Allá arriba, todos contra todos

A partir del 7 de marzo de 2017 la organización Wikileaks a través de su principal figura, Julian Assange, ha hecho público que ha identificado los instrumentos cibernéticos utilizados por la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos (CIA) para hackear y espiar ilegalmente a cualquier persona desde prácticamente cualquier aparato electrónico, incluyendo teléfonos, computadoras, televisiones y automóviles.

La CIA es considerada por algunos autores como un estado dentro del Estado, por un lado, y por el otro, a pesar de su negro historial a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, la información que genera en la actualidad es tomada como muy poco confiable en círculos académicos y empresariales. Desde que comenzaron las filtraciones como las que realizó Edward Snowden en 2013 sobre la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) de ese mismo país, ha quedado claro que la CIA cuenta con una estructura burocrática sumamente ineficiente, que a la vez puede ser demasiado intrusiva, no sólo para sus supuestos fines de seguridad interior, sino incluso para saciar momentáneamente el morbo voyerista de sus integrantes.

Con las revelaciones de marzo de 2017, los instrumentos y procedimientos de espionaje de la CIA quedan al descubierto, mostrando no sólo cuan obscenas son sus acciones; sino también su incompetencia mayúscula como agencia de seguridad, ante las actuales condiciones y amenazas de ciberguerra que se esperan en los años por venir. Lo anterior ha traído la inquietante pregunta, y sus correspondientes teorías de la conspiración, sobre a quién realmente sirve esta agencia.

En este siglo estamos viendo al poder cambiar de manos y pasar de reguladores públicos a reguladores privados. La opacidad y la secrecía de aparatos como los de inteligencia y espionaje ya no son más un monopolio ni un oligopolio al interior de los países; y al parecer tampoco pertenecen ya a un selecto grupo de poder profundo que permanece a pesar de los cambios administrativos aparentes que dan las alternancias partidistas, sino que los actores se multiplican en este campo de batalla.

Ahora un grupo de civiles como Wikileaks y empresas como Facebook, entre muchas otras que van surgiendo en los sistemas de medios de comunicación y de tecnologías de la información y la comunicación, cuentan probadamente con la capacidad de obtener y procesar información capaz de comercializarse y ser cotizada acorde con la profundidad de la investigación que se requiera en cada caso. Las agencias de inteligencia parecen cada vez más ser reliquias de otros tiempos, pero están vigentes todavía, aunque estén sintiendo que su poder ahora tiene una creciente competencia.

De acuerdo con WikiLeaks, no importa qué tan bueno sea el encriptado del software (Telegram, Whatsapp, o Messenger, por ejemplo), la CIA puede hackear el aparato en sí (teléfono, televisión, computadora, auto, etc.). Lo que puedes ver en tu pantalla, lo pueden ver ellos, lo que puede “ser visto” desde tu cámara, aún apagada, lo pueden ver, si el aparato ha sido intervenido. Por otro lado, de acuerdo con Assange, la CIA envía toda la información que captura a un solo lugar, que es al que ellos tuvieron acceso. Si esto puede ser realizado por una organización civil perseguida y con fondos limitados, ¿qué no podría hacer una corporación o un gobierno para conseguir esa información?

Así que no sabemos cuánto sabe Putin sobre Trump y otros políticos estadounidenses. Ignoramos qué tan a detalle está al tanto Trump de los conflictos de interés y los posibles actos de corrupción acallados en la prensa sobre el presidente mexicano y otros políticos de este país. ¿Qué tanto saben unos de otros en Veracruz o en el Estado de México, por ejemplo? No sólo es una cadena sin fin, sino una interdependencia compleja en donde al arte del bluf se hace más sutil y pernicioso. Lo anterior, hace que el sentimiento de vulnerabilidad de los políticos a escala planetaria crezca, como lo hemos visto esta semana en el proceso electoral francés o en la ratificación de la destitución de la presidente de Corea del Sur.

La CIA suele deponer gobiernos y se hizo famosa y temible por su capacidad para conspirar, debilitar o fortalecer grupos políticos locales -según sus propios intereses- e incluso derrocar gobiernos para subordinar las acciones gubernamentales de países enteros a los intereses no sólo de Estados Unidos en general, sino de la CIA en particular. Ahora hay una batalla que parece estarse dando entre las agencias de espionaje estadounidenses y la presidencia de ese país. El terreno está fértil para la desconfianza y la intriga política. Como en otras latitudes, cuando los intereses de la CIA y los de la presidencia se contraponen suelen terminar en golpes de estado y magnicidios. No pocos creen que ése pudo haber sido el telón de fondo del asesinato de Kennedy.

