¿De qué vive Bollino?

Lo tenía de leerlo en Twitter. Y él a mí. Incluso nos habíamos saludado así nomás en una fiesta, pero nunca nos habíamos dado mucha bola. Recién nos conocimos de verdad allá por marzo de 2013. Hacía un año que él había vuelto de Rusia y yo estaba recién llegado a Avellaneda. Me mandó un mensaje para darme la bienvenida y quedamos en ir a ver a Racing. La esquina del Hospital Fiorito fue el punto de encuentro, me acuerdo porque fue casi como una primera cita. Pero de esas citas malas, de las que no querés repetir.

Me habló sin parar hasta que llegamos al Cilindro. Nos metimos a la ex popular visitante y me siguió aturdiendo a palabras. Me contó de su vida en Valentín Alsina, de sus días en Europa, de los asados que había hecho y de los que pensaba hacer. Yo solo escuchaba y trataba de concentrarme en el partido que estaba por arrancar. De repente se encontró con otro amigo, entonces creí que me había salvado de ser el receptor de su intensidad, pero no. La pelota ya rodaba y él me seguía contando su experiencia de la noche anterior, de lo mal que marcaba Pillud (todavía no lo amaba) y hasta me propuso hacer una revista. Hacía media hora que lo conocía y ya no lo soportaba. Nunca llegué a decirle que me gustaba mirar los partidos en paz. Tampoco le iba a importar. Racing empató 0 a 0 con Lanús.

Llegué a mi casa bastante agotado. Recuerdo haber dicho: “este pibe me quemó la cabeza, no lo quiero ver más”. A los 10 minutos tenía un mensaje de Bollino en el celular: “¿Hacés algo mañana?”.

Hicimos algo al otro día, al otro y al otro. No paramos de hacer cosas en estos años. Y no por mí, sino por él. Porque si hay algo que caracteriza a Bollino, es que siempre está haciendo algo. No importa si es un día de verano con 33 grados o un día gris que no motiva a nadie. Él siempre está haciendo 4 ó 5 cosas al mismo tiempo, mientras está organizando otras tantas para más adelante. ¿Querés ir a tomar una birra? ¿Tenés ganas de ir a Mar del Plata? ¿Vamos a almorzar? ¿Hacés algo esta noche?

Puede ser un día random en ese territorio lleno de baches que ahora denominamos Palestina Alsina. Bollino está ahí, atendiendo jubiladas en una agencia de quiniela. Pero no como cualquier quinielero. Apura a las viejas al grito de “¡Dame plata, dale, si después te la gastás en boludeces!”. Las viejas se ponen coloradas, se ríen y le terminan dejando todo el monedero.

Puede ser un fin de semana en el Cilindro. Todavía se está jugando el último minuto de la primera parte y los periodistas corren para devorar el catering del entretiempo. Bollino está ahí, increpando a todos: “¡Lacras, dejen de vivir de Racing!”, “¡Si dejan de comer del club un año, compramos a Messi!”. Se revoluciona el ambiente. Todos ríen. Bollino también, mientras muerde una empanada.

Puede ser en la cancha de Victoriano Arenas, un lunes a las 4 de la tarde. Bollino ya hizo lo suyo en la semana: fue a buscar unas redes para los arcos, se puteó con el canchero, pidió comida para los jugadores, le tramitó el médico a uno y le consiguió botines nuevos al 9 que no podía meterla. Ahora ganó el CAVA con gol del 9. Bollino está ahí, dándole unos mates al árbitro y haciendo reír a todos en una isla rodeada de pobreza. La fórmula se repite más allá del contexto.

A Bollino lo quiere su familia, su novia, sus amigos, sus conocidos, todos. No conozco persona a la que le caiga mal. Y eso no es poco, porque desde el que lo ama con locura hasta el que lo quiere un poco nomás, todos en algún momento lo quisimos cagar bien a trompadas. Por rompebolas, por impuntual, por joder con temas con los que no queremos joder, por instalar cosas que no son ciertas. En algún momento lo odiamos, pero justo antes de la piña nos hace reír y entonces lo terminamos abrazando.

Él ama eso. Disfruta sacarnos de nuestro lugar de confort, para que nos enojemos por un rato y después volvamos y lo reconozcamos como amigo. Le encanta estar rodeado y que nos riamos de sus boludeces. Por eso hace mil asados por semana y pareciera, muchas veces, que vive de joda. Y ahí es donde encontramos su talón de Aquiles.

“¿De qué vive Bollino?”. Cuatro palabras que uno puede poner en el buscador de Twitter para darse cuenta de que hay mucha gente que se lo pregunta en clave graciosa. Lejos de tomárselo como un chiste, él se incomoda, reacciona mal, pierde su buen humor. Se siente víctima de una instalación. Pasa a estar del otro lado del mostrador de su joda preferida. Y es entonces cuando Bollino se convierte en una persona normal.

Yo vi laburar a Bollino mil veces. Y cuando labura, no jode. Se transforma. Es un profesional. Muestra su mejor cara de orto y pone su intensidad al servicio de lo que está haciendo. Es una animal capaz de producirte una nota en cualquier país del mundo o un show para mil personas en el conurbano. Sin embargo, ese no es su verdadero trabajo.

Bollino trabaja de ser amigo, es lo que mejor hace. Lo comprobaron varios y lo comprobé yo, hace poco, en un momento choto que me tocó pasar. “Te solucioné la vida, de nada, la concha de tu madre”, me dice a cada rato. Y a mí no me queda otra que dejarlo hablar, como aquel primer día en la cancha de Racing.

Ahora sabemos de qué vive. Vive de estar. De estar allá, de estar acá. De estar siempre. Y no sé cómo viviríamos nosotros si no estuviese Bollino.

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