“Oh capitán, mi capitán”. ¿Dónde dejaste tu timón?

Ese agridulce sueño del profesor.


Y es que realmente ¿quién de aquellos que haya sentido correr por sus venas ese emocionante torbellino que es el educar no ha soñado alguna vez con sentirse ese magnífico capitán de “poetas muertos”?

¿Qué es lo que lleva a un maestro a querer ser maestro? ¿A querer educar? Algunos sacarán rápidamente para responder la típica artillería con balas como: “el sueldo”, “las vacaciones”, “el puesto vitalicio”. Pues bien, permítanme que lo dude, pero yo aún albergo esperanza.

El maestro, el educador, el profesor, no se hace, se nace. Y es así como de verdad lo siento. No es que yo sea un gran profesor, de hecho ni siquiera lo soy, alguna que otra clase particular a chavales ganduletes no me hace, ni mucho menos, merecedor de ese título. Pero sí que he tenido el placer de conocer una gran cantidad de profesores, tanto en mi época de alumno (bastante gandulillo he de reconocer) como ya más entrado en carnes. Ser maestro se lleva en la sangre, sale solo, sin forzarlo, pero no sólo en un centro formal con sus aulas y pizarra, sale también sin querer en cualquier lugar, a cualquier hora. A aquél al que le gusta enseñar y educar siempre lo verás con un ojo puesto en la chavalería que tiene alrededor, corrigiendo mentalmente sus errores, cuestionándose quién diablos le habrá enseñado a hablar así, o imaginando qué se podría hacer para mejorar en ese chiquillo “eso” o “aquello”.

Sin embargo, desgraciadamente muchos profesores han perdido sus galones de capitán y han dejado su barco a la deriva, cediendo el mando completamente a los devenires de la mar. Sé que esto ya empezará a molestar a más de uno, pero hemos de ser autocríticos, y reconocer ante todo que realmente existe un astío general en nuestro profesorado.

Y no es culpa directamente de ellos, para nada, es el sistema en sí, los engulle y los vapulea con fuerza hasta que, ya exhaustos, éstos se dejan llevar entre los demás “cadáveres” flotantes que ya existentes.

“Oh capitán mi capitán” Qué gran momento, qué tipo aquél que conseguía hacer de cada una de sus clases una aventura diferente. “Mis clases van a ser así, yo no voy a ser de esos de libro libro libro. Mis alumnos van a disfrutarme y yo voy a disfrutar de ellos. Porque yo no quiero máquinas autómatas, yo quiero moldear corazones que piensen y sientan.

¿Y qué ha pasado capitán? ¿Dónde te dejaste el timón? ¿Qué fue de él? Yo te voy a decir qué le sucedió a tu timón, ese que querías utilizar para empujar a las generaciones que harían de este un mundo mejor. Tu timón, dejaste que lo manejaran más personas de las que te hubiera gustado y, cuando ya había muchas agarrándolo ya no era necesaria tu fuerza, tus manos no hacían falta, el barco navegaba solo.

Y es que los profesores de hoy no reciben ayuda de la administración, no reciben ayuda de los padres, ni mucho menos de los alumnos. Es más, en muchísimos casos ni siquiera de sus propios compañeros, obteniendo por tanto un mar plagado de barcos a la deriva, que van a llegar a su puerto, claro, las aguas tienen la dirección marcada, pero llegará cargada de grumetes que no han disfrutado de un mínimo de originalidad en su recorrido.

El sistema no ayuda lo más mínimo, pero el sistema lo creamos entre todos. Todo ciudadano debería confiar en sus maestros. Apoyémoslos, no sólo en la escuela o el instituto. Que sientan también nuestro respaldo y empuje apoyándolos ante nuestros dirigentes, políticos y gobernantes.

En cuanto a ti maestro, te animo a revolucionarte. Mejor dicho, te animo a reilusionarte. A ser creativo, a volver a encender la chispa que hacía de la enseñanza toda una aventura, toda una hazaña. Porque sabes que el futuro está en el esfuerzo y la pasión que deposites en los chavales que hoy tienes ante ti. Recuerda aquel profesor que te marcó, aquel que te llenó, que te hacía disfrutar de aprender. Recuerda aquello que te hizo decidirte por enseñar, por formar y sobre todo por guiar a generaciones y generaciones de chiquillos. Acuérdate de aquellas primeras clases en las que todo era pasión por transmitir, sea cual fuera el método, por extraño que pudiera parecer. Ten siempre presente aquellos ejemplos que admirabas y también aquellos de los que decías “jamás seré como él”. Toma firmemente el timón, agárralo bien y sé tu mismo quien guíe este barco a un puerto donde desembarquen hombres y mujeres realizados y completos.

Hoy más que nunca te necesitamos, hoy realmente es cuando más te necesitan, oh capitán, mi capitán.