Ganó Montoya, no ganó Colombia.
Montoya hace un sobrepaso espectacular sobre Scott Dixon, para unas curvas más adelante, faltando 3 vueltas, dar cuenta de Will Power. Protegiendo su línea, bajando en las rectas, llevando el Chevy al límite en cada curva.
Cruza la meta. Es campeón de la edición 99 de las 500 millas de Indianapolis. (De lejos, la victoria que más me he gozado en su carrera, Diego Fernando Mejía lo explica muy bien en su columna. )
Facil ? — No.
He seguido la carrera de Juan Pablo Montoya desde verlo dominar el campeonato Swift del 93 (Yo apenas tenía 9 años), verlo ganar y hacer el record de pista en la Seis Horas de Bogotá del 95 en el Spice No. 45, escuchar las carreras de Fórmula 3000 por radio, transmitidas por Germán Mejía y su hijo Diego Fernando. Fui víctima de la Montoya-manía del 98 en su paso triunfal por la fórmula Cart, trasnoche para ver las carreras en Japón, lo vi coronarse campeón en sus primeras 500 millas y luego su paso a la máxima categoría, la Fórmula Uno. Celebre al verlo pasar a Michael Schumacher en Interlagos cuando nadie lo veía venir y celebré sus victorias en Mónaco y Monza entre otras.
Su paso a Nascar me dio mas duro que una tusa. En el momento me parecía lo más ridículo del mundo. Nascar siempre me pareció una categoría de poco nivel, mediocre y aburrida.
Perdí el interés en su carrera rápidamente. La mayoría de Colombianos se sentían igual que yo. Yo no era el único.
Ocasionalmente veía noticias en Twitter — Ganó en Watkins Glenn !— me emocionaba y fantaseaba con verlo otra vez en un fórmula reventando a todo el mundo como nos acostumbró. Nunca me esforcé por entender Nascar, ni leer más acerca de sus motivos (a pesar que era evidente su situación en Mclaren), o escuchar sus entrevistas. Pero, al final de cuentas Juan Pablo Montoya no me debe nada a mi, ni a nadie.
Hace unos meses, la revista Bocas publicó una entrevista que me dio mucha perspectiva. Me hizo sentir avergonzado de mí mismo, y fue una buena fuente de inspiración al mismo tiempo. Me abrió los ojos, me dio a entender cosas que siempre vi desde un punto de vista subjetivo; egoísta.
Montoya ganaba en un momento en el que el país perdía (más de lo normal), nos daba alegrías en medio de un proceso de paz paupérrimo, que daba risa y nos hería en los más profundo de nuestra dignidad. Montoya era un héroe, nos hacía sonreír, y hasta la prensa más mediocre de todas, la futbolera se tomaba una pausa y le daba crédito. Rapidamente, nos acostumbramos a que ganaba o le iba bien. Pero cuando no: “Es que Montoya . . .” y pasaba de héroe a villano en un abrir y cerrar de ojos. El problema es, y seguirá siendo que en Colombia usualmente estamos con los que ganan, y le damos la espalda a los que no.
Pero la realidad es: Montoya siempre ganó.
Sus prioridades no eran las mismas nuestras, y nunca van a ser. El es como usted o como yo, un ser humano, un Colombiano. Es un tipo de familia, tranquilo, pero enfocado, la tiene clara. El sale a ganar carreras, a ser bueno en lo que hace. Su motivación es ser el mejor, definitivamente no ser famoso. La fama es solo una consecuencia de su trabajo.
Pasaron 7 años, leer una entrevista, y vivir lejos de Colombia para que yo dejara la maricada y entendiera la realidad. Y es simple, cada uno en lo suyo y a hacer la cosas por uno mismo, por nadie más ni por reconocimiento. A hacer las cosas por pasión, con ganas. Del carajo dejar el nombre de Colombia en alto en el camino, pero si algo me ha enseãdo el camino hasta aca es que ganar es ganar, y ganar siendo el mejor en lo que uno hace genera una satisfacción indescriptible. — Juan Pablo Montoya volvió a mostrarle al mundo (sin necesidad) de que está hecho, y que queda Montoya para rato. Ganando una carrera que seguro pasará a la posteridad como su mejor triunfo hasta el momento — Las 500 millas del 2015 las ganó Montoya, no Colombia.