Un país en la trinchera (o por qué el ‘pensamiento tribunero’ lo invade todo)

Foto tomada de la web de El Español.

La sentencia del caso Nóos ha dividido al país entre quienes consideran que es una prueba irrefutable de la podredumbre moral de una sociedad dominada por los poderes oligárquicos y quienes, por el contrario, sostienen que el fallo se atiene a consideraciones jurídicas y que a la infanta se la ha tratado como a cualquier otro ciudadano incurso en una causa penal.

En un país de dualidades, la sentencia de la infanta nos coloca otra vez en la trinchera de una batalla que no admite prisioneros. O conmigo o contra mí. No hay más. Y, en este caso, si aceptas la decisión de las magistradas que han dictado sentencia, el tribunal inquisitorial de las redes sociales te dicta también a ti sentencia y te hace la autocrítica.

Sólo caben tres opciones: 1. Eres arte y parte del sistema de intereses que somete al pueblo para mantener un sistema que perpetúa los abusos de la clase dominante. 2. Eres un ciudadano sumiso y obediente incapaz de rebelarse frente a los de arriba. Y 3. Eres las dos cosas a la vez.

El fallo de la infanta es un episodio más de una deriva atosigante que ha hecho metástasis. La reflexión, la prudencia y la mesura han sido atropelladas por eslóganes simples con dos premisas de partida: no pueden superar los 140 caracteres de un tuit y no pueden admitir matices.

Lo de menos es la veracidad de lo que se dice, se publica o se vocifera. Lo importante es la conexión emocional, que el mensaje no llegue al cerebro sino al corazón indignado y enfurecido.

Siempre ha sido así, pero ahora el griterío virtual lo amplifica todo: no vence quien convence, sino quien dice al pueblo lo que el pueblo quiere escuchar. Una suerte de pensamiento tribunero que regala los oídos erigiéndose en portavoces del pueblo desde las tribunas de los platós de televisión y aportando soluciones sencillas y fáciles de usar a todos los problemas que sufre una sociedad tan compleja como la nuestra.

Nada nuevo bajo el sol de los mesías de turno en un país que lleva siglos dándose garrotazos los unos a los otros.