razón, cuando esté vacía vuelva. Se va.

Fui capacitador también de muchos de los empleados que ingresaban a la Secretaría de Atención Ciudadana del Gobierno de la Ciudad, a los cuales les trasmití en un curso que daba. mi experiencia y conocimientos del área, y la tarea docente para el Instituto de la Carrera me resultó por entonces placentera. Pero la perfección que alcanzamos ebrios desaparece al despertar. Lo mismo que cuando tuve editorial de revistas y cuando me empezó a ir mal, como si al cielo no le gustase el vino que tomo, me enojé con el mundo, empecé a repartir cheques voladores y truchos y a la imprenta que no me financiaba, literalmente la cagaba. Firmaba pagares que nunca levantaba y esquive juicios comerciales mejor que a los golpes que recibí de chico. Y eso me hacía sentir bien. Los acreedores por mi cara de bueno habitualmente me creían y algunos pocos me financiaban igual, o lo hicieron simplemente para endeudarme hasta la coronilla. En cuanto a mí, denme otro vaso de vino y les escribiré cien historias, pero no me provoquen, porque soy más inteligente que ustedes y podría herirlos. Por aquel entonces dormía para la mierda por las noches, por tanta deuda impaga contraída a destiempo, y me despertaba sobresaltado creyendo que el reclamo hacía sonar el teléfono sin hacerlo. Pero no me hacía caca encima. Bueno, alguna vez, pero no era por eso. Mis ojos hace tiempo se niegan a ver claro, siempre lo hacen, Por mucho tiempo mis oídos eligieron ser sordos. Terminados los gritos, concluido el silencio de pájaros de canto, cuando las hojas vuelven a caer cubriendo mi montaña. ¿Cuándo dejará de ocultarse el poema?, me pregunto.

Después fui coordinador en un área de atención al público del Gobierno de la Ciudad también, y ahí la cosa comenzó a complicarse, y este nuevo desafío fue también motivo de consulta en terapia. Siempre le tuve bronca a la autoridad, pero esta vez la autoridad venía a ser yo, y eso un poco desordenó mi estructura rebelde liberada en cuotas en unas cuantas estafas, alguna que otra trampa, un par de mentiras y cierto placer por encontrar los desvíos. La gente empezó a esperar de mí, más cosas de las que yo mismo esperaba. No eches a las moscas de la ventana, no les hagas caso a los mosquitos de la tarde. Si te rodean, es fácil abstraerse. ¡Los escuchas y listo! Y durante casi dos años no apareció la cagadera Ya no me agarraba un atracón de comida y bebida para provocarla en estado nervioso e irritar aún más mi colon, por demás irritable. Ya no iba a caminar o hacer deporte para despejarme, ni de vacaciones, ni dormir lo más que pudiera dos días seguidos. Ya no tenía conductas obsesivas, ni pedía un deseo cuando me pasaba para que no se cumpliera. Ni siquiera buscaba tener sexo para soltar en el semen la angustia contenida que estira un condón. Ni cagaba más a nadie. Y me encontré escribiendo historias guardadas a la vez compulsivas. Que tenga su parte de existencia; la sombra del viento y me deje su rastro.

Hasta que una tarde de sábado caminando tranquilo yendo a comprar facturas a una panadería nueva que me recomendó un amigo a unas diez cuadras de casa, al volver, no cortes el bambú para hacer una flauta que parezca una quena, sin previo aviso, no lo cortes para hacer una caña de pescar como te piden otros, como aparece un ladrón, cuando sus hojas y flores están marchitas, me hice caca encima otra vez.

Me estaban esperando a la hora del mate mi mujer y mi hija recién nacida. Entré sigiloso lo más despacio que pude. El calzoncillo con elástico nuevo que me regalaron para navidad mis sobrinas, contuvo, la explosión nodal de mí andar desconsuelo y me ensucié poco más que las piernas, un poco las medias y una, de las dos zapatillas. Y sequé con la caca las lágrimas del suelo en que me vi reflejado. Ellas se fueron dejando un espejo en mi cofre. Desde que ya no reflejan mi cara como es, parecen agua otoñal, agua sin sus fotos. ¡Todo bien!, me preguntó mi esposa. ¡Todo bien!, le dije. No acostumbraba a mirarme la cara en un espejo limpio. Y me fui directo al baño lo más rápido que pude. Me limpié calladito, tiré el calzoncillo en una bolsita de plástico como tantas veces, aunque esta vez podía haberlo lavado si quería. Pero no quise. Me lavé la cara para secar la transpiración. Esta vez al revés. Se invirtieron los roles. Cuantos más años pasen, estará más lejos, estará más cerca, más, más. De hija a padre. Por las tardes frías, de invierno a verano, y me senté en la mesa a comer las facturas como si nada hubiera pasado. Mientras los árboles de la calle se deshojan en uno, temblando en cuclillas la herida no cierra. La cicatriz abierta de la panza que queda, cada vez más necia, más necia. Se va. Si total… pasa, si total no hay recuerdo. En todo el año no abrí el cofre; la tierra acumulada cubrió el bronce del espejo. Y lo limpié con un trapo para mirar de nuevo mi cara cansada. Al dejar de mirarlo mi pena había crecido.

A mi hija la habían vacunado por primera vez entre otras cosas contra el rotavirus y andaba pobrecita con mucha diarrea, bastante fiebre y dolores de panza. ¡Lloraba! Mucho lloraba. ¡Gritaba! Mucho gritaba. Mientras se retorcía horrores al cagarse encima. Me dolía como sus ojos, aún grises, se ponían rojos cubiertos de sangre. Como aquella vez y ensucié el recuerdo.

En cambio sí: “Porque sangra, usted sangra”, me preguntó la primera psicóloga. A la última no fui más. Y ya no iré más a una próxima como hijo. El espejo en su dorso tiene dos afectos fuertes entrelazados. Por lo que voy a tener que seguir escribiendo, a ver si una tarde de invierno deja de salir en hojas de papel higiénico lo que quiero decirles ahora que soy padre.

El poema está oculto

Juan Botana Escritor y lic. en comunicación. Autor de los libros Recovecos, Toda la voz de América en mi piel y Amores truncos.

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