Trump no es Kennedy, obviamente, y la CIA de entonces no es la de ahora. Pero el choque de trenes entre el actual presidente y su equipo de conspiradores que buscan derruir el régimen político estadounidense existente, están en colisión directa en contra de desestabilizadores profesionales como los que se encuentran en los dos partidos principales y las agencias de seguridad estadounidense. Lo anterior, no parece cosa menor y hasta han dado un respiro a los múltiples problemas internacionales que se gestaron en las primeras semanas. Pero sólo parece que el juego de ajedrez ha pasado de una salida temeraria a una fase intermedia cautelosa, justo antes de que comience el intercambio de piezas.

El intercambio de piezas parece que se dará con escándalos mediáticos, al menos en un primer momento. Paradójicamente, la creciente vulnerabilidad de los actores políticos a un escándalo, y la degradación de la capacidad gubernamental real para seguir conduciendo a las sociedades no se está dando por un contrapeso en los poderes republicanos emanados de las independencias de las colonias en toda América, y de los procesos ilustrados y revolucionarios europeos. No, los contrapesos se están dando al interior de los grupos políticos de las élites del mundo, y de las élites locales; cada vez más mafiosas y con lógicas empresariales más cínicas y sádicas.

Los llamados conflictos de interés parecen ser la regla y no la excepción. Como otras inmoralidades, todo es cuestión de señalar con dedo flamígero a los adversarios políticos y actuar con la máxima discreción posible para que no les exhiba su rival en turno. El apoyo de un ciudadano común hacia una fórmula política es cada vez más vista como un acto de candidez. Es decir, la excepcional confianza que una persona pueda todavía tener por un personaje político, parece producto de una ingenuidad exasperante o de una amnesia selectiva patológica.

Los contrapesos ya no son republicanos (en el sentido estricto del término; no me refiero a la etiqueta de un partido); es decir, no es un balance entre poderes públicos, sino batallas facciosas de las élites. Mientras, las sociedades del mundo observan, algunos se manifiestan o denuncian, los menos se organizan. En general, los ciudadanos vemos a estas élites vociferar, discutir, atacarse mutuamente en una especie de coliseo virtual combinado con un reality show, en el que el rival más débil es expulsado de la contienda. Los escenarios, las tramas, y los textos serían ridículos si no fuera porque están conduciendo al mundo hacia una multiplicación de las violencias, catástrofes ecológicas, y posiblemente a la generalización de guerras abiertas por la querella de territorios y actividades lucrativas. Todo enmarcado por la disputa por los controles de distribución y comercialización de productos legales e ilegales, y la mercantilización de cualquier cosa, persona o situación.

Los estados han ido perdido el monopolio de la violencia, incluyendo el dominio sobre los servicios de inteligencia y espionaje. El ciberespacio es un nuevo campo de batalla, que se suma a los tradicionales para los cuales se desarrollaron los ejércitos en el pasado. La guerra en curso multiplica sus espacios virtuales y reales; tanto se preocuparon las elites por crear enemigos difusos, que ahora sus paranoias se alimentan de sus fantasías. La plutocracia está buscando apoderarse de los espacios que solía administrar la clase política; aunque muy adineradas ambas y difícilmente diferenciables para un observador externo, las élites se conocen y se diferencian; tal vez se parezca a una lucha de clases o una batalla entre tribus, que se da al interior de las élites políticas y empresariales. Cada cual con sus respectivas reglas prácticas e ideológicas. Estos enfrentamientos son para poder conducir a las sociedades conforme a sus intereses; por el momento, de creciente antagonismo entre ellos, al parecer.

Cuando comience el intercambio de piezas, la cosa no pintará nada bien para el 99% restante. Pues amplios sectores de la sociedad están confundiendo sus demandas de mayor libertad con mayor seguridad. Los nuevos autoritarismos se frotan las manos ante el estado policial teledirigido y de regulación privada que ya se avizora. ¿A quién le daremos nuestro voto de confianza?