¿En qué se parecen los que odian el CETA?

Foto capturada de la web de eldiario.es

Desconozco los pormenores del tratado comercial con Canadá aprobado por los diputados del Parlamento europeo, conocido por sus siglas como el CETA, pero cuesta mucho participar en el proceso de demonización del acuerdo y y mucho más en el linchamiento virtual al que están siendo sometidos los parlamentarios españoles que votaron ayer a favor del acuerdo.

Estoy leyendo decenas de tuits de dirigentes de Izquierda Unida y de Podemos que acusan con nombres y apellidos a los diputados de formaciones como el PP o el PSOE de ser los cómplices de una supuesta operación orquestada por las mutinacionales y los poderes oligárquicos del planeta, sean cuales sean, para machacar los derechos de los ciudadanos y en general del pueblo soberano. Y sigo sin saber por qué están tan en contra de un tratado con un país, Canadá, cuyos derechos sociales y laborales son equiparables e incluso más elevados que el de gran parte de los países de la Unión Europea.

No tengo razones para apoyar el CETA más allá de que defiendo el modelo de las sociedades occidentales de democracia liberal y libertad de mercado, pero tampoco encuentro explicaciones coherentes para rechazarlo de forma tan visceral.

Las pruebas que aportan sus detractores tienen el aspecto genuino de las consignas primarias y propagandísticas cuya veracidad, cuanto menos, es discutible.

Y si hablamos de quienes lo grupos y las personas que se han posicionado públicamente apoyando o rechazando el CETA, podemos concluir que no estamos ante un debate más o menos equilibrado acerca de una cuestión comercial, sino ante una toma de partido que responde a intereses políticos muy definidos.

De un lado, se posicionan a favor del CETA los partidos socialdemócratas, liberales y conservadores que defienden la democracia liberal y el capitalismo de mercado sujeto al control de los poderes públicos. Y del otro, se sitúan una amalgama de partidos de extrema derecha y de extrema izquierda del continente europeo que, con sus diferencias en asuntos como el de la inmigración, sí que convergen en su proteccionismo a ultranza, su alergia a la libertad de comercio y un populismo exacerbado en el que siempre hay un enemigo de los de arriba (la casta, las élites, la oligarquía, etcétera) dispuesto a machacar a los de abajo.

Habrá que conocer los pormenores del acuerdo, pero como punto de partida, me fío más de los que quieren mantener el modelo actual, aun con todos sus errores y defectos, que los tiene y muchos, que de aquellos que quieren derribarlo para edificar otro basado en ideas que defienden dirigentes tan peculiares como Donald Trump o Marine Le Pen.